sábado, 3 de diciembre de 2016

ALOYS (Tobías Nölle, 2016)




ALOYS (Tobias Nölle, 2016)

Si te dieras cuenta de que tu vida se ha transformado en algo parecido a encontrarte en una cabina de teléfono empañada, que lo ocurre fuera de ese espacio reducido te atormenta y te resulta indiferente por partes iguales, podrías reaccionar para cambiar algo o, por el contario deslizarte poco a poco hacia el vacío de la enfermedad mental. A Aloys la muerte de su padre le ha terminado de desequilibrar, único refugio reconocible y único contacto con una realidad cómoda y rutinaria, su trabajo como investigador privado ha ido convirtiendo su vida en un continuo ocultamiento. Lo que es necesario para hacer bien el trabajo termina convirtiéndose en una costumbre diaria para el resto de su comportamiento, mientras que el trabajo de grabar imágenes, conversaciones de sus objetivos, traspasa la actividad profesional para convertirse en una manera de vivir diferente recogiendo fragmentos de vidas ajenas, espiando, en definitiva, lo que no debería interesarle. La ausencia paterna, que no se quiere aceptar, continúa llenando los espacios vacíos de su existencia. La agencia continúa llamándose Adorn e hijo pese a que el viejo detective hace tiempo que está imposibilitado, en el domicilio la cama articulada, los aparatos de respiración, los efectos personales del padre, permanecen en un primer plano para no olvidar ese contacto, el único contacto humano de Aloys, su conexión con el mundo real que ahora le gusta aún menos.


Hay un instinto animal que emparenta esta película con “Wild” de Nicolette Krebitz, y una experiencia sensorial basada en la palabra y los sonidos que traza lazos de unión entre esta ópera prima del director suizo y el cine de Peter Strickland, y todo da un giro sustancial cuando, una vez dibujado el perfil psicológico de este huidizo personaje, temeroso del contacto humano, recluído entre paredes con más o menos espacio interior a salvo, y al que no se deja penetrar a nadie, tras una noche de borrachera y de vagar en un autobús urbano, su videocámara, y las últimas 9 cintas de grabación, desaparecen. A Aloys no le basta con encerrarse, sino que ha de evitar ser visto, cabinas empañadas, coches tapados con lonas, habitaciones con cortinas, pero al tiempo necesita saber qué ocurre fuera, y por eso graba con su cámara el descansillo de su vivienda de manera permanente. Comienza el juego perverso e insano de la hurtadora del material con el detective, mediante conversaciones telefónicas, la interlocutora pone a juego la resistencia mental de Aloys, su capacidad para participar del juego o limitarse a abandonar la propuesta. En una fase inicial la mente racional de Aloys intenta descubrir la identidad de la mujer, lo que le coloca al borde del abismo emocional y le enfrenta con sus propios miedos, al verse obligado a participar, sin la protección del anonimato, en la búsqueda dentro de situaciones o lugares donde crece su incomodidad, su aparente ostracismo que le produce rechazo hacia los demás se reproduce en las conversaciones donde el juego del “frío, caliente” desespera a Aloys. “Ella no soy yo” dirá la persona desconocida para evidenciar el error del detective. El andamiaje de persecución se derriba cuando la mujer desiste del juego y se disculpa, pero la mente de Aloys ya se ha sentido atraída por ese juego que ha intentado la mujer, “la primera vez es dolorosa, pero inolvidable”, mientras el cuerpo de Aloys permanece entre las paredes protectoras de su casa, su mente, siguiendo las palabras que oye por teléfono, le transporta a un bosque, a sentir la presencia femenina que no puede identificar, a oler el musgo que recubre la corteza de los árboles, a quedar enredado con el cable del teléfono alrededor de un tronco que no existe, pero se siente. El mundo de sensaciones se modifica, y las percepciones de Aloys empiezan a confundirse.


Cuánto mejor sería tener la mente de un animal y olvidar rápidamente aquello que el instinto nos recuerda una y otra vez. En uno de los mejores momentos de la película, cuando Aloys acude al zoológico donde trabajaba Vera antes del suceso que, definitivamente, les pone en contacto, aunque solo sea mediante la palabra, sigue las explicaciones de la cuidadora de animales, enfrentándose con la soledad de una tortuga que lleva 25 años encerrada sin compañía en su espacio enjaulado, o ese pájaro picozapato que mira amenazante en su soledad, pero que emparenta su mirada con la del propio protagonista, o el león marino que cree nadar en medio del océano hasta que, una vez tras otra, su cabeza impacta contra el cristal donde el visitante mira sus movimientos, esa mirada de Farah, el mamífero marino, durante un instante refleja tristeza y frustración, su nado se ha interrumpido, ha desaparecido su mínima sensación de libertad, pero afortunadamente para él, esa sensación es momentánea, lo que dura el siguiente nado y el siguiente encuentro con el cristal, mientras para Aloys y Vera, la soledad es permanente y destructiva, por eso la ocasión de conocerse pasa por el reconocimiento de sus propias deficiencias, mediante el “phone walking”, Aloys y Vera comienzan a compartir experiencias que sólo ellos son capaces de ver y sentir, pero que hacen mella en su persona, a diferencia del animal que sufre, pero olvida.


La mezcla de sensaciones afecta de tal manera a Aloys que va a llegar un momento en el que no sea capaz de distinguir realidad e imaginación, más racional, pese a haber iniciado el juego, Vera, Aloys se introduce en la experiencia como una manera de recuperar una vida y olvidar el aislamiento al que se ha sometido en ese reino de la invisibilidad del detective, donde la sombra, el reflejo, son el enemigo del profesional, enemigos que se han hecho evidentes para Aloys como sinónimo de fín de etapa cuando es sorprendido, precisamente, por la imagen del reflejo no valorado. El mundo de lo imaginario a través de la palabra (excepcional la fiesta sorpresa en el piso de Aloys que sólo él puede ver y sentir, junto con Vera, internada en un hospital pero presente y sintiendo, a la vez, lo mismo que Aloys). La sucesión de experiencias cada vez más físicas, más sentidas, más reales, pese a que ambos personajes sólo pueden conectarse por la voz y sin estar uno junto al otro, desemboca en el momento culminante de decidir si resguardarnos en el mundo en rojo, color que visten ambos personajes en esos encuentros intensos pero imaginarios, o lanzarnos a vivir por una vez aunque sea simulando lo que no deja de ser una realidad, que la enfermedad mental ronda a ambos por igual, Vera sabe que esa relación iniciada por ella a través de sugestionar la mente de Aloys no es lo que necesita, pero ¿sabrá Aloys encontrar la salida o será el perfecto colofón para no volverse a relacionar con nadie más mientras mantenga consigo la imagen perceptible de quien no está?.


Título original: Aloys. Duración: 91 min. País: Suiza. Director: Tobias Nölle. Guión: Tobias Nölle. Fotografía: Simon Guy Fässler. Reparto principal: Georg Friedrich, Tilde von Overbeck. Producción: Georg Friedrich, Tilde von Overbeck, Kamil Krejcí, Yufei Li, Koi Lee, Sebastian Krähenbühl, Karl Friedrich, Peter Zumstein, Agnes Lampkin, Rahel Hubacher.

viernes, 2 de diciembre de 2016

ZOMBIES




ZOMBIES.

Cualquiera que se de un “paseo” virtual por una página de descargas observará la profusión de tres modelos de cine de terror, el género de la casa encantada, el fenómeno vampírico y el creciente universo del zombi. Si estos zombies deben extenderse a los que insinuaba Jim Jarmusch en “Only lovers left alive”, o limitarse al mundo del ser de ciencia ficción, lo dejaremos al gusto del lector ante la más que evidente pasividad de la ciudadanía respecto a los agentes patógenos que nos están comiendo el poco cerebro que nos queda día tras día, pero si por algo se empiezan a caracterizar los zombies de última generación, además de mantener el gusto innato por morder a gente sana y transmitir el virus, es a la aparición de ejemplares cuyo nivel de inteligencia supera al de la media prototípica de coeficiente intelectual cero y a adquirir una velocidad en sus movimientos que nos deja bastante indefensos ante sus ataques.


Dos propuestas asiáticas merecen mi atención, una de animación y otra con actores de carne y hueso. Para mi gusto gana por goleada la película coreana de animación “SEOUL STATION”, no en vano su director, Yeon Song ho, ya ha dado muestras de brío y sentido del ritmo en su anterior película animada, “The fake”, y en la próxima a estrenar, “Train to Busan”, especie de reconstrucción con actores de la película animada de zombies. Si “Train to Busan” sitúa el núcleo de su acción en el interior de un tren por el que se va propagando la infección que ya ha destrozado el exterior, en un viaje con escasas perspectivas de éxito, “Seoul Station” coloca el origen de la enfermedad en los aledaños de la estación ferroviaria de Seúl. Desconocemos de dónde viene y porqué se extiende esa infección mortal que resucita a los muertos en violentos seres ansiosos de comer carne humana, es la incógnita que ninguno de los que huyen tiene tiempo de pararse a pensar. Con la amenaza constante del peligro continuo, la huida permanente para no convertirse en pieza de caza, los protagonistas, a los que seguimos por las desiertas calles de Seúl intentando reencontrarse, tienen bastante como para hacerse preguntas trascendentes. Compartimos con Yun-ja y Ajus-si una larga noche de búsqueda y desencuentros, un “Jó que noche” scorsesiano donde no es el trabajo lo que puedes perder a la mañana siguiente de la resaca, sino tu propia vida ante el más mínimo descuido. El evidente ambiente pesimista que sobrevuela la película, desde que casi al principio uno de los personajes exclame un “todo está perdido”, culmina con un final sorprendente y excelente que une muchos de los males que el cine coreano refleja de su sociedad. Song señala la crisis como origen de la infección mortal, algo que empieza atacando a los sin techo, a los restos del sistema capitalista, pero que desmonta todo el entramado social que se creía sólido. ¿Mensaje o casualidad? ¿Está invitando Song a los que vivimos como muertos a lanzarnos contra los muy “vivos”? Muy interesante propuesta cinéfila desde el mundo de la animación.




I AM A HERO de Shinsuke Sato es mucho más convencional, de hecho se nota demasiado su origen manga del dibujante Kengo Hanagawa, del que no consigue desprenderse en momentos de evidente exageración argumental. Hideo es un joven sin perspectivas, al que la vida le viene demasiado grande, que defrauda sus propias expectativas por falta de ambición, pero también las de su pareja, que no sabe cómo imponerse perdiendo por el camino su prometedor inicio como dibujante de manga. Como le dice su pareja antes de la ruptura, “eres tan normal”. En ese ambiente de pérdida, por la ciudad de Tokyo empieza a extenderse la consabida plaga que transforma a los hombres en muertos vivientes, una plaga que empieza gota a gota hasta que, en una de las mejores escenas de la película, las calles de Tokyo se transforman en una jungla donde la vida depende de la suerte. A Hideo le va a sobrar tanta suerte como le falta valor, aunque ya se sabe que el cementerio está lleno de héroes, y una dosis razonable de cobardía no viene mal para ir sobreviviendo. En las apuradas situaciones en las que su vida como hombre se ve más que comprometida, va a conseguir que otros salven su existencia, o que la pierdan, para que él la preserve, hasta el momento definitivo en que demuestre su habilidad para el tiro deportivo y se convierta en el héroe que el título anuncia. Se ve sin problemas y se olvida sin mayores pretensiones, un divertimento con final abierto como marca la tradición para seguir en un futuro si las recaudaciones han sido suficientemente sabrosas. Hideo, Hiromi y Yabu seguirán su camino hacia el Monte Fuji como símbolo de pureza y de eliminación del virus, aunque ese virus les acompaña en un ser mitad humano mitad zombie, una de las novedades de la historia, ya vista de otras maneras, la de incorporar un “zombi bueno” al grupo de fugitivos.

 

jueves, 1 de diciembre de 2016

FESTIVAL MÁRGENES 2016





 FESTIVAL MÁRGENES. SEXTA EDICIÓN


A partir de hoy, 1 de diciembre, en sus sedes físicas, y del 11 al 31 de diciembre on line, vuelve una de esas citas anuales que van asentándose y procurando una ventana de exhibición a otro tipo de cines, cines en la cuerda floja, actos de creación libérrimos destinados a un sector muy concreto del público, y de la crítica, con aspiraciones de ir extendiendo redes para ganar adeptos. Siete sedes físicas donde disfrutar de las películas en pantalla grande, Madrid, Barcelona, Córdoba, Zaragoza, México DF, Santiago de Chile y Montevideo, y la impagable experiencia de acceder a estas películas en abierto durante 20 días on line. Cine español, latinoamericano y portugués son las referencias de este festival que ha ido mostrando maravillas en ediciones anteriores como  Transeúntes de Luis Aller, Microbús de Alejandro Small, Alexfilm de Pablo Chavarría, El gran vuelo de Carolina Astudillo, Las altas presiones de Angel Santos, Los ausentes de Nicolás Pereda, Falsos horizontes de Carlos Serrano, P3ND3J05 de Raúl Perrone, Vida extra de Ramiro Ledo……proyecciones especiales de películas como Berserker, La herida, Se villana, Sueñan los androides, Pas á Géneve, O futebol, ciclos dedicados a Campusano, Joaquím Pinto…….una propuesta diferente y, como ellos se denominan, “al margen”, al margen de industrias, distribuidoras y gustos fáciles y adocenados. Una de las pocas posibilidades de acceder a un cine muy diferente hecho, muy especialmente, en España y Latinoamérica.



Sedes físicas de resonancias cinéfilas inexcusables en España como La casa encendida o los cines Zumzeig, más nuevos espacios que van ampliando la difusión de un festival que, con los nombres de Oliver Laxe, Joao Cesar Monteiro, Lluis Escartín y José Luis Torres Leiva, cuyo cine va a poder verse, fuera de la sección  oficial a concurso, enarbola la bandera del tipo de propuesta que quiere ofrecer a un público creciente, pero marginal, y a veces marginado, que deseamos descubrir nuevos lenguajes cinematográficos, nuevas lecturas del documental, ficciones alejadas del relato narrativo clásico. Para empezar, la inauguración en La casa encendida, con “Mimosas”, la última película de Oliver Laxe, premiada en Cannes este mismo año, ha colgado ya el cartel de “completo”, algo que sería igualmente deseable para el resto de proyecciones, con ciclos tan atractivos como el que va a acercar al público español la obra de otro gran director chileno, apenas conocido y ausente del circuito “profesionalizado” de festivales históricos, como es José Luis Torres Leiva, o el dedicado a un francotirador como Lluis Escartín, o qué decir de las seis películas que componen el ciclo dedicado a Joao César Monteiro, con sus sublimes “Vai e vem” o “O fantasma”; cine de mucha altura que va a sorprender al espectador que se aventure por primera vez a dejarse seducir por este tipo de concepción visual alejada del panorama de la distribución comercial al uso.



Y potentes son la mayoría de las propuestas que conforman la sección oficial, 13 películas muy diversas, de diferente duración, temática, formatos. Una sección a concurso donde se cuenta con la última obra de Nicolás Pereda, “Historia de dos que soñaron”, el último capítulo que Kikol Grau dedica al rock vasco con “Inadaptados”, la memoria perdida de un Pasajes de San Pedro y Pasajes de San Juan enigmáticos y mutantes a bordo de un barco que nos acerca a lo que fueron en la película “Pasaia Birtean” de Irati Gorostidi, el experimento visual alrededor de la videocreación musical en Argentina con “Generación artificial” de Federico Pintos, los brutales documentales “Yo me lo creo” del colectivo Terrorismo de autor, una de mis favoritas, con un personaje sublime que dice las verdades del loco cuerdo, y “Parábola del retorno” de Juan Soto, sobre los desaparecidos y su memoria brutalmente interrumpida; el recuerdo de un viaje al interior de una civilización en varios momentos con “Placa madre” de Bruno Varela, el excepcional trabajo de Pablo Chavarría en su película “Las letras”, que también debería remover del asiento a más de uno, o el reflejo de lo que algún burócrata desalmado llamó “movilidad exterior” en las generaciones jóvenes de este país, con “No cow on the ice”, de Eloy Domínguez Serén, que durante su exilio exterior en Suecia, rodó el paso del tiempo de si mismo, joven y sobradamente preparado, obligado a emigrar para poder vivir, aceptando los trabajos que los suecos ya rechazan, película española multipremiada a lo largo del año, que formaría un estupendo programa doble con “Panke”, otra historia de emigraciones a la rica Europa, en esta ocasión desde Burkina Fasso y sus consecuencias. En definitiva, 13 propuestas, alguna menos interesante, pero con un compromiso de ruptura y riesgo que no estamos acostumbrados a ver, cine que exige participación del espectador pero con las que se obtiene la compensación del producto complejo de acertada exposición. Sobre todo, que en los tiempos de “¿cultura para qué?”, de denigración de todo lo que tiene que ver con la cultura y más aún con el cine, resulta esperanzador que un grupo de gente joven como Diego Rodríguez, Gonzalo de Pedro, Pablo Caballero, Eva Calleja y algunos más, arriesguen su tiempo, y seguro que su dinero, en tareas tan alocadas y suicidas como reivindicar justo el tipo de cine que nos interesa a muy pocos, siempre con la esperanza de que cada año seamos unos cuantos más. No lo olviden, desde el 11 de diciembre, gratis en sus ordenadores o en sus smartstv, y desde el 1 de diciembre en salas de Madrid si se quieren acercar. No deberían perderse la ocasión de engrosar ese pequeño número de seguidores que año tras año seguimos fieles a esta iniciativa, sobre todo porque este tipo de cine es, justo, el que no van a ver en la Seminci ni en las salas de Valladolid.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

TURN LEFT TURN RIGTH (Douglas Seok, 2016)

TURN LEFT, TURN RIGHT (Douglas Seok, 2016)
Cuerpos que se mueven en lugares donde no deberían estar, alegrías sobreentendidas en ambientes donde sólo queda soñar para mantener la felicidad. Ya sea entre las ruinas de Angkor o en los rincones escondidos de un bar de copas en Phonm Penh, Kanitha cierra los ojos y baila, baila las músicas que oye o las que imagina, se deja seducir por los movimientos de una bailarina icono de la Camboya pre-jemeres rojos viendo una y otra vez los vídeos grabados en televisión o comprados pirateados en los mercados de la ciudad, incluso se imagina bailando con la diva. A Kanitha sólo le queda soñar para retrasar un futuro escrito en el mismo momento de nacer, la libertad que demuestra la joven no puede romper con las mecánicas ancestrales de una civilización que ordena a la madre buscar un marido para la hija. En ese ambiente femenino la presencia masculina apenas tiene importancia visual, pero va a tener, y mucha, importancia para engarzar las piezas de su comportamiento, intentando una libertad personal que todas las puertas va cerrando poco a poco. 

Concebida como un antiguo LP, de vinilo muy usado y con el sonido repleto de impurezas, Seok concibe su artefacto fílmico mediante la incorporación progresiva de datos que, inicialmente abstractos, ilógicos y hasta absurdos, terminan por rellenar todos los huecos  que han podido crearse en la mente del espectador, para concluir en uno de los finales más lacerantes y sorprendentes del último año, un canto a la vida y a la innecesariedad de alargar el final más allá de lo humanamente soportable. Como película musical que se ha concebido, cuanto mayor es el recuerdo musical de Kanitha, mayor es la desconexión de ésta con el verdadero mundo que le ha tocado vivir. 12 cortes como 12 canciones que basculan entre lo soñado, lo imaginado y lo necesariamente vivido. Jornadas agotadoras de trabajo, alternando uno de día y otro de noche, para poder pagar el tratamiento de la enfermedad del padre, jornadas en las que no cabe sino evadirse de la mejor manera posible, dormirse en las camas del hotel donde se trabaja de recepcionista o bailar escondida mientras los clientes llaman a una camarera que les atienda, buscar una salida aunque sea imaginaria a tanta pobreza, a tanta necedad, a tanto desamparo, vivir en tu irrealidad mientras los demás se empeñan en recordártela .

Cuidadosamente filmada, progresivamente más simbólica cuanto más aprehensible se hace la información que, inicialmente, parece no existir, el camino de Kanitha está destinado a rememorar los buenos tiempos, los bailes compartidos, las risas, el mar, la complicidad con un padre que, ahora, es poco más que un ser que desaparece. Resistirse a lo inevitable mediante el recuerdo constante de todo aquello que nos mantenía unidos, disfrutar de ese pasado que no puede volver pero que nos ha formado, mientras diseñamos el futuro más deseable para esa persona que no queremos perder de ninguna de las maneras. Un largo viaje en un vehículo imposible (al estilo de «Una historia verdadera» de Lynch) juntando enfermedades, moribundos, agua y sueños por el camino (como si Weerashetakul y Tsai Ming Liang auspiciaran el proyecto), con un destino determinado permitido tras la ceremonia de despedida. Viajar desde la capital, lugar de contrastes entre el lujo de los poderosos y la economía de supervivencia de la mayoría, hasta la Diamond Island donde finaliza el viaje y Kanitha libera sus fantasmas para convertirlos en recuerdos. La constante presencia del agua como recuerdo de nuestro origen, un líquido amniótico que tanto sirve para nacer como para regresar al origen, regenerarse y volver a comenzar; imágenes desdobladas, triplicadas, dimensiones de uno mismo que buscan el momento para completarse y hacerse una sola; Kanitha, el padre y el agua frente al cielo, la pobreza y el calor, lo agradable frente a lo insufrible. Soñar para no vivir.

TURN LEFT, TURN RIGHT. 2016. Camboya-EEUU-Corea del Sur. Director. Douglas Seok. Intérpretes: Kanitha Tith, Thavy Pov, Vanthoeun Bo, Saveth Dy. Guión: Douglas Seok. Cinematografía: Steve Chen. Sonido: Min Eun Seo, Jean-Baptiste Haehl. Montaje:Douglas Seok. 68 minutos. Festival de Turín.

martes, 29 de noviembre de 2016

LE CONFESSIONI (Roberto Andó, 2015)

LE CONFESSIONI (Roberto Andó, 2015)
Vacío llego y vacío me voy, vacío de pertenencias, que no de sabiduría. Roberto Salus, un monje cisterciense, avanza parsimoniosamente por los pasillos de un aeropuerto clónico a tantos otros. Su presencia es extraña, atípica, impropia de un escenario en el que las prisas y el nerviosismo se apodera de los usuarios, más atípica cuanto que la primera imagen del monje surge justo después de ver pasar a un grupo de mujeres musulmanas ataviadas con pañuelos y velos. La religión que impone vestimentas identificativas, como cualquier grupo excluyente o exclusivo, ya sean los hábitos, o los trajes de Armani en las altas esferas financieras, se crea, así, una forma de identificar e identificarse. Roberto Salus ha acudido a la llamada del director del FMI para que se una a una reunión de los ministros de economía del G8 en un hotel de lujo a orillas del Mar del Norte en Alemania. Su mirada que todo lo escruta, pausada y serena, espera con atención y expectación el momento en que se revele el por qué de la invitación. Si alguien representa la antítesis del mundo que se ha reunido en ese espacio reservado, es el propio monje, como la escritora de cuentos infantiles y como el músico extrovertido que funcionan como los invitados de paja de una reunión en la que el mundo puede dejar de conocerse como hasta ahora, para dar lugar a la siguiente fase de «austeridad» provocando una verdadera masacre humanitaria desconocida.

La película se construye sobre un enorme «macguffin» del que incluso el director se burla al referirse, en boca de uno de los personajes, a la película de Hitchcock, «Yo confieso». Andó juega a hacernos sentir apego y tensión por el personaje del monje, presunto testigo involuntario de algo que no debería conocer nadie más que el selecto grupo de hijos de puta dispuestos a retorcernos aún más, a explorar al límite los resortes con los que exprimirnos, eliminar definitivamente el estado de bienestar y proceder a una selección natural de índole económica. La fórmula se ha guardado en secreto y va a revelarse la siguiente semana, cuando se venda la imposibilidad de mantener el nivel de las economías mundiales y proceda un aluvión de recortes en gastos que las élites siempre consideran superfluos, la discrección es necesaria para evitar el pánico financiero, el humano resulta indiferente. Salus es invitado por Daniel Roché, en su primera noche previa al inicio de las reuniones, Roché (Daniel Auteil) y Salus (Toni Servillo), para mantener una conversación pedida por el primero, una conversación sobre lo divino y lo humano, en la que Auteil revela algún acontecimiento personal que le ha hecho reconsiderar algunos aspectos de su vida y quiere confesarse con el monje, al que respeta por sus obras literarias, y secretamente, por su antigua condición de matemático. Ha de ser una confesión con perdón incluido, pero una confesión real, con sensación de culpa y de verdadero arrepentimiento, en la que entra la obligación de revelar al monje lo que se ha previsto para el futuro de la humanidad.



Al aparecer Roché suicidado de manera teatral a la mañana siguiente, y ser el monje la última persona con vida que estuvo con él, el grupo de poderosos teme que su plan se desvele antes de tiempo y sea imposible aplicarlo sospechando que Roché ha contado todo a Salus. Es éste el macguffin que sostiene todo el entramado narrativo, muy esquemático, muy simple y muy previsible, cierto. No alcanza «La confesión» la misma altura lúdica que «Viva la libertá», intenta ser el reverso serio de aquella vitriólica comedia donde un doble de un político atenazado por el miedo revierte las encuestas limitándose a decir la verdad. Si en la farsa de «Viva la libertá» Ándo cargaba contra la burocratización política y embestía contra una izquierda miope que ha vendido sus valores a las fluctuaciones liberales de los mercados, en «Le confessioni» pretende hacer lo mismo desde la ironía de un monje que desnuda, si es que fuera necesario, las necedades, egoísmos, vanidades e inmoralidades del mundo de la economía, ministros económicos dispuestos a vender mentiras para beneficiar a los que, de verdad, mandan e imponen condiciones. ¿Quién es ésta? dirá Salus cuando accede a sentarse en la mesa redonda de los políticos, y ante su digna respuesta, en una enorme pantalla que preside la reunión y hasta entonces ha estado apagada, aparece el rostro enfurecido de una mujer que, sin legitimación democrática alguna, manda sobre los políticos reunidos. Nuestra vida regida por poderes no elegidos mientras se nos intenta convencer de las bondades de la democracia que nos mantiene en el paripé permanente de hacernos creer importantes para la gobernanza de nuestros países. Andó, al menos durante la presentación de la trama, y posteriormente en varios de los pasajes, parece seguir el cánon estético de Sorrentino, como si sobrando alguna semana de alquiler hubiera continuado el rodaje en el set de «Giovinezza», espacios de lujo y asépticos, camareros de smoking, clientes adinerados llenos de dinero y también ricos en podedumbres, piscinas exclusivas, espacios reservados, un mundo muy diferente al del común de los mortales y extrañamente impropio para Salus.


No son los diálogos lo fuerte de la película, ni su reparto excepcional en el que, ante tamaña reunión de rostros conocidos, sólo ha habido tiempo para dibujar perfectamente a un personaje, o a dos, si incluimos a la escritora interpretada por Connie Nielsen, una especie de correo entre lo espiritual y lo material, que abre los ojos ante la figura del religioso y decide tomar partido. Hay un personaje que preside toda la película y que justifica su visión, aunque más que un personaje hay un soberano actor, un tipo frente al que hay que inclinar la cabeza en cuanto uno lo ve en pantalla. Sólo admirar el trabajo de Toni Servillo hace que la película  cobre sentido. Incluso si el guión hubiera sido manifiestamente malo con el personaje de Salus, Servillo lo dotaría de tal profundidad que, aunque sólo fuera por eso, todo quedaría justificado. Servillo ES el monje, como puede ser Andreotti, o un contable, o un político deprimido y otro exytrovertido al mismo tiempo, Servillo se transforma completamente hasta asumir todo lo que define la personalidad de sus personajes haciéndonos olvidar que no se trata más que eso, de un personaje, todo lo que vemos nos representa a un hombre lleno de tribulaciones y algunas verdades, una persona obligada a vivir en silencio por decisión propia que, durante unos días, se ve obligado a hablar más de lo que le gusta, pero que siempre tiene el momento justo para disfrutar con el canto de los pájaros, incluso de aquellos que solo se manifiestan una vez al año, como los monjes de su monasterio. Salus es seguridad en latín, representa el compromiso inquebrantable con unas normas morales unidas a la religión pero no necesariamente patrimonio de ésta, la seguridad que ofrece Salus es la de que nunca se podrá esperar de él que rompa sus reglas inquebrantables, y ello en la seguridad de que nunca va a tener nada que perder. Es «Le confessioni» el ejemplo claro de cómo una parte puede imponerse al todo porque el todo es manifiestamente inferior, y que no por ello, la presencia de esa parte desequilibra el resultado, porque la manera en que Servillo se apodera de la pantalla, fagocita a sus interlocutores, modela todo aquello que se relaciona con él y asume con naturalidad revelaciones impactantes, para derrumbarse en la intimidad, constituye todo un catálogo de actuación portentosa; Servilio es Salus porque es la seguridad del buen trabajo para cualquier película, un auténtico salvoconducto.


TRAILER