domingo, 24 de noviembre de 2013

EL HOMBRE TRANQUILO (JOHN FORD) The quiet man


EL HOMBRE TRANQUILO (John Ford, 1952)

 


Quién dispusiera de un Innisfree al que regresar, un Innisfree en el que contar con la solidaridad de tus vecinos, donde siempre hubiera una copa a tu encuentro brindada por quien comparte contigo tiempo y lugar, ese entorno donde enraizaron los recuerdos y donde la niñez te persigue en cada esquina, ese lugar es Innisfree, o Arcadia, o Itaca, existe y es imprescindible para mucha gente, resulta salvador en este caso para Sean Thorton (John Wayne)
 
 

Aprovechando la iniciativa  de reestrenar en pantalla grande una gran joya de la historia del cine como es “The quiet man” nunca viene mal rememorar las andanzas de Sean Thorton, los hermanos Donaher, Michaleen o el padre Flanagan, y aplaudir intentos tan arriesgados como necesarios para las depauperadas pantallas españolas en estos tiempos donde parece que sólo existe un director en España y donde sólo hay eco en los grandes medios de comunicación a las películas que vienen avaladas por campañas de promoción y autobombo exageradas. Ojalá estos reestrenos se mantuvieran y no sólo por la voluntad del exhibidor sino porque, realmente, supusieran un éxito de público notable, como si de repente este país se hubiera vuelto culto y respetuoso por el arte y no le importara pagar por volver a ver películas clásicas donde se encierran la mayoría de historias y soluciones técnicas de nuestro cine. Aunque siendo sincero no creo que vivamos en Francia y no creo que se generalice esta iniciativa hasta el punto de poder esperar a ver la revisitación de cualquier gran clásico en nuestras pantallas como si uno se encontrara en el barrio latino de París.



Desde las verdes praderas irlandesas las borracheras, las apuestas, los malos tratos, los fanfarrones, los juerguistas, los curas mundanos, la cabezonería y hasta los trenes, se alían para contarnos dos horas de vida despreocupada pero anclada en la tradición más inamovible hasta el punto de provocar varios desastres durante su desarrollo. El idílico pueblo de Castletown recibe la llegada de un tren, ese tren de vapor que oscila entre 3 y 4 horas de retraso cada vez que aparece, algo que ni preocupa ni ocupa a sus pocos usuarios, ni mucho menos a los empleados del ferrocarril, capaces de perder un poco más de tiempo si la ocasión, la pinta de cerveza o la pelea lo merecen. De ese tren desciende un yanqui, una atracción para el pueblo, ¡con un saco de dormir!, iniciándose una surrealista conversación sobre cómo puede llegar a Innisfree. En ese momento aparecerá uno de esos magníficos secundarios de las películas de John Ford, Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald), borrachín empedernido, conseguidor, matrimoniador, confidente, aquél que “si bebe whiski, bebe whiski y si bebe agua, bebe agua”  cuando le ofrecen agua para su whiski o cuando pide algo de beber  y le ofrecen un vaso de leche tuerce el gesto y dice “ni los Borgia lo hubieran hecho mejor”. Surge la camaradería entre ambos cuando Sean revela quién es, un heredero de los Thorton a quien el propio Michaleen le limpió los mocos de pequeño, que emigraron a Australia y EEUU, y ahora, ocultando un pasado que no quiere revelar, vuelve a su tierra, al lugar de las tradiciones, de los recuerdos, de los fantasmas familiares, con la intención de asentarse en la finca que fue de su madre, el cottage Blancas mañanas, propiedad que quiere recuperar para vivir. Los Thorton eran una familia respetable, sobre todo el abuelo, colgado en Australia, un hombre admirable.



En esa ronda inicial camino de Innisfree se producirá la mutua atracción entre la “solterona” Mary Kate y el irlandés errante Sean Thorton. En bellísimos paisajes la aparición de Mary Kate pastoreando supone una revelación y un objetivo para el bueno de Sean, sólo que es un absoluto desconocedor de las tradiciones irlandesas, y eso le va a llevar a situaciones desesperantes y contratiempos irracionales que hay que vencer como manda la tradición para no ser un extraño en su nueva casa. Thorton actua como si se encontrara en EEUU y aborda a Mary Kate a la salida de la iglesia, eso es algo inconcebible para la moral católica imperante, pero a Mary Kate le gusta esa decisión, sobre todo porque, siendo una mujer de fuerte carácter, se ve como una criada para siempre del tosco y grosero hermano mayor, Will Donaher (espléndido Victor Mc Laglen) el sargento por antonomasia de las películas del oeste fordianas. Will ve en Sean un rival, tanto en lo económico (ha llegado de EEUU y no necesita trabajar), en lo físico (aparenta tan fuerte como él), le ha quitado la propiedad de la finca colindante Blancas mañanas y encima, pretende casarse con su hermana. Las dificultades para conseguir el ansiado matrimonio serán múltiples y Will Donaher no hará nada por evitarlas sino por agrandarlas cuando ve cómo Sean no quiere pelear contra él, y a espaldas de los hermanos Donaher y Sean, el pueblo se confabulará para que Will Donaher ceda al matrimonio, y eso que había apuntado a Sean Thorton en su lista negra con una cruz bien grande. Pero tras la boda, y al revelarse el engaño “piadoso” del pueblo, en el que participa hasta el propio párroco católico, el hermano sólo puede hacer ver su enfado y desprecio negando a su hermana algo muy preciado para ella, la dote del dinero que la corresponde por herencia y por la memoria de su madre. Al forastero la dote, como en su momento no poder casarse sin el consentimiento del hermano mayor, “lo siento,esto es Irlanda y es imposible casarse sin el consentimiento del hermano” dice Michaleen, le parece algo extemporáneo y nada importante, pero a partir de ese momento, la felicidad de la nueva pareja, y hasta el sexo entre ambos, depende de la recuperación de la dote. Sean Thorton se ve impelido a resolver el problema como todo el pueblo espera y desea, a puñetazos, pero desconocen la historia del propio Sean, era boxeador profesional y mató a un hombre en su último combate, prometiéndose no volver a pelear. Su principio moral choca con el de los demás implicados, para su mujer (Maureen O,Hara) supone una humillación perder la dote y que su marido no la reclame, para el pueblo es un sinónimo de cobardía y para Will la reafirmación de su superioridad en el pueblo.



En la tesitura, y tras lo que parecía la recuperación de la paz conyugal, Mary Kate decide huir y marchar a Dublín, gracias al retraso de 4 horas y media y la casi empezada pelea entre el maquinista y el jefe de estación, Sean llega a tiempo de sacar a rastras del tren a su mujer y llevarla, 5 millas adelante, campo a través, hasta la casa de su hermano, con la ayuda de los vecinos, pues incluso una amable mujer de ferroviario entregará una vara a Sean diciéndole “aquí tiene esta vara para pegar a su adorable esposa”, exigiendo la dote, o si no, devolverá a la esposa, pues según la tradición irlandesa, sin dote no hay boda. Conseguida la dote, Mary Kate la quema, y sabe cuál va a ser el desenlace, la famosa y esperada pelea, pero no se quedará a verla, simplemente le dice a Sean “esta noche tendrás la cena preparada”, frase que indica muchas más cosas que una simple cena en casa, y en ese momento empieza la gran pelea y la redención personal y familiar.





La película contiene grandiosas escenas, desde el primer beso a la luz de la luna en la casa abandonada donde John Wayne encuentra a Maureen O,Hara cuando estaba limpiando a escondidas, la tormenta en el cementerio, el paseo en bicicleta burlando a Michaleen en el primer paseo tras el inicio del cortejo gracias a la colaboración del propio caballo de Michaleen, que se detiene en seco al pasar por delante de la taberna Cohan, parada obligatoria diaria del conductor, la carrera de caballos en la playa usada como cebo para que los hermanos Donaher caigan en la trampa tendida por todo el pueblo a sus espaldas, las canciones en la taberna, la caminata arrastrando a la esposa desde la estación con todo el pueblo detrás, ansiosos de pelea, porque como dice un personaje en la estación, “la pradera se va a teñir de sangre”, la pelea final……… bellísimos planos de romanticismo pleno, de camaradería y fraternidad popular, una fotografía en color digna de postal turística.



Es una película de reencuentro, del reencuentro con uno mismo y los orígenes, algo que debe ser muy importante cuando se siente que perteneces a algún lugar, película llena de guiños humorísticos, de referencias sexuales implícitas de muy buen gusto, del reencuentro con la tradición que también pertenecía al mismo director John Ford pues él mismo era de origen irlandés.



Una anécdota final, cuentan de John Ford que era un auténtico tirano en sus películas, que ningún actor sufrió mayor acoso y desdén durante los rodajes que John Wayne con él, y Ford estaba preocupado por cómo conseguir un realismo absoluto en la escena de la pelea, ésa en la que el obispo protestante pierde 15 libras al apostar por el lugareño. Sólo tuvo que hablar por separado con ambos actores, a Wayne le dijo que se estaba dejando quitar protagonismo por Mc Laglen y que éste iba hablando mal de él por el set de rodaje, a Mac Laglen le dijo lo mismo, el resultado se ve en las imágenes, pero es que dicen las crónicas que Mac Laglen terminó con conmoción cerebral tras la pelea, y John Wayne con dos costillas rotas, como dicen los italianos, si non e vero e ben trovato, de todas formas, toda la película se ve con una sonrisa en la boca, cuando no una carcajada.



Para los más adeptos propongo completar la misma con un programa doble, tras ver la original cinta de 1952, visitar los lugares de rodaje y a los, entonces, actuales habitantes de Innisfree, del lugar donde se rodó la película y del recuerdo que se mantiene de la misma de la mano del documental rodado con el toque personal e intransferible de nuestro José Luis Guerin en los años 80, se titula Innisfree.

DIRECTOR
GUIÓN
Frank S. Nugent, John Ford (Historia: Maurice Walsh)
MÚSICA
Victor Young
FOTOGRAFÍA
Winton C. Hoch & Archie Stout
REPARTO