martes, 19 de noviembre de 2013

EL DESIERTO ROJO (Michelangelo Antonioni, 1964)




 No es casual la mención a esta película en este momento, “sei fortunati” como dicen en la tierra natal del director, Ferrara, en la Emilia Romagna, porque, por suerte, y por azares, acabo de contemplar la exposición “Lo sguardo de Michelangelo Antonioni in arte” en su ciudad de origen, en el interior del Palazzo Diamanti, objeto de localización de alguna de sus películas. Lejos de mi intención hacer una explicación sobre lo visto en una exposición, se trata de eso, de ver, de intentar captar algo del alma de este creador particular, grande en cuanto su obra es distinguible y personal, que la hace identificable por su forma y por su contenido frente a la inmensa mayoría del cine, y porque habiendo tenido una dilatada vida y experiencia profesional, su influencia en muchas de las obras contemporáneas, no sólo cinematográficas, es patente.



Acercarse a Antonioni por parte de un amateur del cine exige dos cosas, no repetir lo ya escrito sobre la soledad, la incomunicación, la alienación del individuo, que por repetidos no dejarían de convertirse en lugares comunes para no decir gran cosa, y sobre todo, ser lo suficientemente humilde como para reconocer que no todo lo que se ve es entendible. Con Antonioni, aunque en menor medida, me ocurre algo similar que lo que me pasa con Godard, una mezcla de respeto y de miedo ante la insuperable calidad intelectual de su discurso fílmico, visual y de texto, que empequeñece al espectador al tiempo que consigue engrandecerle cuando cree entender algo o gran parte de lo expuesto, o conseguir obtener un discurso narrativo coherente a través de las imágenes, ya fuera éste el original del autor o el propio creado por el espectador.



Contar el argumento es algo ineludible en este espacio, Giuliana (Monica Vitti) está casada con el director-ingeniero de una factoría, ya intuímos que esa relación amorosa está en franco retroceso cuando no en huida precipitada hacia el fin, el desencadenante de la distancia para el marido ha sido un accidente de tráfico, leve, de Giuliana, pero que ha desembocado en una depresión de la misma, con ideas suicidas,  que la incapacita para tomar decisiones, para saber lo que quiere, para escoger en suma. Aparece Corrado (Ed Harris) como ingeniero y compañero del marido, Ugo, y las miradas de Corrado remueven algo en el interior de Giuliana, “si mi marido me mirara como tu me has mirado……”. No podemos decir que Giuliana desee a Corrado como éste desea a Giuliana, ésta es una persona frágil y quebradiza, asustada por todo lo que le rodea, que quiere ser amada y, a ser posible, por su marido, aunque sabe que ese camino está perdido. Es inexorable el camino hacia la infidelidad para demostrar que Giuliana está sola, Corrado no la ama, y lo sabe, “no pienses” le dice Corrado después de pasar la noche juntos, “bonita conclusión “ responde Giuliana, no pensar para no reconocer lo terrible de la realidad. Giuliana también tiene un hijo, Valerio, de 4 años, que también le engaña durante la película “tu no me necesitas, soy yo la que te necesito”, niño con el que la película empieza y termina en los alrededores de la factoría en la que trabajan Ugo y Corrado, una escena final donde el humo amarillo que desprenden las chimeneas es venenoso, donde el agua del delta del Po sabe a petróleo y ha estropeado la pesca de la anguila. “Vamos” dice Giuliana a su hijo, andando en dirección contraria a la fábrica, ¿vámonos de aquí? ¿vámonos a envenenarnos poco a poco? ¿vámonos a seguir como hasta ahora?



Durante las casi dos horas de película se habla bastante, pero como decía Antonioni en una entrevista en 1975 a Alberto Ongaro con ocasión del estreno de “Profesión: Periodista” “no tengo nada que decir, pero si tengo algo que mostrar”, predicando cierta indiferencia hacia lo que el público entendiera de su obra pues le resultaba más interesante que cada espectador sacara sus conclusiones como hombre contemporáneo. Casi han pasado 50 años de esta película, pero la grandeza de la misma es que, vista hoy, sus temas y sus enfoques no han pasado de moda. Caben distintas perspectivas en la historia contada, podemos centrarnos en una historia de desamor con personaje femenino depresivo y con historial suicida, personaje masculino seductor y que se interesa por ella desde que la conoce y desde que su marido le cuenta los precedentes de la historia, pero resultaría muy convencional reducir la historia a ese plano. También podemos hablar del plano político de la historia, la película empieza con una huelga, la empresa está reclutando mano de obra barata para llevársela a Argentina en un claro avance de la deslocalización y pérdida de derechos que ahora parece sorprendernos, en un momento dado Giuliana le pregunta a Corrado si es de izquierdas o de derechas, y éste argumenta un discurso donde reivindica el actuar conforme a la conciencia y estar tranquilo con uno mismo, prefiriendo el socialismo y la ayuda al necesitado, pero sin compromiso, porque ha quedado claro que su opción es individualista.




 El plano psicológico en la película tampoco puede desdeñarse, si las actitudes y aptitudes de los hombres de la película, Ugo y Corrado, son de claro matiz individual, Giuliana necesita a su alrededor a alguien que la quiera y todo y a todos los que ha querido, su endeblez parte de su falta de amor, por eso sus movimientos serán confusos, descoordinados, entre el si y el no conjunto, ir y venir sin rumbo, ver pasar barcos por el puerto fluvial, barcos que si tienen un destino, algo que a ella no le alcanza, Corrado no quiere anclajes, ni propiedades sentimentales ni materiales, va y viene, Giuliana lo quiere todo y en el todo se muestra incapaz de escoger. Giuliana necesita apoyo para vivir, y es magistral la forma en que el director hace moverse a Monica Vitti en los momentos de máxima angustia, o cuando está avocada a decidir, si está de pie necesita estar apoyada en las paredes, andar arrastrando el hombro por la pared para no caer, “paura de tutto” dice antes de acostarse con Corrado, todo le asusta y le angustia. No es desdeñable el aspecto ecologista de la película, si bien éste se encuentra íntimamente relacionado con el aspecto interior de los protagonistas. El progreso es enfocado aquí como una máquina de destrucción, para avanzar no se piensa en preservar, y así, esa fábrica, envuelta en la neblina de los humos industriales y en las nieblas de la región, semeja un campo de concentración feo donde se destruyen conciencias y espíritus como otros destruían cuerpos, lo que rodea la fábrica es desierto, pero no el desierto natural sino el provocado por la inhumanidad del individuo, ésa que arroja las basuras fuera de su propiedad sin  pensar en que está envenenando su entorno de tal manera que el mal revertirá en si mismo, aunque para ello destruya antes lo natural.


A acompañar el estado de ánimo de la protagonista ayuda, de manera memorable, el sonido y la luz, junto con el color. El sonido al que me refiero es el industrial, la música de la película, de base electroacústica, semejante a las ondas martinot, con escalas mecánicas, ruido fabril, atonías y desintonías que perturban al espectador y que te ayudan a comprender el estado de la protagonista, complementado con la luz, normalmente escasa, opaca, sin sol, ambientes interiores reducidos, opresivos, ángulos rectos que llegan a enmarcar a Mónica Vitti como si se encontrara en habitáculos diminutos de los que no puede salir pese a encontrarse en habitaciones más amplias, unido a ambientes exteriores donde prima, o la noche, o la niebla persistente, como un elemento que ayuda a difuminar la inestable personalidad de Giuliana, y donde los personajes terminan pareciendo fantasmas que escrutan y juzgan a la protagonista, como si estuviera loca o ajena a la realidad, la niebla que envuelve a los barcos que embrujan a Giuliana como reflejo del deseo de irse sin querer abandonar nada. Los colores son fríos, neutros, hospitalarios podría decirse, menos ese rojo brillante que enmarca a los protagonistas y, sobre todo a Mónica Vitti en la escena de la cabaña, ese rojo nos dice que esa mujer puede llegar a ser pasión y volcán, pero todo es un espejismo porque el breve paso por el rojo no hará olvidar el omnipresente gris mortecino que todo lo rodea.


Dos últimos comentarios sobre la película, dos escenas que me parecen un tour de force resaltable, la escena de la cabaña de pescadores, ese retrato burgués del juego del deseo donde se amaga con la orgía pero donde el origen de los personajes resalta y hace evidente que no se atreverán a hacer una cama redonda, donde sólo dos de los intervinientes son honestos, Giuliana cuando dice “quiero hacer el amor” y cuando transcurridos unos minutos le susurrará a su marido “cuando antes dije que quería hacer el amor lo decía de verdad”, y la mujer que acompaña al operario y aparece al final de la escena, que interrogada por los presentes sobre por qué no quiere hablar de sexo contesta que “prefiere hacerlo en vez de hablar sobre ello”, de tal manera que deja en evidencia todo el presunto ambiente relajado y de moral licenciosa que se ha querido mostrar previamente, donde alguien hace lo que quiere de verdad, otros sólo se limitan a hablar de lo que querrían hacer y su moral burguesa les impide realizar. El otro momento excepcional y que rompe la monotonía de luz y de ambiente opresivo se produce cuando Giuliana cuenta un cuento a su hijo, es un cuento de luz y de esperanza en ser libre, la vida en una playa presuntamente tropical (no deja de ser Cerdeña) de una joven dedicada a su propio bienestar y felicidad, intrigada por unos misteriosos cánticos de procedencia desconocida y que ha decidido pasar los días sola ante la incomprensión de los adultos. ¿Quién canta? Todas cantan, dicen Giuliana, porque todas quisieron ser libres o porque todas están encerradas, las incógnitas y las preguntas son constantes, de ahí la grandeza de la película y la contemporaneidad de su mensaje, no estamos tan lejos de esa sociedad deshumanizada y robótica, donde todos los personajes llevan una vida en solitario pese a convivir con alguien