miércoles, 18 de diciembre de 2013

CAMILLE CLAUDEL, 1915. (Bruno Dumont, 2013)


CAMILLE CLAUDEL, 1915. (Bruno Dumont, 2013)





Precaución, quien lea un nombre propio en el título y piense que va a ver una biografía al uso se equivoca de plano. Que tras el nombre de la artista aparezca el año 1915 no es casual, y si dijera “tres días de 1915” el retrato sería perfecto, porque eso es la película, lo que le ocurre a la protagonista (arrebatadora y desestabilizada Juliette Binoche en otro papel de relumbrón que no reventará taquillas) durante tres días en el sanatorio mental en el que está recluida por orden del omnisciente hermano menor.

 
“Me he convertido en un fantasma molesto para los crímenes de otros”. Tres días dan para mucho, para la rabia, la ira, la desesperación, la frustración, la esperanza, la ilusión, el rencor, la admiración y la resignación. Partimos de cero, con un breve intertexto al comienzo de la película y otro al final, como prólogo y epílogo porque Bruno Dumont debió sentir vértigo dejando desnudo completamente a su personaje, o personajes, porque el hermano también tiene relevancia en la historia, y , al menos, nos quiso situar en la figura de Camille, de dónde venía y dónde acabó.

Las cartas que ambos hermanos se cruzaron son el punto de partida del cineasta para idear estas imágenes, bellas y feistas al mismo tiempo, de nuevo rodando sin actores profesionales, salvo los dos hermanos, y con verdaderos enfermos mentales. Sobre Camille Claudel y Auguste Rodin se escribe y se estudia continuamente, ¿quién era el genio de los dos? ¿lo eran los dos, lo fue una y el otro era una fuerza de la naturaleza que se aprovechó del machismo e invisibilidad de la mujer en su época? Para Dumont eso resulta intrascendente, no quiere buscar verdades o artificios visuales, sólo retratar la vida de una mujer en un entorno hostil y en pleno desequilibrio mental.

 

 
Neurótica, con manía persecutoria, con miedo a ser envenenada por el fantasma del pasado que representa Rodin, Camille, más allá de su enfermedad siento el veneno por su sangre que le impide volver a crear, como si Rodin, actuando como un vampiro, hubiera absorbido su genialidad artística, impidiéndola dibujar, modelar, convirtiéndola en un ser sin arte, airado por la pérdida de sus facultades innatas para la creación, y además, privada de libertad.



 

En dos escenas espléndidas Camille, en una intenta dibujar mientras escribe una carta, resultando imposible, como resulta frustrante el momento en que cogiendo un trozo de barro en un paseo por el campo intenta modelar una figura sin resultado. Camille se siente diferente al resto de internas por cuanto mantiene habilidades intelectuales y físicas que muchas de las demás no tienen, se aproxima más a la posición de las monjas que cuidan de las enfermas que a una enferma más, tiene privilegios que las demás ni tan siquiera pueden pedir ni imaginar, cocinar, comer sola, pasear libremente, pero es una libertad vigilada y sometida a reglas, reglas que unos años antes marcaba ella en su vida artística desaparecida.






Aislada y enviada lejos de Paris al sur de Francia, la película está rodada en Côte d,Azur-Provence, siente que se ha instalado una barrera física insalvable con su familia, se apunta en la película algún episodio violento con la madre, pero sin concretar, algún control legal sobre su situación, algún “crimen” inconfesable que la ha llevado al sanatorio y no sólo su desequilibrio mental, por eso su única tabla de salvación es el idolatrado hermano, hermano, el escritor Paul Claudel, que ha encontrado la revelación mística en todas las actividades diarias, y que ha encontrado en la trascendencia religiosa una meta en la vida. Por eso la película es la historia de una espera, la de la llegada anunciada del hermano que viene a visitar a la enferma, quien ansía el encuentro como una manera de implorar la liberación, y cuando el encuentro se produce no existe diálogo, sino monólogos sin intercambio de conversación.



 

Para Paul Claudel la enfermedad mental es una especie de posesión diabólica que excluye al individuo de la posibilidad de relacionarse con la sociedad libre, y mientras esa situación se de, Camille no puede regresar al entorno familiar, sus conversaciones surgen desde un plano de superioridad moral que empequeñece a la desamparada Camille, la Camille que intenta convencer a todo el que la escucha de las posibilidades de recuperar su vida en libertad, de recuperar aquello que el ego de Rodin le usurpó.





Pese al plano final en el que Camille mantiene la esperanza de su liberación tras la visita de su hermano la película se cierra con un frío rótulo, de 1913 a 1943 en que fallece, Camille permanecerá encerrada en el sanatorio de Montdevergues, su hermano la visitará periódicamente, pero será enterrada en una fosa común. Ese humanitarismo cristiano de converso irredento del hermano no será suficiente ni para dar a su hermana una sepultura digna. Hay lazos de sangre irrompibles, pero la frialdad con que Paul se entrevista con su hermana revela el poco aprecio religioso que le profesa, ya por su vida pasada o por su desequilibrio que entiende una perversión religiosa.



 
 
 

Es una película de soledad, y de personaje. Nada se abrillanta para la ocasión, todo resulta frío y siniestro, las monjas se confunden con las enfermas al vestir de manera similar, como si entre unas y otras no hubiera mucha diferencia. Camille deambula y madura mentalmente lo injusto de su encierro y del olvido familiar, ella, la creadora, ha sido privada de su don y de su facultad de relacionarse con los demás. Y este personaje, cualquiera que haya sido su verdadera situación, cobra vida de manos de una actriz de esas como pocas, de las que se lanzan con Kieslowski, con Kiarostami, con Dumont en vez de venderse a un talonario lleno de ceros que no le costaría conseguir. Con otra no sabemos lo que se hubiera conseguido, pero esta película es la Binoche y la desnudez de la psique humana, de la alegría a la desesperación en medio de una representación, la labilidad humana es así, y el desequilibrio también.