miércoles, 24 de agosto de 2016

LA BOCCA DEL LUPO (La boca del lobo, Pietro Marcello, 2009)




LA BOCA DEL LOBO (Pietro Marcello, 2009)


“En realidad se debe a varios motivos. En primer lugar, es un homenaje a la novela de Remigio Zena, de finales del siglo XIX, que narra las penurias de una pequeña familia en la calle Pre, justamente donde filmé mi película. En segundo lugar, así se lo llama al puerto de Génova, que tiene la forma de una boca de lobo. Y boca del lobo también se denominan las rejas de la cárcel. Para mí, el título es una suerte de homenaje a la ciudad” (Entrevista a Pietro Marcello en 2011 para la revista argentina Cultura Digital con ocasión del pase de su película en BAFICI).



 ¿Cuánto cine se nos queda por el camino? Convenientemente ocultado para evitar fisuras, oportunamente rescatado por resistentes activistas dedicados a no resignarse,  sabedores que el cine, cada vez más, el buen cine, se encuentra muy alejado del comercio. El mundo ideal en el que calidad y salas de exhibición transitaran parejos ha quedado muy lejos, prácticamente se puede pensar en ello ahora mismo como una meta inalcanzable que se va distanciando cada vez un poco más, como esos monstruos del mar, esos cargueros que surcan el golfo de Génova y son observados desde refugios poco accesibles y poco salubres por los nuevos habitantes de un mundo abandonado. Es el mundo del Quarto dei Mille, un barrio popular de Génova, de cara al mar pero de espaldas a la actividad integradora y rehabilitadora. Una carcasa putrefacta donde la vida humilde ha dejado paso a la vida miserable. Un contenedor de todo aquello que la sociedad no quiere cerca ni quiere visible. Uno de tantos barrios a los que la pobreza inherente se le ha unido la degradación de las drogas, las mafias, la prostitución, la inmigración ilegal y todo ello sin asistencia.

En “Bella y perdida” se advierte cómo Marcello no es un autor dado a la simplicidad en la narración, ni tan siquiera cuando ficciona deja de tener un asidero en la realidad para que la ósmosis produzca ese necesario diálogo entre la obra de arte y su entorno. Hallazgo fabuloso de este año en las carteleras españolas, su presencia sorprendente anima a recuperar el resto de su obra, producto generoso para festivales pero, a lo que se ve, dañino para las salas comerciales. Ese carguero que da inicio al relato, con la voz en off de un narrador que sume al espectador en la ensoñación de un letargo profundo, quedando hipnotizado por el ritmo de la declamación y el sentido de las palabras, surca las mismas aguas que dieron nombre a la zona en homenaje a los mil embarcados con Garibaldi rumbo al sur, o aquéllas que vieron crecer a Colón antes de vender sus servicios por las cortes europeas. Génova como lugar de expedición, de salida hacia el mar, y también de huida hacia la esperanza de cientos de miles de italianos del sur rumbo a Sudamérica y Norteamérica, un lugar que ahora se ha convertido en lugar de recepción de quien busca huir y refugiarse allá donde nadie va a buscarle, en lugares que son arqueología de la memoria, recuerdos de un mundo desconocido y antiguo, habitantes de la nueva caverna que se ocultan en la noche para salir cada mañana al reclamo del sol e invadir las calles de unos lugares donde se convierten en seres anónimos.

Marcello entreteje diversas historias, usa la imagen con un claro sentido del tiempo situándonos en tres momentos, principios del siglo XX, la década de los 70 y la actualidad del momento del rodaje. Espacios que han mutado y que se encuentran en plena transformación de manera permanente, imágenes de la construcción y ampliación del puerto, sus naves, las industrias auxiliares, el bullicio de la clase trabajadora saliendo y entrando del trabajo, y esos mismos lugares en los 70 y en los inicios del siglo XXI, la ciudad que fue y la que es, la prostitución de antes y la de ahora, viejas putas carcomidas por la desilusión compitiendo con jóvenes procedentes de cualquier parte del mundo. Territorios donde no todo el mundo sabe desenvolverse, “boca del lobo” que no sólo tiene el sentido literal de lugar oscuro y peligroso, tabernario y patibulario, sino como reclamo de una suerte que todos reclaman y todos ansían. Marcello se desplaza así por una zona de la ciudad mostrando su progresiva degradación, el sufrimiento inherente a la necesidad extrema en medio del olvido generalizado. Tratándose de un trabajo de encargo se respira libertad absoluta en el planteamiento. Solicitada y financiada parcialmente por los jesuitas de Génova a través de la Fundación San Marcellino, la película no es un elemento de propaganda misionera, ni un alegato sobre el valor de la fe o la importancia de la labor asistencial religiosa, ésta no se ve, no se filma, no se muestra. Marcello filma espacios y rostros, personas en la calle, arrebujadas en sus mantas pasando el invierno al lado del mar, ocultos en cuevas húmedas y sobreviviendo con la caridad.



Pero a Marcello le gusta bajar de lo general a lo particular, y en medio de esta tremenda historia de demolición colectiva y permanente, una historia de un hombre y una mujer va poniendo la cimentación necesaria para sostener toda la estructura general, Enzo y Mary. Lo que inicialmente dudamos si se trata de una ficción en medio de la realidad, de una ideación enfermiza de Enzo ante la ausencia de cualquier plano de Mary, de la que solo vemos una colección de pelucas que bien pudieran ser el equipaje de un difunto, se transforma en un momento de sublimación amorosa en un largo plano frontal que, a modo de entrevista, y en el domicilio desastrado de la pareja, sirve para que nos cuenten su historia de amor a lo largo de más de 20 años y se revele una realidad que, sobrepasando los estándares socialmente admitidos, demuestra la fuerza invencible del sentimiento sobre la desgracia. Enzo llena la película con su sola presencia, un rostro en el que uno advierte uno de esos actores de carácter del cine europeo, un Gian María Volonté, un Lino Ventura. Una mirada que penetra y radiografía el miedo y los temores de quien le enfrente desde la seguridad aplastante del perdedor que hace las leyes a su manera. Enzo es uno de esos emigrantes interiores, desplazados del sur al norte, solitario y abandonado que, pronto, cae en manos de Pippo, otro producto del lugar para quien el afecto tiene un precio, y ése es que Enzo participe de las actividades criminales del barrio. Poco a poco Enzo irá ampliando sus acciones hasta acercarse a algo parecido al sicario violento, tres condenas de 9, 4 y 14 años le han hecho pasar media vida en prisión, demasiado joven para jubilarse, demasiado viejo para trabajar, ¿tengo que volver a matar para volver a prisión? Es en una de esas estancias en prisión cuando conoce a Mary. Quien es Mary y cómo se forja esa relación conviene mantenerlo en sordina, pero es la palabra la que les mantiene unidos, el deseo y la palabra, y también el miedo y la tradición machista de ambos. Cuando Mary vive en libertad existe un pacto entre ambos de esperarse, una espera que se consigue mediante grabaciones de casete que sustituyen a las cartas, amor, y también amenaza en caso de infidelidad o abandono, amor sí, pero con pacto de sangre, un pacto de amor eterno que no se puede romper. Estamos en el retorno de Enzo a la vida en libertad, mucho más dura y angustiosa que la eterna espera entre rejas.



Cartas habladas y un narrador mientras las imágenes nos enseñan el día a día del barrio, su pasado, cómo era cuando Enzo y Mary fueron jóvenes, el tiempo como artista que modela vidas y paisajes urbanos, siluetas entre sombras en un mundo recluído en sí mismo, cercado por la opulencia que no se ve, fronteras invisibles que reducen la libertad al exiguo espacio de calles y plazas de un barrio, o lo que es peor, a los arrabales donde ninguna construcción protege y sólo la naturaleza ofrece ese abrigo.  Imágenes de archivo de un pasado más feliz, más optimista, más esperanzador, de otro pasado más cercano en el que todo se encarriló hacia la desprotección y autodestrucción, hacia el camino de la marginalidad extrema, e imágenes de un presente vergonzante donde el individuo sobrevive como puede y donde puede. Película que se cierra con un sueño o una realidad, la del deseo cumplido aunque sea gracias al cine, la huerta, la vida en el campo, alejarse, aunque sea mínimamente, de la miseria extrema, porque toda ciudad encierra pequeñas grandes historias, incluido el barrio que se transformó en una ciudad en sí misma, mientras los fuegos nocturnos iluminan el presente de unos refugiados, ajenos al lugar pero pegados a su realidad. Pietro Marcello construye en su cine uno de los ejemplos más refulgentes del actual panorama cinematográfico mezclando realidad y deseo, ficción y documental, presente y pasado.


martes, 23 de agosto de 2016

QUERIDO DICTADOR (Dear dictator, 친애하는 지도자동지께, Lee Sang woo, 2014)




QUERIDO DICTADOR (친애하는 지도자동지께, Dear Dictator, Lee Sang woo, 2014)

¿Cómo manipular? ¿Cómo mentir? ¿Cómo faltar a la verdad mostrando la imágenes verdaderas? Una videocámara se introduce en los barrios depauperados de una ciudad sin nombre de Corea del Sur. Cerca de la frontera, pero en el sector occidental de un país dividido por razones geoestratégicas. Comunismo frente a capitalismo, o dictadura frente a otra dictadura que se ha ido reconvirtiendo, porque en el pasado muy reciente de Corea del Sur hay una sucesión de dictaduras y de represiones, ahora olvidadas y que conviene no recordar, para centrar el foco de atención en el vecino del norte, dirigido por una saga familiar que, a ojos occidentales, parece patética a la par que sanguinaria. La propuesta del actor, guionista y director surcoreano Lee Sang woo es provocativa, uno se imagina que habrá generado polémica en el país al desnudar la imagen de eficiencia tecnológica y recursos económicos. Usando la construcción subjetiva de la película desde el punto de vista norcoreano, un invisible pero presente espía se mueve por Corea del Sur grabando imágenes destinadas a la propaganda oficial del régimen, esas grabaciones han de mostrar lo peor del país vecino, su degradación, sus diferencias sociales, la brecha entre ricos y pobres. No es difícil encontrar en cualquiera de los países del primer mundo imágenes de injusticia, otra cosa es vender que ésa es la única realidad del país. Es decir, esas imágenes existen, cuestión diferente es si cabe generalizar las mismas, como hacen las dictaduras o los programas informativos vendidos al poder.

 

Deliberadamente fea (las imágenes en contrapicado, los destellos del sol, la imagen borrosa de la falta de enfoque por la luz), escatológica, incluso hasta desagradable, violencia, hambre, alcoholismo, abuso, bulling, frío, enfermedad, violencia sexual, integrismo religioso, machismo…van siendo filmados por este espía para generar un video de denuncia de la injusticia social del país vecino en contraposición a la idílica sociedad norcoreana. Sabemos que no es así, pero el ciudadano norcoreano solo sabe lo que le cuenta el poder y además tiene obligación de creerlo como verdad incuestionable, aunque a cambio, el surcoreano vive de espaldas a sus propios excluidos, generando bolsas de pobreza de aparente fácil solución pero que se opta por mantener en ghettos de exclusión donde no molestan ni se exige un remedio. Buk-seong, Young-rim y Woo-suk son tres jóvenes adolescentes  que viven en un barrio de casas humildes, en familias desestructuradas, un barrio marginal y olvidado por el poder, uno con un padre alcohólico y un hermano discapacitado, otro solo, el tercero con una madre superprotectora al borde de la indigencia, uno aguanta las palizas paternas, otro espera la llegada del hermano que es como un padre en sustitución del padre, el tercero es víctima de acoso escolar. La madre de éste pasa a convertirse en madre sustituta en el ánimo de los otros dos, y en medio la absoluta pobreza en la que se mueven, recogiendo vidrio, cartones, una vida en la calle sin aparente salida.


La espiral de violencia, anunciada desde un principio, va en aumento. Incluso la misma es alimentada por esa figura del espía que cada vez necesita mayores dosis de repugnancia en lo que graba para educar a sus compatriotas en las maldades del régimen capitalista. Ahí se introduce la doble manipulación, la del público al que va destinado lo que se graba, y la de los tres muchachos a los que se estimula su violencia para quedar esposados a una realidad que no sospechaban, que su única salida para evitar la prisión es fugarse al vecino del norte como desertores, una opción de ser condenados como homicidas en su país, o recibidos como héroes absolutamente carentes de libertad en el régimen del “amado líder”. En el desarrollo y valoración de la película juega un papel fundamental ese ojo que todo lo ve, que inicialmente graba lo que encuentra de manera ocasional, pero que después termina provocando el comportamiento de los muchachos, es la cámara la que incide en el comportamiento quitándole espontaneidad, y cuando los jóvenes se dan cuenta del resultado de su venganza y de lo que han padecido previamente, es demasiado tarde para salir y olvidarse de la red en la que ellos mismos han ido cayendo gracias al personaje invisible que rueda muchas de las escenas que contemplamos.


El cine como elemento manipulador no es novedad ni dejará de ser una realidad, incluso el tratamiento de realismo sucio que se agarra al estómago (viendo la película he podido recordar alguna otra que me causó el mismo desagrado estético y emocional, como por ejemplo “Saló” de Pasolini, o el cine de Waters, Palíndromos de Solondz, Batalla en el cielo de Reygadas, “Tony Manero” o “Postmorten” de Larraín) pero no por ello, salvada esa repulsa estética deliberada y buscada, la película carece de interés, ni mucho menos, resulta inteligente en la forma de mostrar una realidad palpable en nuestros países modernos y “democráticos”, sus imperfecciones consentidas porque afectan a quien nunca va a disponer de resortes para reclamar una solución, una imperfección que choca con la brutalidad de usarse con fines publicitarios respecto a toda una sociedad que lo consiente y no lo cuestiona. Por eso las imágenes de archivo de Pyongyang resultan catárticas entre la magnificencia de la plaza de Kim Il Sung con el mausoleo Mansudae y la pobreza y demolición del barrio de frontera cercano al famoso paralelo 38, resulta una subversión del prejuicio, el lado “próspero” sería el continuamente denostado, y el deprimido el lado de la “libertad”. Pero no olvidemos que es propaganda, al espíritu crítico de Sang woo no le nubla la mente el vecino norteño, para despejar dudas basta con seguir viendo las imágenes reales del otro país que Sang woo nos muestra para que nuestra razón no se nuble y no sea capaz de colocar cada cosa en su justa medida. Cada uno sacará sus consecuencias, quizás la más adecuada es que para esos jóvenes ninguno de los dos países resulte una opción vital apetecible, pero no deja de ser penoso que el mundo libre abandone a sus ciudadanos de esta manera. 



lunes, 22 de agosto de 2016

VERGINE GIURATA (Laura Bispuri, 2015)




VERGINE GIURATA (Laura Bispuri, 2015)

Tres pastores forcejean con un macho cabrío. Tozudo, inamovible, hincado de patas al suelo, el animal se resiste a ser movido y conducido por donde no quiere. Tres personas no son suficientes para torcer su voluntad. Es el único momento de relajación y de alegría que se refleja en el rostro de uno de los tres pastores al que vamos a seguir los días siguientes en el duro invierno, risas que se transforman en mirada melancólica después de que el animal escape ladera arriba, la huida como metáfora de quien no puede ser como quiere. Soledad, silencio, hastío, insatisfacción, desprende el rostro de ese personaje a quien la cabra ha mostrado el camino, huir, marcharse, evadirse de ese lugar en el que no puede ser quien quiere ser. Rápidamente la historia elimina la duda acerca de si nos encontramos, o no, ante un problema de identidad sexual. Sabemos que Alba Rohrwacher es mujer y su estética andrógina y su nombre de Mark nos sumerge en la duda de quién es este personaje y qué quiere ser. La terquedad del animal es la de Hana, llamada Mark durante mucho del metraje de la película, aunque para Hana ha sido diferente porque para ser como quiere ser ha tenido que renunciar a lo más básico, a ser mujer. A diferencia de la cabra, los hombres son más tozudos que el animal, más persistentes en mantener tradiciones, en sojuzgar pueblos y semejantes. En la frontera de un territorio indefinido de Albania, Hana sólo aspira a ser la persona libre que desea, enamorarse de quien quiera, cazar, correr, cortar leña, divertirse, no tener que pedir permiso a un hombre cada vez que quiera hacer algo. Olvidarse de las reglas de la comunidad es una provocación para ésta y un riesgo para su propia existencia. 


La ley del Kanun implica que la mujer que quiera ser libre debe renunciar a su condición y mostrarse públicamente como hombre, vestir como hombre, adquirir la condición legal de hombre, actuar como se supone que lo hace un hombre y abandonar la idea de comportarse igual como mujer. Sólo así la comunidad acepta que una mujer opine, piense, actúe, dejando de ser públicamente lo que es. Todo lo demás conduce al castigo, la violencia y, en caso extremo, la muerte de la mujer rebelde. La fuerza del conjunto se impone a la voluntad o pensamiento individual de las familias. Muchos saben que esas tradiciones conducen a las mujeres de la zona a un estado de permanente desintegración personal, a una vida vegetativa llena de represión, de frustración, o, en su caso, a las más arriesgadas a huir de sus casas y buscar rehacer su vida en otros lugares o países. Para Mark la huida no es posible, no al menos mientras vivan sus padres adoptivos, aquellos que la acogieron tras la desaparición de su familia. Ya huyó su hermana adoptiva Lila para no casarse obligada, así que a ella no le cabe sino aceptar resignadamente, el tiempo que sea, su papel de hombre para hacer asumible la vida familiar, esperar el momento, resignarse para vivir después, o , al menos, intentarlo.



Libertad, de su falta, y de lo difícil que es recuperarla trata la película, con todas las variantes y ramificaciones que se quieran, la renuncia a la propia condición, la imposibilidad de conocer el sexo compartido, la vergüenza de enfrentarse al propio cuerpo, mantener una identidad frente a los demás que no corresponde con la que una siente en su interior, con la sola ayuda y complicidad de la hermana “postiza” y su marido, que acogen, albergan, cuidan y ayudan en la liberación a Mark para que vuelva a ser Hana en un mundo diferente, un mundo que no siempre será favorable, en el que la propia mujer sentirá rechazo, extrañamiento, miedo ante lo novedoso, incluso la duda de quien la recibe sobre si esa mujer viene para ser mujer o mantener la apariencia de hombre. Fuera de ese valle bellísimo pero que, como las montañas que le rodean, aísla a las personas tanto física como mentalmente, Hana poco a poco empieza a sentir la imperiosa necesidad de cambiar. Sin cambios radicales, sin metamorfosis nocturnas. Un simple escaparate de ropa interior de una ciudad italiana (es Bolzano, aunque no lo sepamos, el rico norte de Italia frente a la depauperada Albania, la opulencia frente a la escasez, la libertad de comportamiento frente a la castración comunal) abre los ojos a la joven mujer encerrada en un aspecto físico de hombre y le muestra el cuerpo que ella tiene pero que se ha obligado a esconder durante años.



Pequeños gestos diarios ayudan a recuperar la feminidad dormida, forzadamente renunciada, un secador de pelo, un lápiz de ojos, un sujetador, soltar el lienzo que oprime y reduce el volumen de los pechos para ocultar lo que se es frente a los demás. La piscina en la que entrena la hija de Lila es el reclamo de lo femenino, la plasticidad de los cuerpos y el ejercicio físico sin renunciar a una condición indiscutible. La piscina muestra los cuerpos, los de las atletas y los de quienes van a nadar como pasatiempo. Hombres y mujeres juntos, realizando la misma actividad, solos o en grupo, cuerpos tatuados, con piercings, pelo largo o rapado, con  rastas o no, teñidos de múltiples colores, bañadores anodinos o verdaderos reclamos publicitarios mostrando cuerpos perfectos. Para Hana el espacio de la piscina se convierte en un paraíso de libertad donde nadie reprime al otro y cada uno se muestra como es, un lugar de libertad donde aprender mirando aquello que olvidó, o trató de olvidar pero permanece presente causando dolor.



Con un tono intimista e imágenes centradas en planos cortos sobre el rostro de la protagonista, o su espalda y su cabeza apesadumbrada, muy nocturna en su tramo inicial, como si Mark no quisiera mostrarse a plena luz del día y buscara el refugio de las sombras, de los espacios poco iluminados, de los contraluces, en habitaciones donde sólo penetra la luz de la luna; el plano se amplía y la luz y el color animan algo más lo que vemos conforme el personaje va rompiendo sus cadenas mentales y sociales y se atreve a asumir su verdadera condición, la que su cuerpo y sus deseos necesita, aunque para ello sufra el efecto perverso de verse cuestionada en el domicilio de acogida porque, pese a su disfraz de hombre, ya nadie cree en su condición masculina. Nada más alegre y prometedor que terminar cantando con su hermanastra, otra actividad que ninguna de las dos podía hacer en Albania sin permiso masculino. Una última alegría para dar inicio a una nueva historia, la que no vamos a ver, aquélla donde dejamos al personaje de Hana como tal pero, al menos, con el panorama despejado para saber quién es y sobre todo, quién va a poder ser a partir de ese momento. Prometedor debut de la directora italiana con historia basada en la novela de la escritora albanesa Elvira Dones, donde por encima de todo destaca la interpretación de Alba Rohrwacher, un papel de pocas palabras y mucha interpretación, un ser andrógino a la fuerza que encorva la espalda para ocultar lo que los demás se niegan a ver, que es una mujer y que lo va a ser.



Vergine giurata. Italia, Albania , Suiza, Alemania, Kosovo. 2015. duración: 93'. directora: Laura Bispuri. Guión:  Laura Bispuri, Francesca Manieri. Fotografía: Vladan Radovic. Productoras: Vivo Film / Colorado Film Production / Rai Cinema / Bord Cadre Films / Match Factory Productions / Era Film. Intérpretes: Alba Rohrwacher, Flonja Kodheli, Lars Eidinger, Luan Jaha, Bruno Shllaku. Festival de Berlín 2015.