sábado, 14 de diciembre de 2013

AMANECER (W.F.MURNAU, 1928)


AMANECER (W.F.Murnau, 1927-8)


 

Antes de que la svástica se hiciera con el poder, antes de que los totalitarismos fascistas vivieran su apogeo y su etapa de esplendor previa a la caída de los dioses, y antes de verse obligado a abandonar su país como la larga lista de autores que, en el exilio, continuaron haciendo excelencias en el cine y fueron “naturalizados” como nacionales de los países de acogida, Murnau llegó a Hollywood por voluntad propia, llamado por los señores del nickleodeon perfeccionado y convertido en una industria floreciente.




Murnau no apareció en Hollywood por iniciativa propia, sino que fue la industria la que acudió a él, asombrados de su calidad técnica, de la prodigiosa composición de imágenes, de los juegos malabares que hacía con las luces y las sombras, y con esa carta de presentación rodó la película romántica por excelencia, llena de clichés, de lugares comunes, de fáciles reconciliaciones, de amores eternos y devaneos pasajeros, de vidas en un tris de desaparecer y de muertes que nunca llegan ahogadas por el amor de los protagonistas.
 

 
Si se analiza con los ojos de, ojalá, la mayoría de nosotros, la película es una historia de redención marcada por una inicial violencia de género imperdonable, pero quizás sea en ese perdón, en ese amor ciego por el hombre dispuesto a lanzar por la borda, literal y metafóricamente, todo lo que le une a esta vida, donde Murnau consigue el punto de equilibrio suficiente para que la historia no se le vaya de las manos y termine convirtiéndose en un melodrama de opereta.




El magnate William Fox quedó subyugado por las imágenes y los movimientos de cámara que Murnau brindó en “El último”, y puso toda su industria al servicio del genio creador alemán, aunque su carrera dorada fuera de su país duraría bien poco como consecuencia de un accidente de tráfico que acabó con su vida, trágicamente, como viven los protagonistas de “Amanecer”. En “Amanecer” la noche y el día son contrapuntos necesarios, de noche sale la vampiresa a cazar a su ingenuo campesino, en la noche se siguen las huellas en el barro y se acaba retozando a la luz de una luna que todo lo ilumina, hasta el estado de éxtasis y descontrol del hombre ante los brazos de la amante. La noche deja salir a las bestias, y la noche sirve para imaginar los planes más atroces encaminados a deshacer ese matrimonio que vive en el campo pero muy cerca de la ciudad.


No hacen falta muchos rótulos para seguir la historia, mujer sufridora que siente cómo el marido está hechizado por los encantos de la urbanita, cuya presencia en esa aldea campesina no obedece a un motivo claro, pero que aprovechando la misma, busca quien la entretenga mientras y, a ser posible, continue siendo su semental y, porqué no, su financiero, mientras el bolsillo aguante. Pero dado que él no quiere divorciarse de su mujer, solo cabe la opción B, si la esposa muere no habrá impedimento alguno para que la relación entre los dos se pueda hacer pública e irse a vivir a la ciudad.


 


En una transición de imágenes, donde un rótulo va difuminándose como si de la superficie del lago se tratara, llega el momento dramático por excelencia, posteriormente recreado en películas como “Una tragedia americana” de Stenberg, o “Un lugar bajo el sol”, es el momento en que George O, Brien tiene que matar a su mujer para poder continuar con su historia de amor fou con la mujer fatal. A punto de acabar estrangulando a la confiada esposa, quien piensa que su marido, después de unas semanas de abandono busca la reconciliación con un paseo en barca por el lago, paralizada de terror cuando se da cuenta de cuál es el verdadero propósito de éste, la composición de rostros y cuerpos tensos es todo un prodigio de narración mediante el lenguaje corporal.
 
El cine mudo suplía la falta de sonido con la exacerbación del gesto, pero en este caso a la cara de resignación y dolor del marido se une la paralización aterrorizada de ella, aunque en el último momento no haya asesinato, ¿quién podría volver a confiar en quien ha estado a punto de matarte para irse con otra? Esta, y no otra, es la única losa que pesa sobre la película, ese amor incondicional que se recupera poco a poco durante un  dia en la gran ciudad, ciudad a la que la pareja protagonista llega por casualidad, ella huyendo de él, y él en su busca para tratar de recuperar lo perdido.




 

 
 


Y en ese momento del relato la película alcanza unas proporciones siderales de técnica, de imagen, de sentimientos, dos personas deambulando por la ciudad sin rumbo, ambos abatidos, una huyendo y desesperada, otro desesperado y avergonzado, y a su alrededor la vida frenética de la urbe que no es su lugar, coches, tranvías, comercios, gente elegantemente vestida, lujo, dinero, diversión. Veremos escenas en travelling, veremos efectos especiales muy bien conseguidos como son las transparencias y las proyecciones de los vehículos mientras la cámara sigue a nuestros protagonistas por la espalda y a su altura, como si fuera un precedente del uso de la stedy-cam.  No obstante, se cuenta que varios directores de aquella época asistieron al rodaje de la película para aprender del maestro, entre ellos uno de los más grandes, John Ford, que después contrató al propio O,Brien para alguna de sus películas.




La novela original, “Pasaporte a Tilsit”, un folletín de escaso valor literario, es pulido y repensado por Murnau y por su guionista, Carl Mayer, seguidor de Max Reinhardt, y uno de los exponentes del Kammerspiel alemán, movimiento que trasladó el expresionismo a las artes escénicas y cinematográficas, aportando esa carga psicológica al relato que le dota de profundidad y trascendencia a la historia.




Tras la progresiva reconciliación y recuperación de confianza de la mujer en su marido, ambos pasan una tarde noche de diversión en la ciudad, se acicalan, cenan en un caro restaurante, beben hasta sentir que flotan en la noche, se dejan envolver por el ambiente relajado y festivo de un parque de atracciones donde bailan, juegan en las casetas, persiguen un cerdo escapado……..pero no olvidemos que la  noche ha vuelto a renacer. Y la noche es el sinónimo de la muerte en esta película de Murnau, el lado oscuro de todos nosotros, el momento en que las tentaciones se hacen más visibles y más accesibles. Ya no hay peligro para el amor de la pareja, como Cenicienta, han corrido para poder coger el último tranvía que puede llevarles a su casa, y como unos recién enamorados así hacen el viaje, en contraposición evidente con el viaje de la mañana, cuando ambos llegan a la ciudad en estado de shock, una por haber sido objeto de un intento de asesinato por parte de la persona a la que idolatraba, y otro sumido en la vergüenza de ser consciente de la barbaridad en la que ha estado a punto de caer por su lujuria y sin atreverse a mirar a la cara a su mujer.




Ahora si, ambos deciden dar ese paseo en barca como dos enamorados, a la luz de la luna, mientras la mujer fatal sigue acechando por el pueblo, George y Janet disfrutan del paseo, hasta que la noche decide querer cobrarse su tributo y se desata una tempestad inesperada en la que la pareja cae de la barca y se separa. Llega el segundo momento climático de la película, la constancia de que ella se ha ahogado, de que las malas obras se terminan pagando pues si previamente deseabas ese ahogamiento, una vez que pudiste quitarte ese velo de delante de los ojos, la realidad te ha devuelto multiplicado el daño.





 
De nuevo las composiciones, los gestos, las caras, sirven a George para demostrar su abatido estado de ánimo, circunstancia que la mujer fatal confunde con el encargo inicial, ella cree que el campesino cumplió lo que su hechizo pidió, y ahora el rostro del campesino se transforma en rabia, ira, furia, tras perseguir a la causante de sus males y cuando, de nuevo, está a punto de estrangular a una mujer, empieza a amanecer. Otro milagro, que precede, por ejemplo, al de Ordet de Dreyer, en el que un pescador ha conseguido rescatar a la campesina todavía viva, sujeta a un haz de juncos que George llevaba consigo en la barca con un propósito inicial muy distinto. Sale sol, amanece, resurge la vida frente a la muerte, el sol vence a la luna, el pelo rubio (la luz) de Janet Gaynor vence a la melena oscura (la noche)  de Margaret Livingstone, que humillada y vencida por la virtud de una mujer sencilla abandona en el último momento la aldea, a la busca de otro incauto, a la espera de otra noche.

Amanecer es uno de los testamentos, si no el más grande, del cine mudo, un tipo de cine se apaga y otro nace, el sonoro rueda el mismo año “El cantor de jazz”, pero el cine demuestra, al pasar el tiempo, que lo excelso perdura sea cual sea su soporte y su época. El cantor de jazz ha pasado a la historia por ser reconocida como la primera película sonora de la historia, pero nada mas, “Amanecer” ha pasado a la historia del cine por ser uno de los diamantes más perfectos del séptimo arte, con o sin diálogos, en color o en blanco y negro, cinemascope, technicolor, 3D, dolby, sonido atmosférico……….son adjetivos muy circunstanciales del cine, lo importante es el cine por si mismo, y ésta es una de las mayores cumbres de su historia, y como tal, perdurable y eterna, no en balde el subtítulo de la película la nombra como una canción de dos seres humanos, por algo será.