sábado, 23 de noviembre de 2013

METRO MANILA (Sean Ellis, 2013)



METRO MANILA


De este director hace años vi una cosa, estilo indie pro-Sundance que no me disgustó, no me importaría verla de nuevo por comprobar si resiste el paso del tiempo o por si me avergüenzo de mis gustos de antaño, “Cashback”. En el último festival de Valladolid ha concursado su última película, que según oía, ha gustado más bien nada que poco, excepto a mí, el de los gustos raros. Facilona en el recurso emocional, artificialmente recreada en la esperanza de una vida mejor, sentimentalmente edulcorada, lo acepto, y sin embargo recoge una serie de puñetazos a la conciencia del mundo occidental que no debería dejar indiferente a ningún espectador. La explotación de las clases agrícolas en los países del tercer mundo, la procreación en medio de la pobreza, el abuso oficial respecto de los propios ciudadanos, la utilización de mano de obra como carnaza dispuesta a reventar, el caos sin ley de la gran ciudad, la ausencia de estado y poder controlado en el mundo de la Filipinas contemporánea, la seguridad en manos privadas, la connivencia poder-narcotráfico, la prostitución para el occidental, la pedofilia tolerada……todo esto se ve en Metro Manila, sin profundidades, son escenas por las que los protagonistas transitan hacia el infierno de Dante, en un camino progresivo de autodestrucción inconsciente donde, cuando tomas contacto con la realidad de las cosas no hay nada que hacer porque no vales nada.

Hay en Metro Manila violencia, de la física y de la psíquica, de la que se ve  y de la que se intuye, la ingenuidad del que llega a la gran ciudad pensando que la comida la regalan y el trabajo lo rifan y el choque brutal con la realidad de la supervivencia en condiciones peores que las que dejaste en el campo. Como en “House of games” de Mamet, el personaje de Oscar Ramírez, no se entera de nada mientras va enredándose en una red de engaños y corrupción, sufrirá la humillación de soportar que su mujer se venda al mejor postor mientras trata de encontrar un trabajo, ese trabajo de seguridad privada, armado hasta los dientes y donde a diario caen compañeros en tiroteos con las mafias que tratan de asaltar los furgones blindados también le lleva a conocer un mundo de lujo, de comodidades, de contactos, desconocido e inabarcable para él, y en ese conocimiento entrará la inconsciencia.

Habría sido muy evitable el juego moralizante del director, las imágenes a cámara lenta en momentos de relax familiar, los intermedios de alegría y esperanza que no aportan nada porque sabes que Oscar no tiene futuro, como deduces que, con  independencia de cómo acabe la película, los que siguen adelante están igualmente condenados a no salir del hoyo hagan lo que hagan. Esas tibiezas en la historia provocan un descontrol en la valoración final de la película porque en manos de alguien con más rigor, más mala leche, menos complacencia, tendríamos unas “Malas calles” del siglo XXI, mientras que ahora queda una película más ambiciosa de lo que se ha conseguido, pero con una notable fuerza visual y dos protagonistas masculinos excepcionales, una “buddy movie” sin sentido del humor, no es el veterano y el novato, es el demonio con el alma cándida, y no nos engañemos, los ángeles no saben vivir en el infierno.