jueves, 23 de enero de 2014

OSLO, 31 de agosto. Joaquim Trier (2011)


OSLO, 31 DE AGOSTO (Joachim Trier, 2011)
 

 

Basada libérrimamente en la obra del escritor francés Drieu de la Rochelle, “El fuego fatuo”, que dio lugar en su momento a la más fiel e interesantísima película de Louis Malle, Trier utiliza la ciudad de Oslo como referencia de su película, mitad existencialista mitad nihilista, en la que el director noruego de nacimiento danés, nos cuenta las últimas veinticuatro horas en la vida de Anders.
 


Estamos ante ese tipo de películas que agota a muchos, molesta a otros tantos, interesa a algunos más, en las que el protagonista es un perdedor sin remisión, sin posibilidad de escape como decía la película de Schraeder. Si todo va mal en la vida de Anders, todo puede continuar a peor. El arranque de la historia me parece excepcional, una serie de imágenes que van acelerándose al final desde una visión subjetiva de un automóvil por las calles de Oslo, imágenes en súper 8 del Oslo de los 70-80, de la hipotética infancia de Anders, la suya o la de los demás, ese espacio que puede ser, habitualmente, de felicidad eterna, de largos veranos, estupendos helados, juegos en los parques, padres excepcionales, concluyendo con la aparatosa demolición de un rascacielos en el centro de la capital, anuncio demasiado estrepitoso de lo que vamos a ver, ¿metáfora grosera? No me lo parece.
 


A continuación la historia ya no nos engaña, Anders, sujetando una piedra enorme, se introduce en un río hasta que queda completamente sumergido, durante unos inacabables segundos no sabemos si saldrá a flote y presenciaremos su posterior huida hacia delante o si Anders morirá ahí y sabremos su historia anterior. El director opta por la primera opción, ya sabemos que Anders está desesperado y solamente buscará una tabla de salvación en su último día de libertad, es la última oportunidad de encontrar razones para vivir.

 


Y las condiciones que rodeaban a Anders no serían las apropiadas para haber acabado en un centro de desintoxicación, probablemente hay una historia de delincuencia y un tratamiento rehabilitador por medio como alternativa a la vida en prisión, el centro aparece modélico, blanco, suave, tranquilizador, puede que en exceso, todo lleno de jóvenes con buena presencia que sabemos que proceden del infierno de las drogas. Anders tiene un día de permiso para abandonar el centro y acudir a una oferta de trabajo ya que está próxima su alta del tratamiento. Y ese alta quizás ayuda a generar el estado de pánico en el protagonista, sospecha que ya nada le ata con el mundo exterior, que mientras ha permanecido en el centro al menos alguien, aun de manera profesional, se ha preocupado por él, pero cuando vuelva a Oslo irá sucesivamente sufriendo el olvido, el abandono y el rechazo.
 


La entrevista de trabajo será un fracaso por el propio afán autodestructivo de Anders, cuando da a entender sus pasados problemas por las drogas no se defiende ni habla de su rehabilitación, al entrevistador le dirá –“¿Adicto a qué drogas?”
–“A casi todas. Cocaína, éxtasis, alcohol. Heroína también. También trafiqué  un poco. ¿Debería poner eso en mi C.V.?”, abandonando el lugar a continuación. No es Anders el prototipo de toxicómano de extracción social baja, de familia desestructurada, sin estudios, ni mucho menos, es joven , intelectualmente brillante, rodeado de jóvenes con su mismo éxito social y educativo, pero algo, en algún momento se torció, y se torció para que los padres no quieran volver a verlo, para que vendan la casa de sus recuerdos de infancia, para que su hermana le entregue las llaves a través de un intermediario y no se presente en persona, para que su exnovia no atienda sus desesperadas llamadas a lo largo del día, para que note el rechazo de alguno de sus antiguos amigos o los falsos abrazos de compasión cuando va casa por casa visitándoles, para que sienta el pinchazo de melancolía de las antiguas amantes que todavía le miran con deseo en los ojos y para que, poco a poco, durante esa noche, vaya buscando refugio en los ambientes que le llevaron a su situación de desesperación, relacionándose con los antiguos suministradores, con los antiguos consumidores, con las chicas de una noche sin preguntas.

 



La película va deslizándose como si nada, con la suavidad de la luz del final del verano nórdico, entre calles asépticas, gente aséptica, ambientes asépticos, todo tan aséptico e impersonal que Anders siente el frío de la noche acercarse cada vez más, y el aliento del propósito inicial cada vez más reforzado. Hay una luz que difumina las sensaciones y que ataca directamente a la moral del protagonista, cuantas más horas pasan de ese día, más frío se convierte el ambiente, y el beso en la terraza no deja de ser un  beso de despedida más que un beso de pasión o de recuerdo de momentos más cálidos.


La película acaba con un plano no por esperado menos demoledor, Anders comete un acto de justicia poética pese a que la vida le está ofreciendo una nueva oportunidad, la de explorar si esa nueva chica le permitiría encontrar el cariño y la compañía que necesita. Ya se ha rendido y no quiere nuevas decepciones, mejor meterse un gramo de heroína y tumbarse en la cama de la infancia. Un buen sueño con los recuerdos alegres y no despertar.

 

 

Y por hablar de otra cosa, ¿es de recibo que se estrene en 2014 una película rodada en 2011 y exhibida en la sección Un certain regard de ese mismo año en Cannes? Volvemos a lo de siempre, quien haya tenido interés en verla en España ya lo habrá hecho y ahora volveremos al eterno debate de que el público no responde cuando se estrena en salas este tipo de cine……. En fin, un debate estéril porque quien puede evitarlo no tiene, o no aparenta, interés alguno en poner remedio, eso si, seguro que Fast & Furious 7 se estrena puntualmente.