sábado, 16 de febrero de 2019

LE LIVRE D´IMAGE (Jean Luc Godard, 2018)



RESEÑA DE LE LIVRE D´IMAGE EN ULTIMO CERO (para leer pinchar en el enlace)


































miércoles, 13 de febrero de 2019

domingo, 10 de febrero de 2019

LA CIUDAD OCULTA (Víctor Moreno, 2018)


Las primeras imágenes de "La ciudad oculta" nos acercan al engaño de nuestra mente en conexión con nuestros ojos. En la oscuridad de la pantalla unos pequeños brillos, puntos luminosos que parecen lejanos, nos hacen imaginar una visión de un cielo nocturno, pero cuando el número de puntos luminosos alcanza tal magnitud que nuestro recuerdo no memoriza ningún cielo así, el efecto de nuestra imaginación desaparece. Esos puntos son el efecto de las linternas frontales de un equipo de trabajadores en el subsuelo de Madrid, probablemente el alcantarillado. El efecto óptico del reflejo nos ha engañado por un instante, hemos querido pensar en lejanas galaxias, mundos por explorar a millones de años luz, y, sin embargo, nos encontramos con el efecto lumínico provocado por el reflejo de una bombilla sobre el suelo de las cloacas, sobre sus residuos y sobre el material con el que está hecho. Superado este primer desafío comienza la aventura. Oscuridad y silencio; sólo rotos por el ruido de maquinaria, de vehículos o por ecos difíciles de situar; acompañan la experiencia sensorial que Víctor Moreno, muy bien acompañado de profesionales como José Alayón, Nayra Sanz Fuentes, Samuel Delgado........, ha ideado para enseñarnos un mundo desconocido, un mundo fuera de nuestro alcance, y casi, fuera del alcance de cualquiera. Estamos en una ciudad oculta debajo de centenares de miles de viviendas. Infraestructuras de uso desconocido junto a otras tan reconocibles como los túneles del metro, alcantarillado por donde un hombre puede moverse erguido sin problemas junto a pequeñas canalizaciones que apenas si permiten el paso de un gato y donde una rata parece un  gigante, accesos donde la suciedad y el abandono predominan enfrentados a otros donde todo parece nuevo, a estrenar, impoluto. 


Para acompañar este viaje por calles y rincones desconocidos de la gran ciudad, adentrándonos en esas tripas que depuran y degluten lo que la superficie desecha, la propuesta de Moreno se acerca al cine experimental. Pero no el cine experimental que juega con el ojo para engañar al espectador modificando el contorno, el color o el brillo de una imagen, sino experimentando con las sensaciones visuales y sensoriales que la falta de luz nos produce mientras un cuidadísimo diseño de sonido acompaña a las imágenes. Planos mantenidos ayudan a crear una cierta hipnosis en medio de la oscuridad, ya sean aguas que circulan, hombres que se aproximan como siluetas amenazantes desde la lejanía, la visión adormecedora de los raíles de unas vías mientras el tren avanza. En la oscuridad no podemos movernos con rapidez, el ojo necesita más atención, por eso la cámara tampoco corre, no hay prisa, nadie nos persigue, salvo el miedo propio de cada uno ante lo desconocido. En un mundo a oscuras, intentar ponerse en la piel de estas personas que desempeñan su jornada laboral sin ver la luz natural se hace muy complicado; si le añadimos el componente psicológico, el coste de adentrarse en espacios donde el hombre pierde sus referencias y se adentra allí donde nadie más quiere, ha de sumar, al esfuerzo físico, un coste emocional. Como astronautas, como miembros de la tripulación del Nostromo a punto de encontrar un nido de una especie desconocida, acompañamos unos minutos a estos hombres que se mueven con equipos autónomos de respiración, herméticamente vestidos de la cabeza a los pies. La mente, otra vez la mente, nos relaciona con esas películas de género donde la oscuridad es sinónimo de lo oculto, del terror, de la muerte. Trabajos para gente de resistencia, para personas a las que la permanente oscuridad se ha convertido en una rutina que, para los demás, sería inasumible.

Imagen y sonido juntas evitan cualquier palabra. Sobran las explicaciones, sobran los parlamentos. Da lo mismo saber qué son esas estructuras o para qué sirven. No parece que sea ese el objetivo del director y guionistas, sino el de transmitir, al menos con la interpretación que consigan nuestros sentidos, meras sensaciones anímicas irreproducibles sin ver estas imágenes calculadas y medidas. El eco del ruido emitido por un animal en el interior de un túnel da cuerda a la imaginación, la microcámara que se mueve por los pasajes angostos va descubriendo toda una fauna tan compatible con la luz del día que no se comprende cómo perros y gatos deciden vagar por esos túneles, acompañar a un equipo de mantenimiento de la red viaria del metro es terminar con los nervios destrozados por el ruido y la monotonía en pocos minutos y, al tiempo, intentar imaginar la resistencia de esos obreros y las horas diarias soportando ruidos industriales sin otro objetivo que el de que termine cuanto antes la jornada laboral y salir a la superficie para respirar un aire también viciado, pero familiar. "La ciudad oculta" es a Madrid lo que "Dead slow ahead" fue al interior de un enorme barco, en ambas los cuerpos son necesarios pero pueden llegar a ser prescindibles, nos sirven para tomar la medida de nuestra pequeñez en medio de centenares de kilómetros que horadan el interior de nuestras ciudades, túneles invisibles que también precisan de nuestros cuidados.



LA CIUDAD OCULTA. España. 2018. Dirección: Víctor Moreno. Guión: Víctor Moreno, Nayra Sanz y Rodrigo Rodriguez. Producción: Jose A. Alayón. Director de fotografía: Jose A. Alayón. Edición: Samuel M. Delgado. Productoras: El Viaje Films, Rinoceronte Films, Kinopravda, Pomme Hurlante Films, Dirk Manthey Films. 90 minutos.

viernes, 8 de febrero de 2019

CUANDO CREÍAMOS EN LOS REYES MAGOS (La mujer y el monstruo, 1955)

A poco que en tu familia no hubiera serios problemas, desgracias continuas, maltrato….. la infancia la recordamos como un momento de felicidad constante, el descubrir y el juego formándonos. Por eso, imágenes de la niñez que hayan conseguido perdurar en nuestra memoria conseguimos que vuelvan una y otra vez, y aunque nos pellizque la nostalgia del tiempo pasado, de Long Jhon Silver, del país de nunca jamás, aún por unos segundos volvemos a sentirnos niños. Confieso que esta película debí verla con 7 u 8 años, justo después de un partido Inglaterra-Francia del entonces 5 naciones, cuando todavía se televisaba como una tradición en la única televisión de entonces, con aquellos nombres de leyenda, Twickenam, Parque de los Príncipes, Cardiff, la selección del cardo, los hombres de la rosa……….


Y me quedé embobado. Al volverla a ver uno se da cuenta de que ha perdido toda la inocencia, que cuando la vió por primera vez ni se fijó en las piernas de Julie Adams, ni le pareció erótico el baño en la laguna negra, y hasta el monstruo le pareció peligrosísimo, y visto ahora, da hasta un poco de pena, luchando por su hábitat y porque los humanos no invadan el Amazonas. Veías esa película y te decían que era Brasil, y no te llamaba la atención que todos los rótulos estuvieran en castellano, considerabas normal que los primeros que murieran fueran los indígenas, cuatro, que para eso eran inferiores frente a los científicos, pues en las películas de Tarzán siempre despeñaban a un par de porteadores negros cuando atravesaban el desfiladero, o a quien primero mataban los caníbales o el león era a otro pobre africano, tampoco te sorprendía lo bien que se veía a más de 30 pies de profundidad, o como el agua de los afluentes del Amazonas era más limpia que la de la bañera de tu casa. Eras niño, qué demonios, y la imaginación te permitía eso y más. Te permitía hasta pasar un miedo intenso a partir de ver “La mujer y el monstruo” cuando te metías en la piscina solo o cuando te bañabas en el río Pisuerga durante el verano, y es que en poco tiempo vi esta película, y después llegó Tiburón, Orca la ballena asesina, Tentáculos……… y aunque todos eran bichos marinos, a mí el agua me parecía toda igual y te podía salir la fiera por cualquier lado.
“La mujer y el monstruo” título español de “La criatura de la laguna negra” es una película de Jack Arnold de 1955, eso que se ha venido a llamar un “artesano” del cine de serie B, esas películas de escasísimo presupuesto, normalmente de calidad justita y que se hacían tanto para conseguir un rendimiento económico rápido como para mantener trabajando a los integrantes de los estudios. Entre tantos cientos de películas pueden surgir obras maravillosas, como las rodadas por Ulhmer y su “Detour”, los westerns de Boetticher, las series de monstruos de la Universal, o ésta misma, la historia del pobre anfibio humanoide que ve perturbada su solitaria existencia en plena naturaleza por la ambición del científico de turno, unos más naturalistas que otros, pero todos en busca de fama y reconocimiento. A fe de ser veraz, el disfraz visto ahora es más risible que aterrorizador, incluso dentro del agua no vemos a un ser especialmente ágil nadando, eso sí, debe tener la piel como un elefante o como un rinoceronte, porque es arponeado varias veces y los arpones no consiguen penetrar en su cuerpo.
Como toda bestia enseguida se obsesiona con la bella, y es que, ¿qué sería de la naturaleza sin el sexo? Una Julie Adams todo glamour en plena jungla, con unos minishorts que permiten lucir pierna y palmito y que uno no sabe cómo pasaría la censura de la época, haciendo de novia de científico, pero también investigadora, pero que ha ido a la selva amazónica como quien se encuentra en Saint Tropez o en la costa amalfitana, con sus modelitos para estar ideal, con sus bañadores de exhibición que no me extraña que nuestro querido monstruo se obsesione con ella y quiera raptarla, como ya hizo King Kong en su momento. Una cosa he de decir, que creo que el director y el equipo desconocen lo que es la selva tropical, es imposible mantener un peinado tan glamouroso en condiciones de humedad del 90 %, ¡que estamos de expedición no de cóctel! Por favor.
Como tantas veces sospechamos que estamos ante la lucha desigual del buen salvaje, el último de su especia, frente al bárbaro civilizado, del héroe romántico que pretende hundir el barco en el que navegan nuestros expedicionarios, o impedir su huida mediante la colocación de un dique en la salida de la laguna con un par de troncos pillados por ahí, que será aturdido con una droga extraida de los árboles de la selva para dejarle medio grogui y que , ay animalico, se asusta del fuego.
Cuenta la leyenda que el productor de esta película se encontraba en una fiesta y oyó al excelso Gabriel Figueroa contar una anécdota maya o azteca, donde una tribu calmaba anualmente a un ser anfibio mediante el sacrificio de una virgen, y de esa historia surgió la idea de rodar esta otra, en 3D, tanto que ahora se habla de la revolución de este sistema que se inventó para marear al personal, de ahí que haya tanto arponazo en primer plano, y no debió de ser mal negocio cuando dio para rodar otras dos secuelas, en una de las cuáles se puede ver a un jovencito Clint Eastwood.
Qué quereis que os diga, no la vi con los mismos ojos que antaño, las referencias a las mujeres son machistas, la chica es el cebo sexual para todos, no sólo para el monstruo sino para los ocupantes del barco, la mayoría de los actores son limitados, pero me ha encantado tanto como cuando la ví por primera vez, no he vuelto a ser niño, pero he recordado esa época, cuando nos creíamos los mejores y cuando toda historia nos daba para imaginar otras veinte. Sobre todo y ante todo, recomiendo las escenas acuáticas, tan parecidas a las que recordaba de Tarzán y Jane que creo que en cualquier momento, en vez del querido monstruo va a surgir el famoso cocodrilo de cartón con el que Tarzán daba vueltas, eso si, en un agua transparente y de manantial. Pero me parece tan buena y encantadora película que por eso la comento y a quien se atreva a llevarme la contraria le parto las piernas (es un decir, claro, que la gente luego se lo cree)




miércoles, 6 de febrero de 2019

ASHES (Apichatpong Weerashetakul, 2012)


Cómo rodar un sueño, cómo adentrarse en la memoria y querer plasmar el recuerdo de algo que se diluye rápidamente y cuya comprensión es fragmentaria. Imágenes que llegan a nuestro cerebro que crean una historia donde los saltos de tiempo, personajes, situaciones, se muestran incomprensibles. ¿Puede llevarse esto al cine? Pues puede y Weerashetakul lo demuestra en una pequeña pieza "de encargo", un encargo que la fabricante de cámaras Lomo y la plataforma Mubi le piden al director tailandés, entregándole un nuevo modelo de aparato y dejándole, como era de esperar, libertad creativa absoluta. Veinte minutos separados en dos segmentos; el sueño, la explicación oral, y el mundo de los despiertos, le bastan al director para justificar el experimento, porque aunque de cine experimental hablamos, no hay tiempo para la incomodidad o malestar de la incomprensión; consciente de nuestra limitación para entender esos primeros 10 minutos, justo cuando empiezan a repetirse las imágenes iniciales, "tío Joe" nos cuenta su propósito y la dificultad de mantener los contornos de los edificios, los colores soñados, al trasladarlos a imágenes.

Por eso las imágenes saltan, van de la naturaleza, al interior de una casa; de un perro jugueteando a niños que observan, del ruido de la selva tropical al de la circulación urbana; de los puestos callejeros a carteles políticos en medio de la ciudad. La ciudad no es otra que Khon Kaen, el hogar de origen del director, los carteles son el vehículo por el que Weerashetakul introduce la reclamación política en su cine. Sutilmente la película es un alegato al mantenimiento, y uso, del art 112 de la "lèse-majesté" law, la que permite condenar por injurias al rey y afines, no sólo al vigente, sino a los anteriores monarcas del país, y que, desde 2014, ha conseguido el mayor índice de encarcelamientos de la historia desde su existencia desde 1908, pasando la competencia a tribunales militares y juicios marciales. Como todo en el cine de "Joe" es sutil, el componente político se introduce en el sueño con los mismos saltos de imagen, indefinición de perfiles, movimientos nerviosos de la cámara que el resto. Parecería algo más sin importancia, porque, efectivamente, se trata de reflejar la vida diaria de los tailandeses evocada desde el sueño, y ¿los sueños son controlables?.


Esas imágenes del sueño parecen el reflejo de nuestras primeras apreciaciones recién despiertos, la imposibilidad de enfocar, el malestar que produce la luz sobre nuestras pupilas contraídas de repente. Esa indefinición del desenfoque se une a la mezcla misma provocada por una mente bajo control del subconsciente, de ahí que las imágenes se superpongan, se desplacen en el espacio sin coherencia, permitiendo disfrutar de una sensación de estado de naturaleza pero también del inequívoco caos de la vida urbana. No hay, ni puede haberlo, en la selección de lo filmado un orden lógico, pero si hay un diseño claro del por qué se hace y qué es lo que se pretende, las imágenes son la base necesaria para que Weerashetakul nos cuente su idea y porqué los colores vivos van apagándose al tiempo que la memoria del sueño se diluye, o lo difícil que es precisar el contorno de un edificio, de un animal, de una persona que ha sido soñada y cuyo recuerdo se evapora en cuanto recuperamos el estado de vigilia.


Tras el sueño llega la vida, y Weerashetakul se ciñe a la base tradicional de su país, vestidos ceremoniales y fuegos artificiales que producen las cenizas del título. Una fiesta sobre la que la banda sonora incluye el paso de un helicóptero que remite al estado militar en el que se desenvuelve el día a día de Tailandia tras terminar de contarnos su sueño, ése en el que cambiaba el cine por la  pintura, sorprendido por lo buenos que eran sus dibujos de aquello que había soñado, cómo llamaba a su productor chino para decirle que ya no haría más películas y cómo Lu Chen se alegraba de la decisión tantas veces esperada. Al final quedan las cenizas, los restos de algo que pasó y nuestra memoria no pudo retener, retazos de un perro saltando o de una planta creciendo bajo la luz del sol. Esperemos que Weerashetakul no cumpla su sueño de 2012 y continue haciendo cine.


 FRAGMENTO DE ASHES

lunes, 4 de febrero de 2019

BEAST (Michael Pearce, 2017)



Ser diferente como marca de identidad a mantener, comportarse fuera de convenciones a sabiendas de estar en boca de todo el vecindario, sentirse marcado por un estigma de juventud que te va acompañar de por vida mientras permanezcas en la comunidad donde has vivido siempre es lo que le sucede a Moll, convincente personaje e interpretación de Jessie Buckley, y también, aunque menos logradamente, al esquemático personaje de Pascal (Johnny Flynn), más por demérito de la construcción del guión que por demérito del actor. Cuando éste libra de una agresión sexual a Moll, apareciendo de la nada y armado, no dudando en disparar, ese lado salvaje que acompaña a ambos personajes rápidamente les une, primero por la mirada, y después en el deseo. Siendo Pascal un personaje liberado de toda atadura, viviendo solo y sin relacionarse, y Moll un personaje reprimido, con sueños recurrentes de violencia, a veces ocasionada por personas no identificadas que terminan siendo ella misma, Pascal sirve de catalizador a Moll para liberarse y actuar con la libertad que su madurez le insta. La aparición de Pascal es, para Moll, el descubrimiento de un igual, la constancia de que lo qu los demás consideran excentricidades puede ser algo compartido, y al tiempo sirve de justificación para soportar el murmullo, el desprecio materno, la ignorancia familiar, la humillación pública ante cualquier error o incumplimiento hasta que se consiga abandonar ese lugar incómodo y que juzga constantemente.
Hay finas líneas que conectan, de manera no poco sorprendente, "Beast" con "Border", la película sueca de Ali Abassi, rodada meses después. Donde "Border" se sumerge en lo fantástico para justificar la relación amorosa entre dos seres al margen de convenciones, "Beast" se mantiene pegada a la realidad de un entorno cerrado, como es la isla de Jersey, pero en el que, como en la película sueca, la naturaleza está muy presente, jugando el papel de espacio libre en el que dar rienda suelta a los instintos primarios. Si el núcleo de la relación y el conocimiento de ambas parejas se mantiene en paralelo, superando para mi gusto la propuesta británica a la sueca, en su conclusión ambas películas se ahogan al acercarse a la orilla (no es ocioso el comentario porque en las dos películas hay escena de baño "salvaje", libre, da lo mismo que sea río o mar). Si "Border" desluce su propuesta introduciendo el fantástico en una película que transcurría soberbiamente en una relación entre seres marginales y marginados, "Beast" sufre un efecto parecido en su conclusión, forzada e innecesaria, para que uno de los personajes principales haga justicia allí donde ésta no puede llegar, y al mismo tiempo, muestre al espectador su alma vengativa y violenta, jugando al contrasentido de acabar con aquello que se acaba de salvar.


Dedica Pearce mucho más tiempo y atención a dibujar el personaje de Moll que al resto, y eso la película lo termina sufriendo en forma de descompensación; mientras un personaje crece y se hace mucho más atractivo conforme su pasado y su personalidad se desenvuelve ante nosotros, el resto se va transformando en caricaturas de madre dominante, hermano odioso a medio camino entre el acosador y el voyeur, y amante enigmático con arranques violentos y salvajes. Nadie acompaña a Moll en el enriquecimiento frente al espectador, y de ese modo, todo lo que rodea al personaje femenino se diluye en lugares comunes previsibles, incluidos los investigadores de Scotland Yard. Pearce, como Ali Abassi, juega con los géneros, y mezcla el relato de raíz psicológica, para averiguar el pasado de Moll mientras ésta parece encontrarse en situación de vigilancia permanente, con el relato negro de las desapariciones y asesinatos de jóvenes en la isla y el relato de enamoramiento pasional y progresivo aumento de la sospecha sobre Pascal como autor de esos crímenes, algo que funciona bien durante 2/3 partes del relato, pero que chirría cuando toca mantener el alto grado de credibilidad en el tramo final, primando el desenlace de película de suspense sobre el drama psicológico afectivo previo.









Los "beastie boys" terminan adueñándose de la narración en un camino sin propósito y que dejará a uno de ellos en la intemperie, tanto emocional como afectiva, porque el director y guionista se desentiende de su futuro una vez consumado el desenlace, todo aquello que se nos hace interesante por el esfuerzo en hacer de Moll un verdadero personaje, puede eliminarse en un par de escenas por incapacidad narrativa para mantener el mismo tono previo. Hay un intento estético en acercarnos a la pareja, pero también hay una elusión impotente de concluir con algo que se parezca a lo verosímil. Puede entenderse la atracción, puede entenderse la inseguridad de la joven (las escenas ante el espejo son clara muestra de ello), pero apenas puede comprenderse un desenlace que se resuelve de manera muy fácil, y nada sutil, frente a lo que previamente ha ido fluyendo con cierto ritmo metódico, ayudado por una convincente fotografía alejada de cualquier calidez veraniega, donde priman los tonos apagados del Atlántico en medio de un relato que fluctúa entre el drama personal y el thriller psicológico sin conseguir encontrar su justo punto de equilibrio.




BEAST. Duración: 107 minutos. Reino Unido. 2017. Dirección y guión: Michael Pearce. Fotografía: Benjamin Kracun. Música: Jim Williams. Intérpretes: Johnny Flynn, Jessie Buckley, Geraldine James, Trystan Gravelle, Charley Palmer Rothwell, Emily Taaffe.