jueves, 21 de noviembre de 2013

LA POR (Jordi Cadena, España, 2013)


 


 
 

Vaya por delante que el tema, y la tragedia cotidiana que supone, merece no una película, sino toda una maratón de conciencia ciudadana para atajar, hasta el lugar exacto en que todo es evitable, una lacra diaria como es la violencia de género. Porque no todo es evitable en la vida, no de todo tienen la culpa los demás, no todo lo malo pasa porque los demás no lo atajan ni nos ayudan, y sin que ello suponga ningún tipo de culpabilización para las víctimas, también existe un principio de responsabilidad personal en muchas situaciones necesario para no tratar todas las problemáticas de pareja desde un mismo punto de vista. Hay violencias y violencias, y no todas las violencias son igual de graves, porque si todo lo tratamos desde la misma represión lo leve alcanza una relevancia que no lo merece, pudiendo solucionarse sin activar el mecanismo lento y poco eficaz de la justicia, mientras el caso verdaderamente grave se ve envuelto en el marasmo burocrático de papeles y declaraciones cuando se necesitan acciones rápidas y efectivas que llegan mutiladas e ineficientes. Y digo esto porque en mi trabajo diario tengo la mala suerte de ver a diario el ingente volumen recursos y el ingente número de personas involucradas en la represión del eterno fenómeno del machismo cotidiano en el que terminan confunciéndose situaciones de convivencia mal llevada y de enquistadas relaciones matrimoniales que no son capaces de disolverse por falta de verdadero asesoramiento. Si el sistema fuera eficaz trataría de evitar problemas en vez de agravarlos, y la jurisdicción penal muchas veces, si no siempre, provoca rencor y ánimo de venganza a problemas que podrían haberse solucionado con un  buen sistema de mediación y resolución de conflictos, de tal manera que los escasos recursos materiales y humanos sobraran para los casos verdaderamente graves, que ordinariamente, no llegan a denunciarse y desembocan en los resultados más sangrientos y despiadados.

Este resultado me enlaza con la película que quería comentar, La por, del director Jordi Cadena, tándem habitual de Judith Colell, quien en esta creación no me consigue empatizar con los personajes, reconociendo en la forma de contar una serie de virtudes cinematográficas evidentes, pero cuya conjunción no logra una perfecta amalgama. Como en “Elisa K”, mediada la película conocemos la verdad de lo sucedido, y sinceramente, funciona como un jarro de agua fría que rompe el efecto terrorífico de la última escena, sabiendo lo que va a pasar la violencia parece mitigarse en vez de potenciarse. Probablemente sea la película española que con mayor exactitud retrata lo que debe ser el terror diario de la convivencia con un maltratador y déspota doméstico, afable y sociable en su vida laboral pero un auténtico cabronazo con su familia. Y la virtud de la película es que nunca veremos esa violencia, simplemente la oiremos, o la sospecharemos, en un permanente fuera de campo, las almohadas sobre las cabezas para no oir las discusiones, los insultos o los golpes, los primeros planos difuminados de las caras y cuerpos de los protagonistas, los tabiques por medio, puertas que se cierran o golpean,  y en medio el calvario de la mujer agredida incapaz de poder emanciparse de la dominación, calvario que se extiende a los hijos de la pareja, igualmente resignados a permanecer en una rueda giratoria de la que no puedes bajarte, creando un sentimiento de culpabilidad y de proyección genética que, sinceramente, resulta de lo menos logrado de la película, ese convencimiento que tiene el chico de que puede convertirse en un maltratador con su novia dado el comportamiento de su padre es una de las escenas menos conseguidas en medio de una clase de ciencias naturales.

Y como se puede leer, la película encierra logros pero si se analizan por separado,  porque el conjunto de los actores no consigue emocionarnos pese a lo crudo de la historia (Ramón Madaula y Roser Camí), porque la interpretación fría, excesivamente hierática de los personajes, su ausencia, su teatralidad contenida también me expulsa de lo contado, y sin embargo , al mismo tiempo, se puede cortar la tensión del ambiente, pero no te involucras hasta el punto de temer la llegada del padre al domicilio. En su reducida duración termina haciéndose larga, por reiterativa, por cargar demasiado peso de la trama y de la historia en los chavales, cuya interpretación tampoco es memorable (Igor Szpakowski) y ese silencio, esa reclusión interior para no hacer público el drama familiar nos aleja, nos proporciona tanta distancia y, al punto, nos resulta hasta increíble, que nos pasa como al resto de personas que rodean a los agredidos que unos no podían imaginarse el drama y a otros todo nos parece ficticio, que todo termina resultando impostado pese a la dramática historia, real como la vida misma, pero que vista en imágenes nos deja inertes e inactivos, habiendo conseguido formalmente un concepto para contar la historia más acertado que el de, por ejemplo, “Te doy mis ojos” de Iciar Bollaín, la simple interpretación de Laia Marull y Luis Tosar eleva lo manido y manoseado de aquella película al lugar donde las entrañas se te revuelven, mientras que La por no lo consigue, de manera que aquélla permanece en el imaginario colectivo del cine español en esta temática de violencia de género y ésta termina por no calarnos hondo.

Y por favor, educación, educación y educación, no puede ser que a esta altura de la historia nuestros jóvenes repitan los errores históricos de los mayores, no hay nada más descorazonador que tener delante de un estrado a una pareja de adolescentes o jóvenes mayores de edad, y más aún que ellas una y otra vez perdonen las agresiones. Por mucho que nos pese sigue predominando el poso cultural de la mujer sumisa y complaciente, y la revolución de los 60-70 se nos está viniendo abajo. Y un poco de dinero para atención al maltrato masculino hacia las mujeres no vendría mal, pero ya sabemos, son precisamente dos ministerios que le han cogido mucho gusto a la tijera y al recorte, y son dos partidas, la educación y la violencia de género, que están sufriendo como una losa los nuevos aires pleistocénicos que nos rodean.