jueves, 19 de diciembre de 2013

LADRÓN DE BICICLETAS (Vittorio de Sica, 1948)


LADRÓN DE BICICLETAS (Vittorio de Sica, 1948)

 
PARA CELEBRAR EL PRIMER MES DE BLOG


Película emblemática del movimiento neorrealista italiano, rodada en plena posguerra, cuando Visconti realiza sus documentales sobre la represión fascista y nazi en Italia, como el del descubrimiento de la fosa ardeatina y el castigo de algunos de los responsables, cuando se suma al movimiento con películas como Bellisima, o Rossellini rueda “Roma, cittá aperta”, Luigi Zampa “Años difíciles”, Pietro Germi “El ferroviario”, de Santis “Arroz amargo” y otras muchas. A veces la mención a realismo no es sinónimo de realidad, y los movimientos artísticos no han dudado en acoger o imponer este término equiparándolo a un retrato ajustado de lo que se muestra, pero ¿podríamos decir que el realismo soviético era un reflejo de la realidad o solamente un deseo de cómo se quería mostrar la realidad?.
 
 
Basado en la idea de que el individuo puede descubrir la verdad a través de los sentidos (Thomas Reid en el siglo XVIII) suele reproducirse cíclicamente como movimiento artístico frente a aquellos movimientos manieristas, esteticistas o meramente contemplativos sin ajustarse a la realidad del momento,   y así fue realista la novela española del siglo de oro, o el barroco holandés en pintura frente a la influencia procedente de la amanerada pintura italianizante o como lo fue el de finales del XIX y principios del XX frente al movimiento romántico. Por esa intención de mostrar una realidad cotidiana a la que el espectador debía enfrentarse con su conocimiento y vivencias personales, retratando en imágenes en movimiento la vida diaria de la calle, la década de los 40 y principios de los 50 permitió la eclosión de una serie de cineastas en Italia como los anteriormente recogidos que, con una cámara, escasa escenografía, a poder ser en escenarios naturales, en viviendas humildes o en la propia calle, con actores profesionales o no, que mostraban historias pequeñas de gran humanismo, enfrentando la imagen con el sentimiento del espectador medio con una intención de remover estados de ánimo aletargados y provocar, al menos durante la proyección y en el hipotético debate posterior, la necesidad de fomentar la solidaridad, en una sociedad que procedía de los horrores de una guerra encadenada a un periodo de salvaje represión interior llevada a cabo por un régimen político aupado por los propios ciudadanos al poder.



El neorrealismo italiano es el cine de los ciudadanos cotidianos, de aquellos que todas las mañanas han de enfrentarse al día como si su supervivencia dependiera única y exclusivamente de la consecución de un objetivo inmediato y diario, para, una vez superado el obstáculo, afrontar el siguiente como una nueva lucha por la supervivencia, obreros en paro, familias numerosas, madres solteras o viudas, empleos precarios, sueldos que no alcanzan ni para contribuir con las más mínimas necesidades vitales son reflejados con precisión en las historias, la precisión que provoca mostrar en imágenes lo que se ve en la calle a diario, sin aditamentos ni adornos, la realidad transportada al celuloide.




“El ladrón de bicicletas”, y en este caso, hay que intentar obtener una copia moderna, que mantenga la historia de de Sica como fue rodada, no como la censura española nos la vendió, con un final de redención y esperanza católica muy propia del escaso realismo oficial español de los 50, nos muestra apenas tres días de la vida de Antonio Ricci, interpretado por un actor amateur, como todos los demás de la película, la vida del hombre sencillo cuya única preocupación es la de obtener un empleo para completar la ayuda social que recibe y pensar en un futuro donde la casa de empeños deje de tener importancia en su vida.
 
 
 
Antonio y su familia viven en uno de esos barrios de nueva creación en los suburbios de Roma, tan de nueva creación que no hay servicios, las calles están sin asfaltar, los parados se agolpan a las puertas de las oficinas municipales que diariamente reparten pequeños trabajos según la cualificación de cada solicitante, esos barrios que también se ven 20 años después en películas como Mamma Roma o La dolce vita y podemos comprobar que siguen en descampados y alejados de la vida del centro de la ciudad como ciudadanos de segunda o tercera categoría. Un día el municipio ofrece un empleo a Antonio para pegar carteles por Roma, condición inexcusable la tenencia de bicicleta para desplazarse.
 
 
 
El primer problema a solventar será el de recuperar la bicicleta empeñada, para lo que habrá que empeñar todas las sábanas de casa, porque como dice la esposa, “se puede dormir habiendo colchón y mantas”. Emocionado por su trabajo Antonio parece recuperar la ilusión en el día a día, hace sus cuentas, comprueba que puede haber un futuro algo más halagüeño, quizás que su hijo Bruno pueda dejar de trabajar en una gasolinera todos los días e ir a la escuela, pero en el primer día de trabajo , mientras coloca un cartel de la película “Gilda”, a Antonio le hurtan la bicicleta, y sin bicicleta no puede haber trabajo y lo va a perder, comenzando entonces la búsqueda incesante y desesperada de la bicicleta y su ladrón, no tanto para que éste sea castigado como para que el castigo no le alcance a él en forma de pérdida del empleo. Irá a la policía, que le recoge la denuncia pero le desengaña sobre las posibilidades de recuperarla, acudirá a una vidente que le dirá que “la recupera ahora o ya no la recuperará”, vidente de la que sacó a su mujer por no creer en esas cosas, acudirá con sus amigos basureros al mercado ambulante de Porta Portese donde se venden bicicletas de segunda mano, muchas robadas, con la ilusión de encontrar la suya.
 
 
 
Deambulando por Roma verá al ladrón y su bicicleta hablando con un anciano, al que perseguirá intentando obtener la información sobre el autor de los hechos y su domicilio, para lo que tendrá que entrar en una iglesia donde se ha refugiado el anciano y volveremos a comprobar lo que es el neorrealismo en una escena censurada en España donde una multitud de necesitados es alimentada a diario por la parroquia, eso si, nunca antes de que se acuda y se termine la misa, por si acaso. Cuando Antonio consigue la dirección del ladrón y lo encuentra es puesto en entredicho por toda la vecindad, incluso la aparición de la policía tampoco ayuda a Antonio porque le faltan pruebas, es la palabra de él frente a la del vecindario y la del autor, todos sabemos que es ese joven, pero sufrimos con la angustia de Antonio que se ve incapaz de poder demostrar el hurto, y al final tiene que irse del lugar vejado y humillado, humillación que va reflejándose en el rostro de Antonio según pasan las horas y se ve totalmente perdido.
 
 
 
Como acto de desesperación Antonio y su hijo entran a comer en un restaurante, es obvio que están fuera de sitio, en un ambiente nunca conocido y donde esa primera y última comida se va a atragantar al bueno de Antonio cuando es consciente de que la gente que está en el restaurante no tiene problemas para acudir todas las semanas a disfrutar de una comida de domingo en familia, mientras que para él, lo que le va a costar es tanto que difícilmente podrá recuperarlo, pues ni la comida podrá disfrutar cuando es consciente de que ese gasto es superior a su nivel de vida real.



Por eso, en esa desesperación, en la cara del niño que acompaña a un padre sin rumbo, en un futuro de hambre y sin salida, Antonio no puede resistir la tentación de intentar llevarse una bicicleta de las tantas aparcadas en la calle con la que recuperar la que le han quitado a él, sin embargo, como no puede ser de otro modo, en este caso la gente ayuda al propietario y detienen a Antonio. Sólo la llegada del hijo salva a Antonio de la cárcel, el propietario se da cuenta de que ese hurto ha tenido otra necesidad como trasfondo y que demasiada humillación ya es para Antonio ser sorprendido en presencia de su hijo como para, además, entregarle a la policía.
 
 
 
Antonio sufre la humillación de su posición social durante toda la película, ha sido robado, ha sido vejado por los de su clase social y, además, al final de la película sufre el peso moral de ser identificado con un ladrón. Cabe la esperanza final de que su acto no tiene una consecuencia legal, pero indudablemente para Antonio nada volverá a ser lo mismo, si su comportamiento había sido moralmente irreprochable hasta entonces, intentando ser resarcido usando las vías legales, a partir de ahora conoce que su debilidad le puede conllevar la comisión de actos reprobables, encima a sabiendas de que su hijo lo ha visto y se ha sumado la decepción del chaval hacia su padre.
 
 
 
Ese plano final con la cámara elevándose desde la espalda de Antonio y Bruno mientras caminan hacia su casa por una calle atestada de gente, cabizbajos, hundidos y no salvados, es la mejor toma posible, aquí tienen la historia y así se la he mostrado, ahora ustedes valoren el futuro de esta gente, parece decir la toma, desde luego muy alejada de la moralina nacionalcatólica del censor de turno que veía una esperanza de solidaridad cristiana en ese plano