sábado, 30 de noviembre de 2013

EL HOMBRE QUE PUDO REINAR (John Huston, 1975)


EL HOMBRE QUE PUDO REINAR (John Huston 1975)


¿Alguien sabe dónde está Kafiristán? ¿Existe Kafiristán? Pues no sólo existe, sino que por allí estuvieron las tropas macedonias de Alejandro, el Sikander de los persas. Hubo dos pillos (de ficción) que supieron encontrar perfectamente Kafiristán, allá por las estribaciones del Hindu Kush, ahora región perteneciente a Afganistán. Tan bien informados estaban Peachy Carnehan y Danny Dravot que a los 32 reyes de Kafiristán se les iban a sumar el 33 y el 34, ellos mismos.


Como proyecto de película se trataba de una obsesión de John Houston desde los años 50, siempre con problemas de financiación, de actores, de rodaje en el lugar adecuado….. sonaron como actores para el primer proyecto Bogart y Tracy, muerto Tracy se pensó en Gable, la muerte de ambos hizo entrar en juego a otras posibilidades como Peter O,Toole y Richard Burton, y la pareja de moda de finales de los 60-principios de los 70 Redford-Newman. Fue éste último el que aconsejó a Houston que estos papeles tenían que interpretarlos dos británicos, y a fe cierta que dio en el clavo porque nadie puede imaginar mejor pareja de pícaros aventureros que el tandem Caine-Connery, y sobre todo porque al lado festivo, timador y falso de ambos, se une un porte británico indiscutible, son dos perfectos gentleman cuando quieren parecerlo, del mismo modo que pueden ser dos cockneys en la escena siguiente.

Por supuesto que no está rodada en la India ni en Kafiristán, aunque Houston en su momento, años 50, si que consiguió su objetivo de que se le financiara un viaje a la India para localizar exteriores, aunque lo que hizo fue cazar tigres en el Himalaya y pillar una elefantiasis genital por una picadura de mosquitos en salva sea la parte, amén de recorrerse la India y Afganistán a costa de la productora, se rodó en Marruecos, se reconstruyó la ciudad de Alejandro, el sumo sacerdote era un lugareño de 103 años por el que la aseguradora de la productora temía su muerte más que a las siete plagas de Egipto si no se acababa la película a tiempo.

Peachy y Danny no mentían a Kipling cuando firman un estrambótico contrato delante de él, ni alcohol ni mujeres hasta lograr enriquecerse y ser reyes de Kafiristán, en Kafiristán no hay un rey sino señores de pequeños pueblos fortificados que se hacen la guerra unos a otros por asuntos tan importantes como orinar corriente arriba para fastidiar al vecino de corriente abajo, casus belli sin duda, y donde la estrategia militar de los soldados británicos (aun tan poco fiables como estos camaradas Peachy y Danny, sobre todo si Danny es un exhibicionista en el combate), pueden conseguir imponerse en poco tiempo.
 Marco Polo habló de la región en sus viajes, aunque no llegó a entrar en la zona, Tamerlán intentó invadirlo con poco éxito, la expansión musulmana post-Mahoma también lo intentó pero no fue hasta la llegada del Imperio Británico cuando se constata el primer contacto con Occidente mediante expediciones científicas, siendo atribuido en 1893 a Afganistán, quien convirtió la región al Islam y cambió el nombre por el de Nuristán (País de la Luz), aunque pervive un pequeño valle, Kalash, donde perviven cultos budistas y donde los habitantes tienen rasgos caucásicos, pelo rubio, piel blanca y ojos azules, como si de herederos de aquella expedición macedónica se trataran.

La introducción de Kipling como personaje de la película la dota de un aire de realidad, si un personaje existió ¿porqué no puede ser cierto todo lo que se nos cuenta?, y aunque sepamos que no es así resulta tan creíble que preferimos pensar que estamos en un retrato histórico en vez de una simple ficción, desde la anécdota inicial sobre cómo entran en contacto Peachy y Dravot con Kipling, el primero robándole el reloj en la estación, donde advierte que es un “hermano” por el escudo que tiene el mismo. Son masones y entre masones no pueden robarse, por lo que hará lo posible y lo imposible por devolver el reloj y contactar con el “hermano”, aunque sea arrojando del tren a un lugareño al que intenta hacer pasar por el ladrón, con escaso éxito. Peachy pedirá a Kipling que de un mensaje a Danny Dravot que él no puede hacer llegar, y establecido ese contacto entre “hermanos”, los dos granujas firmarán su contrato ante el escritor y se lanzarán a la aventura, aventura que será contada por un Peachy desfigurado, pordiosero y pobre al regresar de Kiriguistán.

Como toda película de aventuras requiere épica, y el paso de Khyber lo exige, exige compañerismo, y eso entre ambos sobra, exige carisma para introducirse en un pais desconocido y pretender enriquecerse allí vendiendo su saber militar, actuando como el mismísimo Alejandro, ofreciendo alianzas a los pueblos vencidos para ir haciendo el ejército cada vez más grande e imponente, de tal forma que las ciudades vayan rindiéndose sin luchar, exige fortuna para que en el primer pueblo en el que intervienen ayudando a los habitantes frente a una banda de un pueblo vecino aparezca el entrañable Billy Fish, un ex-gurka del ejército británico que hará de traductor e instructor de las desastradas tropas kifiríes, hasta que son los dos ingleses los que se vuelven más respetados que el jefecillo local Ootah, que terminará siendo objeto de la tradición local, la cabeza del caudillo vencido se usa como pelota en una adaptación singular del juego del polo que hace sentir nostalgia a los dos expedicionarios al recordar su lejano pais. No obstante entre tanto éxito y buenas noticias surge la discordia entre los camaradas, Danny, ya con la vitola de dios y heredero de Sikander, se encapricha de otra Roxana, como el verdadero Alejandro. Al mismo tiempo desde la ciudad sagrada en la que se guarda el legado de Alejandro, los monjes requieren la presencia de Danny Dravot para confirmar que no es mortal y si digno de proclamarse heredero del mito. Superada la prueba de sangre en el último momento, pues cuando el sumo sacerdote va a proceder a clavar un cuchillo en el corazón de Danny, descubre en una medalla colgada en el pecho el símbolo masónico del ojo, el triángulo y el compás, que coincide con el que Alejandro dejó en el templo, y cuando ya han conseguido alcanzar el inmenso botín del tesoro que los monjes entregan a Danny, éste se cree realmente un dios, imparte justicia, decide sobre la llevanza del reino, es aclamado y respetado, y como tal dios necesita un heredero, para lo que reclama casarse con Roxana, (esposa real de Michael Caine y que participó desganada y a regañadientes en la película una vez que la actriz escogida abandonara el set por los celos, reales o imaginarios de la mujer de Huston, que sospechaba que la elegida no lo fue por sus dotes interpretativas) y en plena ceremonia es mordido por ésta, desvelándose que el dios sangra y es un impostor.
Peachy era más realista, había que aprovechar el golpe de fortuna e irse del lugar con el botín antes de que se descubriera el embuste, pero Danny ha asumido su papel de dios y no hay vuelta atrás, sus caminos se separarán, pero la boda retrasa la partida de Peachy y éste se ve envuelto en la defenestración del amigo. Uno a uno van cayendo los soldados del ejército de Connery, hasta que quedan solamente Peachy y Danny, Danny avanza por el puente colgante y las lianas que lo sostienen son cortadas, cayendo al vacío el hombre que pudo reinar mientras entona la canción militar “The ministrel boy”, Peachy sobrevivirá pese a ser crucificado y podrá contarnos la historia. Ante todo marcialidad y dignidad, aunque sepamos que son unos pícaros, unos crápulas, unos timadores profesionales, que habrán sido expulsados del ejército en su momento sin honores aunque ellos representen seguir en activo, tahúres, mujeriegos y borrachos, vicios a los que renuncian por un objetivo más ambicioso y porque saben que ése es su punto débil, el que les ha traido casi todos sus problemas, dignos hasta el final, luciendo con arrogancia las casacas rojas del ejército imperial y sobre todo cumpliendo la promesa de volver al despacho de Rudyard Kipling (Christopher Plumier) para acreditar que se cumplió la apuesta, Peachy deja un hatillo en cuyo interior está la calavera de Danny coronada, Danny si que fue rey de Kafiristán.

                                       

                                       

viernes, 29 de noviembre de 2013

L,ÂGE ATOMIQUE (Helene Klotz, 2012)


L, ÂGE ATOMIQUE (Helene Klotz)
 

 

Premio Fipresci en la sección Panorama del festival de Berlín y premio César Jean Vigo a nuevos realizadores, esta corta historia de dos jóvenes en una noche parisina, que no les corresponde, nos remonta a los adolescentes en proceso de madurez de un “Paranoid Park” de Gus van Sant o esas caminatas sin rumbo de “Gerry”. Jóvenes que no pueden parar pero sin saber hacia dónde, sólos en el espacio y en su propia individualidad, moverse porque no se pueden quedar quietos salvo cuando el efecto de las sustancias obligan a dejarse adormecer.

 
 
Victor y Reiner deambulan por Paris acercándose a los lugares de reunión de jóvenes, uno como poeta maldito, otro buscando un pequeño éxito que le permita un mínimo de optimismo en el futuro. Ambos terminarán llorando durante esa noche, ambos terminarán convencidos de que sólo se tienen uno a otro, aunque de distinta manera, y cambiarán su paseo por la ciudad por una vuelta a la naturaleza, o ¿quién sabe?, por regresar a su verdadero hogar más allá de la banlieu de Paris. En medio de esta corta historia hasta hay tiempo para reflejar la lucha de clases entre jóvenes, entre estos outsiders y unos “guapitos de cara” (otra vez el tercer elemento que salía en “Les amours imaginaires” de Xavier Dolan haciendo de “guapo oficial”), lucha de clases que revela una realidad a la que nos cuesta adaptarnos, que en estos tiempos, hasta los vencedores, pierden, porque perdida la perfección se convertirán en desechos del sistema y que adelanta lo que pasará a lo largo de toda la vida, que quien cree tener poder o ser un triunfador pretenderá dominar a los demás, aunque no cuenta que hacen más daño unas palabras que el mejor de los puñetazos.

 
Rainer y Victor quieren ser distintos, pero también quieren ser aceptados, y no consiguiéndolo sólo les cabe mostrarse como rebeldes sin  causa. Sin familia, sin amigos, sin trabajo, pero se tienen entre sí, uno busca una chica que le quiera, otro puede que ser amado por Víctor, en definitiva un retrato gélido, frío, oscuro, de una etapa difícil. Película de una noche y de noche, el faro de la Torre Eiffel como marcando un rumbo que no corresponde al de los protagonistas, con imágenes que nos recuerdan a la fiesta “rave” de “La cuestión humana” de Nicolás Klotz, padre de esta directora, o adolescentes en los que no nos cuesta imaginar a esos cuarentones destrozados de “After” de Alberto Rodríguez. Recomendable retrato entre nihilista y derrotado de una juventud sin esperanzas.

jueves, 28 de noviembre de 2013

HELI (Amat Escalante, Méjico, 2013)


HELI (Amat Escalante, Méjico, 2013)

 

Al poco de empezar a ver “Heli” , con referencias justas sobre el director, del que conocía “Los bastardos”, y la trama de la película, se me vinieron dos nombres a la cabeza, Reygadas y Nuri Bilge Ceylan, y cosa curiosa, al final de la película aparece el nombre de Reygadas en la producción, y un par de nombres turcos en el proyecto, porque muchas de las imágenes, en su morosidad, en su reflejo de los espacios abiertos, me recordaban la fantástica “Érase una vez en Anatolia”, y la relación de los personajes y la fotografía de los cuerpos, vestidos o semidesnudos, a la fotografía de Reygadas en “Luz silenciosa” o en “Batalla en el cielo”, aunque se trate de referencias episódicas, pues nos encontramos ante una película retrato de un país (aquí enlaza más con Ceylan) moribundo, un país donde no  hay estado ni se le espera.

Los límites de la violencia en el cine han sido objeto de análisis, debate y discusión encendida, y uno de los momentos que más encontradas opiniones ha generado, y donde el rechazo a la violencia en imágenes más texto ha provocado fue la película “Kapo” de Gillo Pontecorvo con aquella larga escena en travelling mostrando cómo una de las presas del campo de concentración moría electrocutada arrojándose sobre el alambre que cercaba el lager, en una escena larga y demoledora. Si hablamos de verdad en imágenes, Kapo, como Heli, reflejan algo que sospechamos que es verdad, el límite es, ¿necesitamos ver en cine esa verdad que no podemos ver porque de ser así, o habríamos sido víctimas o seríamos verdugos?



“Heli” parecería un retrato social de una población de mala muerte del Méjico desértico en el que, o trabajas en la fábrica de automóviles o te dedicas al narcotráfico, pero la escena inicial no nos deja lugar a dudas, es una declaración de principios, el director no está por la labor de enseñarnos una vida costumbrista y de penurias económicas por ser honrado, empezamos por una ejecución a la mejicana y esa escena inicial va a estar presente siempre en la retina del espectador, ya como antesala de lo que puede suceder en cualquier momento o como aviso de lo que puede suceder ante la inconsciencia de unos adolescentes que creen que pueden robar droga a un cartel amparado por el ejército.

Habla la crítica de la crudeza de la escena de la tortura, gratuita, por cuanto acabará en ejecución, y no se ha parado a valorar que la película inicia de manera cruel e hiperviolenta, y esa escena de la tortura es relevante en cuanto si sólo viéramos la muerte nuestra imaginación no podría ser capaz de generar tal capacidad de horror encerrado en una escena donde, mientras la familia sigue con su vida diaria, la madre cocinando, los menores jugando a la wii o a la play, los jóvenes cachorros del cartel se aplican en el salvajismo con dos cuerpos a quienes aplican diferentes grados de dolor en función de su participación en los hechos, como si fueran jueces aplicando un código penal aleatorio y arbitrario pero con sus reglas.



Que el personaje de Heli no sea ejecutado no es ningún alivio, porque sucede el choque que supone comprobar que los secuestradores eran militares, que los asaltantes eran militares, que el cartel está en connivencia con el ejército, que ante el fallo hasta los militares son decapitados como advertencia de que los errores se pagan, que la policía no tiene ningún interés real en descubrir lo sucedido porque saben que, si bucean demasiado pueden terminar por no salir a flote. Y queda pendiente el horror que no se ve, luego que el director nos haya mostrado la violencia y nos oculte el secuestro de la hermana de Heli tiene sentido, nos cuenta lo que Heli ha visto y vivido, y nos deja con la elipsis de lo sufrido por la hermana. Somos capaces de imaginarlo, pero, ¿si lo viéramos en imágenes, como la tortura de Heli y el novio de la hermana, podríamos asumirlo? ¿habríamos sido capaces de componer un cuadro macabro como el que suponemos cuando ya sabemos que la realidad de la película nos ha superado?

El mensaje de la película no puede ser más devastador, Heli se transforma y necesita su venganza, la obtendrá, y aquí enlazamos con el Reygadas más duro, y tras su venganza parece que, hasta esa mujer que lleva más de un año sin querer acostarse con su marido, recobra la líbido y el amor por el hombre que vive con ella, al final quedará el sexo, no sabemos si el amor, y un plano final de un niño y una joven dormidos, acariciados por el viento que mueve unas persianas en una tarde de verano, una inocencia con la banda sonora de gemidos procedente de la pareja que se ha reencontrado tras la violencia.

De todas formas, esta percepción española de la película ¿sería la misma viviendo en Méjico con un goteo constante de crímenes de este tipo a diario? ¿hasta dónde llegamos en la observación de la violencia y qué puede dañarnos al verla? No es casual que el grupo de matones se ría de las reacciones de los torturados, es la costumbre la que nos aleja del rechazo que deberíamos sentir a estas realidades, sin embargo, el escándalo es tan corto de miras como repetido el horror, si 20 películas repitieran escenas de tortura ya no habría noticia, y la película podría ser valorada por lo que es, una notable creación que obtuvo el premio al mejor director del festival de Cannes de 2013, y que, increíblemente, llega a nuestras pantallas apenas medio año después.

IN THE MOOD FOR LOVE (Deseando amar, Wong kar Wai, Hong Kong, 2000)


DESEANDO AMAR (In the mood for love) Wong Kar Wai.


 


No parece mal título para una película, ni tan siquiera en la traducción española, “con ánimo de amar”, aunque resulta más cercano, menos frío, anuncio de intensidad, ese “deseando” que se ha introducido en la traducción española. Hong Kong, Singapur y Angkor son los escenarios es los que se mueven los protagonistas de la película, pero ni vemos Hong Kong ni Singapur, y sólo Angkor explota en la pantalla culminando el deseo anunciado durante toda la película, sólo imaginarse en Hong Kong y Singapur suponen aliciente suficiente  y cualquier historia que tenga punto y seguido en los templos de Angkor (Camboya) sin ser Angelina Jolie la protagonista o Indiana Jones, merece un respeto, y una visión, o dos, o tres, o infinitas.


Clásico absoluto en apenas una década, y casi podría decirse que clásico desde el momento de su primera exhibición en el año 2000, asombrando en Cannes, con un nivel de maestría que no ha vuelto a alcanzar Kar Wai, porque, dicho sea de paso, cuando haces “LA PELÍCULA” todo lo que venga después o hayas hecho antes, podrá ser bueno, pero no conseguirá alcanzar la excelsitud de In the mood, nos encontramos ante la historia de amor imposible más perdurable en la retina y en la mente del espectador desde hace mucho tiempo.

Viendo la historia de amor reprimida entre Tony Leung (Señor Chow) y Maggie Cheung (Señora Chan) las capas, entrecapas y subcapas de la historia se entretejen, se confunden, se distienden y se comprimen consiguiendo trasladar al espectador la zozobra de este par de sufridores encorsetados en el mundo de lo correcto, iniciando una relación desde la constatación de ser engañados, pero manteniendo una premisa de la que, sin duda, se arrepentirán toda la vida, “nosotros no somos como ellos”.


Viendo la película no es difícil pensar que por la mente de los protagonistas, en más de una ocasión, y como un mantra budista, pasará la idea de “¿y si nos hubiéramos conocido en otro tiempo, en otro momento, sin estar casados?”. Es obvio que ese pensamiento produciría desazón personal, sentimiento de culpa, si esa atracción entre ambos tuviera lugar sin ser engañados previa y respectivamente por sus cónyuges, pero entonces, quizás, cara al espectador, la historia se transformaría en menos trágica, en menos rotunda, podría ser hasta más explicable que por principios morales, éticos, religiosos,….no se atrevieran a ser infieles engañando a los suyos, pero es esa convicción de que la mujer del Sr. Chow y el marido de la Sra. Chan mantienen una relación extramatrimonial la que hace, por un lado, más atrayente el progresivo acercamiento entre los engañados, y más angustiosa su imposibilidad de amarse pese a contar con todo a favor, no el despecho, pero al menos si el argumento moral de que nadie puede engañar a quien te ha engañado previamente. Pero ellos deciden ser distintos, amarse sin decírselo, en la distancia, mantener las formas, no tocarse, no besarse, intentar no dar lugar a murmuraciones sobre su relación y actuarán de manera clandestina como si estuvieran haciendo algo reprochable, y solamente por mantener la idea de que se comportan de manera distinta.




La relación entre ambos comienza desde el dolor al constatar que son engañados, sucesivas visiones de esta maravilla de película demuestran cómo el director nos proporciona pistas que los protagonistas no saben ver, cómo en la primera partida de majong , los cónyuges de ambos, a los que siempre vemos de espaldas, en lo que se supone que es la primera reunión social con más vecinos, están sentados juntos, cómo el jefe de la Sra. Chan utiliza a la misma para mantener una relación extramatrimonial ocultándola a su esposa, siendo la secretaria sra. Chan la que compra los regalos, hace los encargos, las reservas de viaje, de restaurante… justo lo mismo que están haciendo el Sr. Chan y la Sra. Chow a espaldas de sus respectivos, la compra de una corbata al Sr. Chow que resulta igual que otra que tiene el Sr Chan, la olla expres que va a pagar el Sr Chow y el Sr Chan  le dice que ya la ha pagado su esposa……. Y cuando ellos se convencen de la infidelidad empieza el juego morboso y sádico de recrear una y otra vez lo que debe significar enfrentarse a tu esposo o esposa y arrancarle la confesión de la infidelidad, siendo los momentos de mayor cercanía física entre ambos, aquellos en los que Maggie Cheung termina siempre llorando y abrazada a Tony Leung, no como símbolo de amor entre ellos, sino de camaradería y de consuelo, de confianza en la desgracia conjunta.
 

 A fuerza de recrear la escena de la revelación presunta, que nunca llega a producirse en la cámara con los protagonistas reales de la misma, aumenta la confianza entre ellos, y sus miradas empiezan a revelar una complicidad que va más allá de la derivada de la confluencia de su catástrofe personal, apenas se les ve hablando, sus encuentros aparecen breves, semiclandestinos y con miedo de ser vistos juntos, pero hay momentos de intensidad, breve, pero definitiva, para mostrarnos que la relación va más allá de la casualidad ocasionada por el engaño, y dos me parecen fundamentales, la primera llamada de él a ella al trabajo, donde se nota la turbación que le provoca a Maggie que alguien piense que ella está haciendo lo mismo que su jefe, y la segunda cuando ella se entera de que Tony está enfermo, en la habitación 2046 en la que se ha refugiado tras separarse de su mujer, y ella, a la salida del trabajo, pierde el control y corre para verle, carrera que detendrá en varias ocasiones, en la que subirá y bajará las escaleras, para terminar en la habitación y cuidarle, pero sin ninguna otra consecuencia.

La historia continúa y la complicidad deviene hasta en colaboración, Tony empieza a escribir relatos de artes marciales y Maggie hace de colaboradora, de asesora, pero en todo ese desarrollo ambos se dan cuenta de algo más, que no es bastante con hablar de lo que les ha pasado y recrear lo que han tenido que ser en palabra los acercamientos entre sus cónyuges previos al engaño, recreando el flirteo ficticio entre sus esposos no hacen sino reproducir las condiciones por las que han sido engañados, de tal manera que quedar en restaurantes, en bares, leer las novelas juntas, revisarlas, coincidir en el mesón donde venden tallarines se convierte en una costumbre de pareja que hace surgir el amor y el deseo entre ellos, amenazando con terminar siendo “como ellos” al surgir la verdadera atracción. Cuando ambos se dan cuenta de que el desamor que sufren ha derivado en amor oculto, vuelven a sufrir, se buscan y no se encuentran alrededor de esa habitación 2046 que dio lugar a una secuela-precuela-postcuela de la historia de In the mood, uno llega cuando el otro se ha ido, uno no entra cuando el otro espera, una se lleva unas zapatillas en recuerdo del amado imposible sin decir que ha entrado en la habitación, no sabemos si realmente, coincidiendo ambos en la habitación se hubieran atrevido a romper su pacto de “no ser como ellos”, cuesta imaginarlo, pero en esa tesitura la solución no deja de ser comprensible, el Sr. Chow abandona Hong Kong y se traslada a Singapur, pensando en que quizás la distancia sea el olvido, pero en este caso la distancia no hace sino incrementar el dolor y el recuerdo de ambos pensando en el “y si….”.
 

Al cabo de unos años ambos vuelven a la casa donde se conocieron como vecinos, ella pregunta a su casera por los vecinos, que también alquilaban habitaciones y donde vivía el matrimonio Chow, obviamente no pregunta por él, simplemente obtiene la respuesta de que no se sabe nada de los antiguos inquilinos, mientras que al volver el Sr Chow para saludar a sus antiguos caseros y preguntar quien vive ahora en la casa de al lado le responden que una mujer y un niño, lo que de nuevo le hace dudar sobre si será la Sr. Chan. El espectador sabe, o imagina que si, pero Chow decide hacer lo de siempre, mirar la puerta, pensar en si ella habrá vuelto a vivir a la casa y marcharse sin preguntar, optando por la duda permanente imaginando que encontró el amor perfecto pero no hubo valor para afrontarlo. La culminación de la película no puede ser más redonda, ya en Singapur, hablando con un amigo en una taberna, que le incita a que le cuente algo personal, algún secreto de su vida, él, el Sr. Chow, siempre tan callado, tan reservado, cuenta un dicho de la antigüedad, donde cuando alguien tenía un secreto importante, buscaba un árbol en lo alto de una montaña, hacía un agujero en su tronco, susurraba el secreto y tapaba el agujero con barro, de esa manera el secreto permanecería enterrado por siempre en el interior del árbol y no habría peligro de revelarlo. Para ser capaz de mantener el secreto y demostrar que, al final, no han sido iguales, Tony viajará a Angkor, y aprovechando la visita, que no sabemos si tiene como único motivo ése, el de guardar el secreto en un lugar sagrado para el budismo, susurrará su secreto en uno de los agujeros de las paredes de los templos, entre figuras de apsaras y bajo la mirada de un joven aprendiz de monje, allí quedará el secreto, enterrado para siempre en la memoria de Chow y Chan, dos amantes que no se atrevieron a amarse pese a desearlo.
 

No obstante, esta historia conmovedora, genialmente rodada y planteada, con rupturas de escenas que continúan igual pero en momentos distintos dada la obstinación de los personajes en revivir el pasado doloroso una y otra vez, cuenta con el añadido impagable de las imágenes, la fotografía y la música, es decir, si ya de por si la historia es interesante, si le unimos la fotografía de Christopher Doyle y la música a ritmo de un pseudovals con el tema de Yumeji de Shigeru Umebayashi o el resto de la banda sonora de Michel Galasso, los trajes con cuello mao que permanentemente luce la protagonista con una elegancia sin igual convirtiéndola en la mujer ideal, la sensualidad de los gestos de ella para cualquier acción, tanto para leer una revista como para tocarse el cuello, rebosando sensaciones, esos planos de espaldas donde no sabemos si se interrumpe la acción o son los protagonistas los que se quedan sin movimiento posible bajo el eco del “quizás, quizás, quizás” de Nat King Cole….. , ese uso del color y de los encuadres en pequeños espacios, colores fuertes como la historia que viven los protagonistas, lugares cerrados como ejemplo de la única posibilidad de vivir juntos que les queda sin poder mostrarse en público… en definitiva, una película moderna y redonda, una gran obra maestra del cine de todos los tiempos que no cansa ni satura al revisarla, porque en definitiva, cada vez que se ve, uno termina diciendo “quereros de una vez y olvidad al resto”…. pero no se porqué, debe ser difícil sentir que amas engañando a alguien más, sobre todo si interiorizas la idea del engaño, lo que ocurre es que optando por la solución de Tony y Maggie pierdes la ocasión de vivir, refugiándote en el recuerdo permanente de lo que pudo ser y no quisiste que fuera, quizás, quizás, quizás……….


miércoles, 27 de noviembre de 2013

LA CIUDAD DE LOS SIGNOS (Samuel Alarcón, 2009)


LA CIUDAD DE LOS SIGNOS (Samuel Alarcón, 2009)

 


Deslumbrante ensayo en imágenes, sorprendente hallazgo en el mundo del cine invisible que, cada vez, lo es menos. En la plataforma digital de cine español PLAT pueden visionarse auténticas maravillas de nuestro cine más reciente, el colectivo Los hijos, León Siminiani, Carles Vermut, Andrés Duque, Jordi Costa, Juan Cavestany, Virginia García……y otra docena larga más de cineastas españoles exhiben su obra desde un espacio libre y no sujeto a las tiranías del mercado y de la cultura oficial.



Arriesgándose a descubrir joyas o a sufrir con experimentos indescifrables, llego a esta “La ciudad de los signos” casi como el protagonista en la sombra de la misma, con intención de explorar y descubrir, y sólo la reseña del propio autor como comentario a su enlace ya es lo suficientemente sugerente. En los años 80 un investigador de lo paranormal, buscando psicofonías en las ruinas de Pompeya graba una frase, una frase sorprendentemente en inglés, un algo así como “la vida es lo suficientemente corta, hay que saber aprovecharla”. Como investigador y cinéfilo, el personaje, retratado a través de fotos fijas en dinámicas perspectivas en movimiento, alcanza la clave de la frase, no es sino la frase que George Sanders le dice a Ingrid Bergman en su visita a las ruinas de Pompeya en la gloriosa “Viaggio in Italia” de Rossellini. A partir de ese momento la obra entra en el terreno del realismo mágico, ¿qué pasaría si, al igual que existen las psicofonías para Carlos Alarcón también existieran las psicoimágenes? ¿y si dejáramos nuestra imagen en los lugares que hemos visitado y éstas vagaran permanentemente en un camino sin fin dispuestas a ser reencontradas?.



Y efectivamente, en un ambicioso y ejemplar trabajo de documentación y de búsqueda de escenarios de películas, fundamentalmente de Rossellini, porque a este director puede entenderse dedicada la película, primero ese personaje de Carlos Alarcón y después el propio director en su rodaje, buscan los mismos encuadres que imaginó el director italiano, para descubrir, en las nuevas imágenes rodadas, las figuras de los actores durante su interpretación, y así descubriremos la redada en la casa donde vive Ana Magnani en Roma cittá aperta con las imágenes de ahora y los personajes de entonces, o a la misma actriz subiendo interminables escaleras que son las  de ahora pero fueron las de antaño, o veremos la silueta de Mónica Vitti paseándose por la Roma suburbial de L,eclisse de Antonioni, a Ingrid medio sepultada por la arena transportada por décadas de erosión y mareas en las playas donde se rodó Strómboli, los paisajes de Paisá fagocitados por un restaurante donde el soldado habla con la chica…… y un interminable escenario permanente, que cambia con nuestros ojos y con los de los cineastas que lo recrean, porque la realidad es mutable y permanente, tan real como queramos admitir y tan mutable como permita el paso del tiempo, y que nos llevará a la ciudad de los signos eternos, la Roma fundacional.



En esta búsqueda se recreará la vida, tanto artística como sentimental del cineasta, su romance con Ingrid, su vida, el legado de la historia, la memoria latente en los italianos reaccionando ante un rodaje como si la segunda guerra mundial y la ocupación se hubieran reeditado en la Italia de 1948. Como homenaje es sorprendente, como ficción extremadamente inteligente, como documental todo un hallazgo. Detrás de las imágenes se adivina un ingente trabajo, un empeño de iluminatti dispuesto a hacer su obra pese a lo que pese y caiga lo que caiga, cuatro años, según las notas de prensa, en las que, seguramente, el tiempo de rodaje fue lo de menos, documentación sobre las películas, tratamiento de las imágenes que quieren ser de los años 80 (¿o quizás lo sean?), la calidad del material rodado en la actualidad, la búsqueda de los escenarios originales, las mentiras del cine que aparecen reales por la labor del cineasta, la colocación de los “fantasmas” sobre los fotogramas de la realidad, y en el rizo final, la aparición, sobre las imágenes de ahora, del tal Carlos Alarcón rodando donde buscaba, 30 años antes, la impronta de los actores y directores del neorrealismo junto con Ingrid, con George, tres espacios reunidos en un mismo tiempo, algo que sólo el cine es capaz de hacer y que nos lo creamos. Este derroche de imaginación y originalidad fílmica requiere continuación, esperando otra entrega de larga duración del mismo nivel intelectual sólo me queda felicitar al director y felicitarme por encontrar esta película grande.

martes, 26 de noviembre de 2013

BOY EATING THE BIRD,S FOOD (Ektoras Lygizos, 2012)


BOY EATING THE BIRD,S FOOD (El chico que comía alpiste) de Ektoras Lygizos, 2012


Presumir de conocer el cine griego es una pedantería como otra cualquiera, que se esté hablando de los nuevos realizadores procedentes del país no es casualidad. En épocas difíciles se agudiza el ingenio, tanto para sobrevivir como para crear. Si realmente existiera un acceso libre (no por gratis sino por no estar sujeto a mercado) a la cultura sería deseable tener opciones para comprobar qué se cuece en sociedades acostumbradas a ser nuevos ricos y padecer ahora estrecheces que atentan contra los fundamentos del estado democrático, amparadas por ideologías basadas en el dinero y no en la política con mayúsculas. De forma casual llegó a nuestras pantallas Yorgos Lantimos y su Canino y su Alps, precedido por el reconocimiento internacional derivado de premios en festivales de categoría A.
 
Esa punta de lanza del nuevo cine griego, una vez perdido el estreno paulatino de las películas de Theo Angelopoulos, ha permitido a otros directores griegos exponer sus creaciones en el ámbito internacional con cierta repercusión, y ahí está este chico que comía comida para pájaros, título que hace honor literal a la primera escena de la película. Premiada en el festival de cine europeo de Sevilla, ahora dirigido por el cesado director del festival de Gijón ya que, conforme a la dinámica de los tiempos actuales, no hacía suficiente publicidad del “cine asturiano”, y rodeada de un aura de escándalo. Es de suponer que el escándalo vendrá de poder verse a un hombre masturbándose en pantalla, o de que haya escenas realmente duras para estómagos sensibles en esta sociedad de ruina en el estado del bienestar, pero una cosa es tomar conciencia de lo que sufren muchas personas a diario y que eso suponga un escándalo. En pocos días seguimos la quiebra absoluta de un buen chaval, la Grecia que debió vivir “por encima de sus posibilidades” y que ahora se alimenta de alpiste, o tiene que cambiar la bombilla de habitación porque no tiene ninguna más, o que se desmaya por no comer en plena prueba para conseguir un papel de contratenor en una representación musical, todo ello con un estilo formal que me recuerda a los Dardenne, cámara nerviosa, primeros planos extremos y cortados, cámara a la altura de la nuca del protagonista y desde su espalda…...
 
 
Estamos ante un joven preparado, pero sin trabajo, que vive de alquiler pero no tiene ingresos, que es desahuciado y no tiene dónde dejar sus cosas, de un joven que se ocupa de un anciano vecino gracias a cuyo desvalimiento podrá comer alguna cosa a hurtadillas cuando entra en su casa a ayudar, y donde no dudará pasar una noche tras la muerte del anciano cuando carece de techo y con el cadáver como única compañía, y que por razones no expuestas, ha roto con su familia, aunque está claro que el problema es su padre. Tiene una pequeña manía, seguir a una chica de la que sinceramente creo enamorado y a la que ha visto trabajando en un hotel, a ella también le atrae la idea, juega a ser perseguida, y cuando al final ella cede y le invita a casa para acostarse juntos se produce la confesión de la verdadera confusión mental que sufre el protagonista, su vacío absoluto, como si su cabeza flotara sin rumbo y sin contenido, cortando de raíz el “rollo” y viéndose de nuevo en la calle, eso sí, con un túper donde la chica le habrá dejado algo de comida. Una obsesión mueve al protagonista, cuidar de su pájaro, única pertenencia digna de ser cuidada y alimentada, tanto que esa imagen de una jaula envuelta en la bandera de Grecia entre escombros no puede ser casualidad y ni tan siquiera una metáfora, es la realidad de un país cercano a nosotros, por cultura y situación económica, pese a quien pese, algún  político ha dicho que España no es Grecia, pero hay muchos españoles que viven como muchos griegos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

EL SOMNI DEL HEROIS (Jacobo Sucari 2013)


EL SOMNI DELS HEROIS (Jacobo Sucari, 2013)
 
 

Este documental, que hace conversar al pasado con el presente y a éste con el futuro, sin dejar que pasado y futuro paren de relacionarse, utiliza los testimonios de media docena de viejos militantes de partidos de izquierda en los años 60 y 70 para enfrentarnos y confrontarnos con las miserias de nuestra historia más reciente. Ambientada en el barrio de Gracia, vinculada a los movimientos que han germinado en el 15M pero que ya existían en forma antisistema en el mismo barrio desde finales de los 90, el documental establece un diálogo, a veces sin palabra, entre la realidad de aquellos jóvenes antifranquistas, alguno de ellos utópicos libertarios, otros comunistas stalinistas o maoístas, con las nuevas formas de rebeldía ciudadana y el ansia, agotadora y frustrante, de cambiar la realidad para mejorarla y conseguir un mundo algo más humano.




Cualquiera que hubiera vivido la lucha antifranquista, incluso todos aquellos que dijeron saber lo que era el mayo del 68 e incluso estar allí (si todo el mundo que dice haber estado en Paris aquel año lo hubiera hecho se habrían agotado los suministros de la capital sin necesidad de huelgas) habrían sentido, no solo el fraude de la transición, sino que habrían arrojado la toalla tras los pactos posibilistas de mediados de los 70. Con todo y con eso, estos “jóvenes” rebeldes siguen empeñados en traer la revolución, la política y la de los ciudadanos, saben que hay que caer cientos de veces antes de conseguir un progreso, pero no por ello han terminado de arrojar la toalla, aunque sea alentando a las nuevas generaciones a recoger el legado inacabado de quienes creyeron, allá por la España de finales de los 70, que, al menos, una democracia era posible.



Cuatro décadas más tarde hemos llegado a una zona muy cercana al punto de partida, nos quedan algunos derechos fundamentales aparentemente intactos, al menos aquellos que no cuestan dinero al presupuesto, pero incluso estos derechos están en el punto  de mira para ser cercenados bajo la hipócrita afirmación de velar por la seguridad y libertad de los ciudadanos, premisa necesaria para llegar a la conclusión de que lo que se quiere es cercenar la libertad de expresión y de opinión para vender una imagen de pueblo contento con sus dirigentes a fuerza de castigar la disidencia. Los protagonistas vivieron la represión nada oculta del tardofranquismo, mucho peor es enfrentarse a la represión de una presunta democracia.



Pero el sistema ha sabido desactivar a las clases populares, haciendo desaparecer la conciencia de clase y el derecho a reivindicar mejoras sociales, la comunidad se ha transformado en un rebaño sereno y confiado en un primer momento, contenta de participar en las migajas del reparto de riqueza, para pasar al rebaño atemorizado y apiñado que se forma cuando ataca el lobo, incapaz de defenderse pese a ser más numeroso y fuerte en conjunto, dispuesta a morir de pánico antes de luchar, y frente a esa realidad no hay teoría política que valga, ni discurso asambleario ni programa utópico. El miedo se ha adueñado de nuestra vida diaria y faltan héroes que sigan soñando, o no hay los suficientes. El sueño de los héroes se ha dado de bruces con el atado y bien atado legado de la dictadura.

UNA FAMILIA DE TOKYO (Yoji Yamada, 2012)




UNA FAMILIA DE TOKYO (Tokyo kazoku, Yoji Yamada, 2012)

No hay disimulo en esta película, estamos en el aniversario de Ozu, es el 50º aniversario de Yamada como director de cine, Yamada fue ayudante de dirección de Ozu, y la mejor idea de Yamada ha sido homenajear a Ozu repitiendo su afamada Cuentos de Tokyo. ¿Repitiendo? Es muy discutible afirmar esto de manera categórica, a grandes rasgos el tema y desarrollo de ambas es el mismo, el viaje a Tokyo de la vieja pareja para visitar a sus ocupados hijos, el progresivo abandono que sienten, la sensación de ser un estorbo, la de que les están aparcando de sitio en sitio hasta que se cansen y vuelvan  a su casa cerca de Hiroshima.





Y vistas sucesivamente las similitudes son patentes, hasta los planos podían ser reproducción de los de Ozu, si bien la maestría de la cámara de Ozu, esa colocación a ras de suelo de la misma para situarse a la altura de la mirada de los personajes es inimitable e inalcanzable, pero si que se trata de conseguir y se logra, esa larga escena inicial esperando la llegada de los padres donde vemos las estancias de la casa, las puertas de madera, los paneles de papel de arroz, los preparativos de la llegada, la poca simpatía de los nietos hacia los abuelos ya que sienten usurpado su espacio.

En la película Tokyo-Ga de Wim Wenders se homenajeaba a Ozu y se recreaba el sistema que ideó éste para conseguir colocar la cámara tan cerca del suelo mediante una invención del cineasta, esa dulzura y fisicidad de la imagen, esa familiaridad de la misma si que la consigue, aunque sea a fuerza de homenaje, la película de Yamada, director maltratado, otro más, por el sistema de distribución español, que sólo le ha prestado atención cuando se ha dedicado a hacer películas de samuráis, como si fuera el único cine posible en Japón.




La película de Ozu presentaba a dos hijos que vivían en Tokyo, un médico y una peluquera, que subsisten en la película de Yamada, un tercer hijo, muerto en la guerra, era representado por su nuera, el toque humano y cariñoso de la película, un cuarto hijo vivía a mitad de camino entre ambas ciudades, y una quinta hija seguía viviendo con los padres en la casa familiar. Yamada reduce el núcleo familiar a tres hijos, los tiempos han cambiado y se debe notar, aunque sea en el control de natalidad, y el tercer hijo es escenógrafo, es un espíritu libre, mitad bohemio mitad romántico, un dolor de cabeza para el padre, el típico hombre empeñado en colocar a sus hijos y que tengan estabilidad en su vida, como los dos mayores. El papel que la nuera viuda ejercía en la película de Ozu lo desempeña, en una noche mágica entre la madre y ella, la novia del hijo menor. Ese segmento de la película da a la madre, y por extensión al padre posteriormente, la tranquilidad suficiente para saber que su hijo no sólo es el más feliz de los tres sino el más querido. Y la hija residente con los padres es cambiada por aquella amable vecina que en la película de Ozu salía al inicio de la película y al final, y su hija, que se encargará de ocuparse del anciano cuando éste se quede solo.

Si se dice que la película de Ozu era el reflejo del fin de un  concepto tradicional de familia en Japón, azotada por el mazazo de perder una guerra y de haber escuchado hablar al emperador rindiéndose, se ve que la evolución no ha terminado, que ya en la segunda década del siglo XXI continúa esa sensación de que los padres habrán de manejarse solos en la vejez, y que el sistema de vida que nos hemos dejado imponer conceptúa a la vejez como una carga para los hijos, como una hipoteca a un interés demasiado elevado como para querer asumirla. La película de Yamada es igualmente demoledora en el análisis de esta familia tipo, actúa como un puñetazo en los sentimientos del espectador, todo con la debida parsimonia japonesa, al ritmo en que puede observarse el florecimiento de un cerezo, la anciana pareja protagonista es capaz de pasar una noche en vela admirando la noria y sus luces reflejadas en el puerto de Yokohama desde la ventana de su habitación de hotel al que han sido enviados por los hijos para evitar su presencia en casa. Aquí al menos hay una mejora en la categoría del hotel frente a la especie de club nocturno en el que son alojados en la película de Ozu, nada que ver con un ryokan al uso y si bastante con una casa de placer.




En paralelo a la conversación que la anciana y la novia del hijo pequeño mantienen, mucho más agria la del original de Ozu con la nuera viuda, se desarrolla otra escena que también existe en el original, el desahogo amargo y de infinita tristeza que el padre quiere evitar a toda costa en el interior de un bar. con sus antecedentes de problemas con la bebida, trata de todas las maneras posibles de no beber con su antiguo amigo, sabedor de que cuando bebe se transforma en una persona maleducada, violenta incluso, pero no beber también será una falta de educación con su amigo que le está invitando, por eso esa noche será un punto de inflexión determinante en el final de la película, el anciano contará su verdadera opinión de los hijos, totalmente embriagado a fuerza de botellas de sake y la anciana se tranquilizará al comprobar que su hijo pequeño no es ningún bala perdida irresponsable, pero decidida la vuelta a la casa familiar el drama se desencadena.




Y aquí Yamada es más descarnado en el desenlace que su maestro, Ozu prefiere utilizar el fuera de campo para prepararnos a la muerte de la anciana, sólo en un par de escenas podemos ver a la madre moribunda y ya semiinconsciente, mientras que el desenlace de la muerte de la madre en la película de Yamada no pierde intensidad pese a su metraje. El anciano permanecerá impasible ante la inesperada noticia, “siempre pensamos que sería él el primero en morir” dirá la hija, reprochando el comportamiento pasado del padre, bebedor, violento, despegado de la familia, mientras los hijos, fruto de una sociedad más moderna no dudarán en dejar salir sus sentimientos al exterior, aunque eso si, manteniendo la norma fundamental de un japonés, no tocarse, salvo la joven pareja de novios, nadie se tocará durante la película, ni un beso, ni una caricia.



Y el final reelabora el de Ozu, a falta de nuera que supla a los hijos para cuidar al anciano los primeros días será la joven pareja de hijo y novia la que se quede con el padre mientras los hijos mayores parten prestos a Tokyo tras el funeral una vez que ya han dejado claros ciertos criterios de atribución de objetos de valor de la madre. No hace falta el reproche explícito que aparece en la película de Ozu dicho por la hija pequeña, en este caso Yamada opta por la sutileza con el simple hecho de mostrar el comportamiento para que la valoración la hagamos en privado.

Nada sorprende en la película de Yamada, todo nos suena visto, pero todo es grande, todo es perfecto, todo es un engranaje perfecto para desembocar en un cúmulo de sensaciones que oprimen el pecho del espectador, consciente de que muchas situaciones son tan verídicas como creíbles y que pese a ello, no haremos nada por cambiar nuestra forma de vida a costa de soportar una enorme losa de culpabilidad. Un gran reencuentro de las pantallas españolas con el gran Yoji Yamada, si no se acuerdan de la de Ozu, mucho mejor, les parecerá sorprendente, y si recuerdan la de Ozu no pasa nada, es un complemento perfecto, como si nos la hubieran coloreado sobre la marcha, hasta la música suena parecida.