lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA FAMILIA DE TOKYO (Yoji Yamada, 2012)




UNA FAMILIA DE TOKYO (Tokyo kazoku, Yoji Yamada, 2012)

No hay disimulo en esta película, estamos en el aniversario de Ozu, es el 50º aniversario de Yamada como director de cine, Yamada fue ayudante de dirección de Ozu, y la mejor idea de Yamada ha sido homenajear a Ozu repitiendo su afamada Cuentos de Tokyo. ¿Repitiendo? Es muy discutible afirmar esto de manera categórica, a grandes rasgos el tema y desarrollo de ambas es el mismo, el viaje a Tokyo de la vieja pareja para visitar a sus ocupados hijos, el progresivo abandono que sienten, la sensación de ser un estorbo, la de que les están aparcando de sitio en sitio hasta que se cansen y vuelvan  a su casa cerca de Hiroshima.





Y vistas sucesivamente las similitudes son patentes, hasta los planos podían ser reproducción de los de Ozu, si bien la maestría de la cámara de Ozu, esa colocación a ras de suelo de la misma para situarse a la altura de la mirada de los personajes es inimitable e inalcanzable, pero si que se trata de conseguir y se logra, esa larga escena inicial esperando la llegada de los padres donde vemos las estancias de la casa, las puertas de madera, los paneles de papel de arroz, los preparativos de la llegada, la poca simpatía de los nietos hacia los abuelos ya que sienten usurpado su espacio.

En la película Tokyo-Ga de Wim Wenders se homenajeaba a Ozu y se recreaba el sistema que ideó éste para conseguir colocar la cámara tan cerca del suelo mediante una invención del cineasta, esa dulzura y fisicidad de la imagen, esa familiaridad de la misma si que la consigue, aunque sea a fuerza de homenaje, la película de Yamada, director maltratado, otro más, por el sistema de distribución español, que sólo le ha prestado atención cuando se ha dedicado a hacer películas de samuráis, como si fuera el único cine posible en Japón.




La película de Ozu presentaba a dos hijos que vivían en Tokyo, un médico y una peluquera, que subsisten en la película de Yamada, un tercer hijo, muerto en la guerra, era representado por su nuera, el toque humano y cariñoso de la película, un cuarto hijo vivía a mitad de camino entre ambas ciudades, y una quinta hija seguía viviendo con los padres en la casa familiar. Yamada reduce el núcleo familiar a tres hijos, los tiempos han cambiado y se debe notar, aunque sea en el control de natalidad, y el tercer hijo es escenógrafo, es un espíritu libre, mitad bohemio mitad romántico, un dolor de cabeza para el padre, el típico hombre empeñado en colocar a sus hijos y que tengan estabilidad en su vida, como los dos mayores. El papel que la nuera viuda ejercía en la película de Ozu lo desempeña, en una noche mágica entre la madre y ella, la novia del hijo menor. Ese segmento de la película da a la madre, y por extensión al padre posteriormente, la tranquilidad suficiente para saber que su hijo no sólo es el más feliz de los tres sino el más querido. Y la hija residente con los padres es cambiada por aquella amable vecina que en la película de Ozu salía al inicio de la película y al final, y su hija, que se encargará de ocuparse del anciano cuando éste se quede solo.

Si se dice que la película de Ozu era el reflejo del fin de un  concepto tradicional de familia en Japón, azotada por el mazazo de perder una guerra y de haber escuchado hablar al emperador rindiéndose, se ve que la evolución no ha terminado, que ya en la segunda década del siglo XXI continúa esa sensación de que los padres habrán de manejarse solos en la vejez, y que el sistema de vida que nos hemos dejado imponer conceptúa a la vejez como una carga para los hijos, como una hipoteca a un interés demasiado elevado como para querer asumirla. La película de Yamada es igualmente demoledora en el análisis de esta familia tipo, actúa como un puñetazo en los sentimientos del espectador, todo con la debida parsimonia japonesa, al ritmo en que puede observarse el florecimiento de un cerezo, la anciana pareja protagonista es capaz de pasar una noche en vela admirando la noria y sus luces reflejadas en el puerto de Yokohama desde la ventana de su habitación de hotel al que han sido enviados por los hijos para evitar su presencia en casa. Aquí al menos hay una mejora en la categoría del hotel frente a la especie de club nocturno en el que son alojados en la película de Ozu, nada que ver con un ryokan al uso y si bastante con una casa de placer.




En paralelo a la conversación que la anciana y la novia del hijo pequeño mantienen, mucho más agria la del original de Ozu con la nuera viuda, se desarrolla otra escena que también existe en el original, el desahogo amargo y de infinita tristeza que el padre quiere evitar a toda costa en el interior de un bar. con sus antecedentes de problemas con la bebida, trata de todas las maneras posibles de no beber con su antiguo amigo, sabedor de que cuando bebe se transforma en una persona maleducada, violenta incluso, pero no beber también será una falta de educación con su amigo que le está invitando, por eso esa noche será un punto de inflexión determinante en el final de la película, el anciano contará su verdadera opinión de los hijos, totalmente embriagado a fuerza de botellas de sake y la anciana se tranquilizará al comprobar que su hijo pequeño no es ningún bala perdida irresponsable, pero decidida la vuelta a la casa familiar el drama se desencadena.




Y aquí Yamada es más descarnado en el desenlace que su maestro, Ozu prefiere utilizar el fuera de campo para prepararnos a la muerte de la anciana, sólo en un par de escenas podemos ver a la madre moribunda y ya semiinconsciente, mientras que el desenlace de la muerte de la madre en la película de Yamada no pierde intensidad pese a su metraje. El anciano permanecerá impasible ante la inesperada noticia, “siempre pensamos que sería él el primero en morir” dirá la hija, reprochando el comportamiento pasado del padre, bebedor, violento, despegado de la familia, mientras los hijos, fruto de una sociedad más moderna no dudarán en dejar salir sus sentimientos al exterior, aunque eso si, manteniendo la norma fundamental de un japonés, no tocarse, salvo la joven pareja de novios, nadie se tocará durante la película, ni un beso, ni una caricia.



Y el final reelabora el de Ozu, a falta de nuera que supla a los hijos para cuidar al anciano los primeros días será la joven pareja de hijo y novia la que se quede con el padre mientras los hijos mayores parten prestos a Tokyo tras el funeral una vez que ya han dejado claros ciertos criterios de atribución de objetos de valor de la madre. No hace falta el reproche explícito que aparece en la película de Ozu dicho por la hija pequeña, en este caso Yamada opta por la sutileza con el simple hecho de mostrar el comportamiento para que la valoración la hagamos en privado.

Nada sorprende en la película de Yamada, todo nos suena visto, pero todo es grande, todo es perfecto, todo es un engranaje perfecto para desembocar en un cúmulo de sensaciones que oprimen el pecho del espectador, consciente de que muchas situaciones son tan verídicas como creíbles y que pese a ello, no haremos nada por cambiar nuestra forma de vida a costa de soportar una enorme losa de culpabilidad. Un gran reencuentro de las pantallas españolas con el gran Yoji Yamada, si no se acuerdan de la de Ozu, mucho mejor, les parecerá sorprendente, y si recuerdan la de Ozu no pasa nada, es un complemento perfecto, como si nos la hubieran coloreado sobre la marcha, hasta la música suena parecida.