martes, 10 de diciembre de 2013

LA DOLCE VITA (Federico Fellini)

LA DOLCE VITA (Federico Fellini, 1960)

¿LA DOLCE VITA?




Maaaaaceeello…….vieni qui.

La herencia del neorrealismo produjo nuevos artistas y referentes culturales en la Europa de los 60, Fellini, Bertolucci, Passolini, Scola, Monicelli y otros tantos que, al echar la vista atrás, provocan la nostalgia de lo que ahora no existe salvo honrosas y contadas excepciones. De la Italia esplendorosa en el mundo del arte hemos pasado a la zafia y bruta representación del vacio berlusconiano, la mujer objeto, el envoltorio publicitario y la mente en blanco para no pensar en nada y que todo nos lo dirijan hacia el caos, algo de lo que, como precedente, Fellini nos habla en La dolce vita, película de 1960.




Marcello Rubini no deja de ser un icono del hombre occidental de la segunda mitad del siglo XX, el individualismo y la búsqueda del placer inmediato, por más que solamente provoque desasosiego e insatisfacción personal. Marcello el deseado, el amado, el buscado, el solicitado, el necesario en todas las fiestas y en todos los eventos que no significan nada para el desarrollo de una persona, ansía justo las dos cosas que parece no tener, un trabajo que le guste y le desarrolle intelectualmente y una mujer a la que amar pese a las muchas que le rodean en esta sucesión de escenas de días y noches en las que, en cada una, aparece una mujer, en apariencia siempre deseables, pero quizás no lo suficiente como para alcanzar un compromiso a largo plazo.



Convive con una, el arquetipo de la mujer romana, amante y madre, celosa y posesiva, asfixiante para que Marcello pueda progresar como persona y como artista, porque a él lo que le frustra es no poder crear de verdad, por eso envidia a Steiner, el intelectual comprometido, burgués acomodado, rodeado de la “intelligentzia” del momento, y también de la farándula que acompaña a la cultura reconocida.
 
Porque Marcello empieza pareciendo un personaje frívolo, fiestero, despreocupado, que mientras persigue a un helicóptero que transporta una imagen de Jesús sobre los barrios menos acomodados de Roma, rumbo a un Vaticano que no parece esperar ninguna nueva buena nueva, es capaz de parar sobre una terraza en la que cuatro jóvenes toman el sol e intenta flirtear con ellas acompañado de Papparazzo.
 
Y mientras mantiene su relación pseudomatrimonial no dudará en compartir noche y cama con la mujer que más atracción le provoca pero de la que le separa la diferencia de clase, esa espectacular presencia de Ainouk Aimée, elegancia suprema y glamour, aunque ella misma no dudará en definirse como “io sonno una putana”, del mismo modo que perseguirá durante una noche que contiene mucho de onírico, a una explosiva Anita Ekberg, por las calles de una Roma espectral para terminar empapándose juntos en la Fontana de Trevi, cuya consecuencia será recibir una dosis de realidad en forma de puñetazos por parte del marido celoso.

 
Una noche en la que Marcello y Anita no conseguirán comunicarse porque hablan dos idiomas distintos, ni tan siquiera puede decirse que Anita se fije en Marcello y será éste el que siga los pasos de aquélla sin rumbo alguno, dejándose llevar buscando un objetivo que no alcanza. Marcello frecuentará el mundo del lujo y del aburrimiento continuo, lo que le refleja que no todo éxito implica alegría de vivir, pero también los ambientes populares donde el fanatismo y la sugestión son capaces de movilizar a miles de personas en busca de un falso milagro provocado por una familia de “vitelloni” dispuestos a enriquecerse a costa de la credulidad ajena.



 



Los días y las noches se suceden, según avanzan podemos ver cómo el hastío de Marcello aumentaa, es capaz de vejar e insultar a la única mujer que le ama con tal de que ésta se sienta tan herida como para que le abandone, revelar sus deseos de convertirse en novelista y abandonar la prensa sensacionalista y vacía justo antes de que su referente intelectual y vital decida suicidarse y matar a sus propios hijos en una misma noche, participar de una fiesta medieval en el castillo de una familia de la alta burguesía donde no encuentra su sitio y sólo puede revivir al encontrar allí a Ainouk, aunque su declaración de amor en la distancia se la lleve el aire y volvamos a asistir a una de las múltiples escenas de incomunicación de Marcello con las mujeres a lo largo de la película.


 
La última escena, y larga, que termina con otra fiesta en una casa de la playa, nos muestra al Marcello más desesperado, sin rumbo, nada galante con las mujeres, sólo entre multitud de gente, irrespetuoso, enfrentado, en los últimos cinco minutos, a su propio futuro, vestido de blanco y frente a un enorme pez blanco inidentificable, dos pares de ojos frente a frente, mirándose, ambos con poca vida en su interior, el pez dentro de una enorme red, Marcello rodeado de su propia red que le asfixia. Separado por un pequeño brazo de mar, Marcello reconoce la visión del ángel, la joven que le atendió en la ostería donde trataba de escribir su imposible novela, la misma joven, un poco mayor, que trata de hablar con él pero la distancia se lo impide, otra vez Marcello, ahora arrodillado, sin posibilidad de entenderse con quien está dispuesto a escucharle.

 
Todos sabemos que la llamada de la joven es la tabla de salvación para el pobre Marcello, sólo se trata de cruzar el charco, de mojarse como hizo en la fontana de Trevi, la mirada limpia de la adolescente es el único camino de salvación que a la frustrante vida de Rubini se le ofrece para cambiar, volver a lo sencillo y a lo inmediato. Hasta su padre se lo ha mostrado hacía poco, deslumbrado por las noches de alcohol y mujeres que le enseña su hijo en Roma, está a punto de caer en la tentación, pero en la tesitura de verse envuelto en la vorágine de esa vida de Vía Véneto, el padre de Marcello advierte la inanidad y abandona Roma inmediatamente, Marcello sabe cuál es la verdad y porqué su padre se marcha precipitadamente, sabe que ese vacío en la mirada de su padre es el que le persigue desde hace tiempo, y sólo la joven de la playa le sabe mirar en la distancia ofreciéndole salvación, no por nada, la primera vez que coinciden Marcello dice que es la mirada del ángel, aunque solo se dedique a lavar platos y servir mesas. Marcello, no me das envidia en esta película, como dicen en la película, “nuestras fiestas son famosas porque parecen funerales”.





DIRECTOR: FEDERICO FELLINI

GUIÓN: FEDERICO FELLINI, ENNIO FLAIANO

MÚSICA: NINO ROTA
Nino Rota – La dolce vita (finale)

Nino Rota – La Dolce Vita in via Veneto

Nino Rota – La Dolce Vita


REPARTO: MARCELLO MASTROIANNI, ANITA EKBERG, AINOUK AIMÉE, YVONNE FURNEAUX, MAGALI NOEL, ALAIN CUNI, NADIA GREY, LEX BARKER