viernes, 22 de septiembre de 2017

EL FUTURO DEL CINE ESPAÑOL (IX) LAURA FERRÉS

 EL FUTURO DEL CINE ESPAÑOL.- LAURA FERRÉS 

ENTREVISTA A LAURA FERRÉS EN ÚLTIMO CERO (pinchar aquí)


En el panorama de 2017 en  el cine español hay varios nombres que voy archivando en mi memoria a la espera de su consolidación con sus obras posteriores, cineastas como Enrique Baró, Arantxa Aguirre, David Arratibel, David Muñoz, Luis Macías.......pero hay dos que especialmente quiero resaltar, el de Carla Simón por su deslumbrante primer largometraje y el de Laura Ferrés, que con su segundo corto, "Los desheredados", ganó en mayo la Palma de Oro en Cannes dentro de la Semana de la Crítica. Hay mucho cine en esta historia muy autobiográfica a través del padre de la propia directora, una sensibilidad especial para captar la luz y las emociones a través de la misma y los espacios. Aquí Laura cuenta su perspectiva de su trabajo y del entorno hostil que acompaña a la cultura en España.



 


jueves, 21 de septiembre de 2017

EXTRAÑO PERO VERDADERO (Michel Lipkes, 2017)

EXTRAÑO PERO VERDADERO (Michel Lipkes, 2017)

Una imagen alejada del centro de la acción nos sitúa en una nave industrial semivacía, un coche cuyas luces nos deslumbran entra en la nave, y de él descienden tres personas armadas. Lentamente, mientras los hombres avanzan hacia el centro del espacio, la cámara, inicialmente elevada va descendiendo hasta situarse a la altura de un hombre torturado, atado, asistimos al ritual de una ejecución, sobran los motivos y sobran las explicaciones. Es México, y tras los disparos, los tres hombres siguen su camino inverso hacia el vehículo, mientras la cámara va alzándose hasta un fundido que termina la escena para reanudarse a bordo de un camión de la basura bautizado con el nombre de “Regalo de Dios”. El plano fijo inicial de estos basureros, que se irá repitiendo a lo largo de la historia, recogiendo y seleccionando basura en un D.F. hostil, nada acogedor, peligroso, inhóspito, resulta un espejismo, porque estamos ante el preámbulo de un viaje hacia la noche oscura, un deambular sin rumbo donde el peligro, sin llegar a hacerse presente de manera continua, se nota siempre presente. El microcosmos humano de esa cuadrilla de basureros viene condicionado por la escena inicial que funciona como un recuerdo martilleante a la espera de la inevitable conexión entre la ejecución y los protagonistas. Mientras tanto, la atmósfera va condensándose con la ayuda de un excelente trabajo fotográfico en blanco y negro de Gerardo Barroso, que ayuda a crear esa atmósfera entre suburbial e irreal, que, como señala el título, aun pareciendo extraña, no deja de ser verdadera.

La historia de los basureros se conforma, de la mano de los guionistas Rubén Imaz, Gabriel Reyes y el propio Lipkes, en dos historias de parejas, la formada por los jóvenes y la de los maduros hombres unidos por algún hecho del pasado y que les conecta, de manera inconsciente para este espectador, con el trío de sicarios del principio. Inocencia y salvajismo coinciden en este minimundo rodante en el que el maltrato y el acoso es constante sin que ninguno de los jóvenes sea capaz de representarse acudir a algún tipo de autoridad para poner fín a la inevitable deriva de los acontecimientos. Reflejo de la degradación moral del entorno político, la aparición, suponemos, del cadáver del ejecutado en uno de tantos montones de basura repartidos a lo largo de la ciudad, enfrenta a los ocupantes con su verdadera forma de ser y afrontar la vida en una selva. Frente al impulso inicial de los jóvenes de avisar a la policía, termina prevaleciendo la visión pragmática del amenazante conductor del camión, que no puede desconocer que acudir a la policía es una invitación a terminar teniendo problemas, cuando no de ser acusado directamente del crimen, o potencialmente, convertirse en objetivo de las mafias por poner a los agentes en la senda de un crimen que debería permanecer oculto y desconocido, o quien sabe si no sería la forma en que los policías llegaran a dar con este par de hombres desadaptados que supuran violencia por todos sus poros.
Lipkes, y su historia, sabe presentar ese mundo subterráneo como una anormalidad con reglas propias frente al aparente espacio de comodidad y seguridad del burgués enriquecido de la capital, a cuyas casas entra esta tripulación de desechos de la sociedad para recoger sus desperdicios. Es el único momento en que el conductor, el “Maestro” de la ficción, parece empequeñecerse, saber que cualquier exceso o abuso en ese mundo le saldrá muy caro, pero no por ello, como tampoco le ocurre a la joven Yesi, desaparece esa sensación de envidia y de impotencia porque nunca se podrá llegar a disfrutar de ese status, como el de la mujer que emplea su tiempo en maquillarse con detalle frente a una joven ensuciada por su propio trabajo y a la que sólo le puede mantener con esperanzas la historia de amor con Jonathan, un calor entre ambos que en ocasiones se transfiere sentados al borde de un maloliente camión de la basura. Cualquier desperdicio ha de ser eliminado tras comprobar que resulta inservible, un cadáver encontrado se vuelve inservible y peligroso, por lo que sólo puede ser hecho desaparecer en trozos más pequeños, a un recién nacido en medio de un basurero sólo se le puede acelerar la muerte para evitar más sufrimiento. El «maestro» y la «momia», dos apodos que ocultan nombres porque, en realidad, aún compartiendo vivienda, ambos han dejado de ser personas hace tiempo, puestos en evidencia ante la inocencia de dos jóvenes que sobreviven porque aún se tienen el uno al otro y para quienes el mero hecho de tener sexo querido y consentido reafirma su condición humana. Dos maduros hombres cenando en una habitación sucia, llena de residuos, en silencio, enfrascados en los resultados de su propio pasado, frente a dos jóvenes capaces de disfrutar de una noche estrellada jugando con un balancín, movimiento erógeno que anticipa el deseo inaplazable.

La indudable potencia visual de la película, junto con su banda sonora metálica e industrial, mantenida a lo largo de su metraje, y sublimada en su desenlace, no elude el recurso estilístico atractivo en medio de una historia de completa fealdad, de absoluta pérdida de confianza en el género humano, desde el desahogado económicamente hasta el más paupérrimo, todos, a excepción de la joven pareja, que también se verá empujada hacia el horror, representan las más abyectas reacciones del hombre, pero no por ello Lipkes evita mostrar acertados travelling en medio de un mundo frío, desangelado, deshumanizado, en el que ocultar restos entre otros restos termina enterrándote en un mundo de basura, o poderosos planos-secuencia. Una bella forma visual en medio de un descuartizamiento podría parecer obsceno,  pero incluso de Quincey habló del asesinato como una de las bellas artes, y a la escena no le falta sentido, colocados los personajes en un espacio de incomunicación, el travelling amplio y circular termina reflejando la posición de cada uno y la posterior reacción, mientras la música que suena “me hace falta mi amor, y si eso es quererte, renuncio a tu amor”, anticipa la brecha que se abrirá a partir de esa noche entre la joven pareja protagonista, despertada de golpe a un mundo de realidad del que creían que iban a poder escapar y que, de tan verdadero como parece, no deja de ser extraño.


EXTRAÑO PERO VERDADERO. México. 2017. Dirección: Michel Lipkes. Producción: Matías Meyer, Michel Lipkes. Guion: Michel Lipkes, Gabriel Reyes, Rubén Ímaz. Fotografía: Gerardo Barroso Alcalá. Montaje: León Felipe González, Michel Lipkes. Música: Galo Durán. Reparto: Alfredo Blanco, Kristyan Ferrer, Luis Enrique Parra, Itzel Sarmientos. 90 minutos.

TRAILER


miércoles, 20 de septiembre de 2017

CANIBAL (Manuel Martín Cuenca, 2013)

CANIBAL (Manuel Martín Cuenca, 2013)


La trayectoria del director va consolidándose, desde la turbadora La flaqueza del bolchevique hasta la no menos inquietante, insana y demoledora La mitad de Oscar, ahora desemboca en este Caníbal. Especialista en historias a dos pero con un personaje central, siempre masculino, atrapado, de una u otra forma en el deseo insatisfecho, Martín Cuenca disecciona, desde la distancia, como un árbitro neutral, la personalidad enfermiza de Carlos; el sastre perfecto, el capillita devoto de vírgenes y cofradías, el amante perfecto de la mujer muerta. Como ya apuntaba La mitad de Óscar, es más sugerente insinuar que mostrar, dejar puntos suspensivos donde el espectador espera explicaciones y que éste se implique en tratar de desentrañar el porqué de esa historia.


No estamos en una película de investigación policial, ni hay intriga subyacente sobre si se iniciará alguna investigación policial ante tanta mujer desaparecida. No, si fuera así la película decaería inmediatamente porque no se sostendría en una localidad pequeña tal cúmulo de muertes y mujeres desaparecidas, sobre todo porque los crímenes no obedecen a un plan metódico y calculado sino al acto animal y desesperado de quien sacia una necesidad inmediata y deja múltiples pistas por el camino. Carlos mata cuando el deseo es tan acuciante que ninguna otra alternativa le calmaría, del mismo modo que devora esa carne como otra necesidad, la del deseo satisfecho hasta el final, la del orgasmo inaplazable.
Hay dos, por lo menos, escenas turbulentas, de gran altura cinematográfica, las dos escenas de caza, del mejor reflejo de la personalidad del psicópata, psicópata porque no hay remordimiento alguno en sus actos, pero sabe que lo que está ejecutando es el mal verdadero. El comienzo de la película es grande, parece que nos encontramos fuera de campo, un plano lejano, una gasolinera, sin movimientos de cámara, una pareja que reposta, dos minutos que no nos dicen nada hasta que el coche arranca, y en un movimiento de cámara hacia la izquierda el director nos introduce de golpe, en la mente de Carlos, ahora estamos persiguiendo a ese coche que repostaba, hemos pasado de contemplar ajenamente un hecho de apariencia intrascendente a comprender que estábamos acechando, como un lobo. Como la escena de la playa donde Carlos vuelve a transformarse en la fiera, esos ojos azul hielo de Antonio de la Torre que traspasan mirada y cuerpo de cualquiera, y como un animal hambriento es capaz de esperar horas y horas a que el explorador, como el león, baje del árbol en el que se ha refugiado.

Estas dos escenas muestran el lado oculto de Carlos, el que nadie conoce, al que nadie llega nunca, ¿nunca?, y aquí el director actúa con maestría permitiendo el juego imaginativo del espectador, ¿cómo murieron los padres del sastre?, ¿quién es la costurera a quien con tanto cariño trata Carlos y que le dice “te conozco bien, tu nunca tendrás una mujer”?, ¿actúa por naturaleza o como le dice Nina actúa porque otra mujer le hizo mucho daño? Cada uno que saque la conclusión que desee, las explicaciones que quiera o que se limite a seguir la historia del sastre granadino, creo que quien se limite a ver la historia tal y como se cuenta dejará por el camino mucho de lo interesante de esta película, las preguntas que surgen y que el director no quiere responder, porque ¿qué hace de un hombre un caníbal y sólo de mujeres?

Nunca antes había visto una Granada tan inhóspita, tan poco apetecible para visitar, tan alejada del calor que se presume, y ese mérito de la producción y de la historia encaja como un guante en la personalidad de Carlos; la casi perenne lluvia, el frío, la nieve, los montes solitarios y nevados azotados por el viento son el reflejo paisajístico y climatológico de la personalidad de Carlos, lo gélido inunda su vida, y es sabedor de que cuando entra la pasión o el deseo en su mente, su lado animal se potencia y necesita mostrarlo.
Antes de la disección, Carlos trata a sus víctimas con devoción, con amor, con el respeto del deseo, oliendo el cuerpo de sus mujeres no es mucho menos delicado que cuando acaricia y recoge sus telas en la sastrería o cuando se emociona con su semana santa. Que las contradicciones forman parte del ser humano no debe sorprendernos, ser religioso no impide ser mala persona, ni lo contrario, Carlos confunde el acto sexual con el canibalismo porque es incapaz de limitarse a desear y ese deseo tiene que saciarlo pues no quiere esperar a amar para conseguir el deseo, y su derrumbe se produce cuando del deseo surge el amor, en ese momento también la película sufre un derrumbe, un derrumbe que lastra el final y que, es una lástima, podría haberse corregido a mi juicio. Obviamente es una sensación personal, pero la confesión de Carlos, ajena a su comportamiento previo, inexplicable desde una mente más o menos bien amueblada, produce en este espectador el efecto contrario al que se ha debido pretender. Si se trataba del clímax de la película, del momento definitivo de reconocer lo que se es ante un tercero, pero no por arrepentimiento ni por cuestionamiento moral, sino porque esa es la propia naturaleza del caníbal, a mí me produce el efecto contrario, el de la risa por vergüenza ajena, y lo siento enormemente porque, esa escena de la revelación, marca la diferencia entre una grandiosa película y una buena película, y al final se queda en buena con momentos muy grandes.

Y por favor, no quiero más música de Bach y familia para ilustrar a los caníbales, con el doctor Hannibal Lecter (el de Mads Mikkelsen por supuesto) tengo bastante, pero es que Hannibal sí es un diletante, un sibarita, pero Carlos no, Carlos es capaz de escuchar a Carl Philip Emmanuel Bach y a continuación, la última noticia sobre el manto de la virgen de la cofradía de la esquina en emisora local. Y eso Hannibal no lo permitiría, sería de muy mal gusto y Carlos terminaría en el horno de Hannibal sin dudas.

Repito, una buena película española con momentos de grandeza y un actor, que pese a que empieza a aparecer demasiado en pantalla como si fuera el único que tenemos, sostiene un personaje complejísimo con su sola mirada. Las aristas de la película pueden perdonarse, pese a que una de ellas se encuentre casi al final del camino, pero algo queda pulida por el plano final de la cinta con un mensaje elocuente, el de una mente encerrada en su propia enfermedad.

Título: CANIBAL. 2013. España. Dirección: Manuel Martín Cuenca. Guión: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández. Duración: 116 min. Reparto: Antonio de la Torre, María Alfonsa Rosso, Olimpia Melinte, Joaquín Núñez. Distribuidora: Golem Distribución. Productora: Mod Producciones, Promociones Urbanísticas La Loma Blanca.

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martes, 19 de septiembre de 2017

LA REGIÓN SALVAJE (Amat Escalante, 2016)

LA REGIÓN SALVAJE (Amat Escalante, 2016)

ENLACE A ÚLTIMO CERO (pinchar aquí)


En la cabaña del bosque no hay seres amistosos e infantiles, no hay juegos para todos los públicos, no existe placer que no termine siendo castigo, pero pese a ello, nadie puede resistirse a repetir la experiencia una vez que se entra en otro mundo que libera el lado más animal y compensa de tanta frustración previa.


Lo fantástico se mezcla con la más cruda de las realidades para que Escalante continúe retratando un México atravesado por la violencia institucional, social, familiar. Machismo y homofobia se instalan en el relato donde el ser espacial puede ser muchas cosas, desde un deseo hasta un símbolo del poder omnímodo sobre los seres humanos incapaces de defenderse de otra manera.

En un año que me va pareciendo bastante plano en cuanto a excelencia cinematográfica, el cine de Escalante es un revulsivo necesario para seguir apostando por el cine mexicano como uno de los más renovadores y perturbadores del presente cinéfilo.
 

 


lunes, 18 de septiembre de 2017

CHANTRAPAS (Otar Iosseliani, 2010)

CHANTRAPAS (Otar Iosseliani, 2010)

«Quería hacer una película sobre alguien que es testarudo en su trabajo. Pensé en un sabio o en un dentista, pero mi productora Martine Marignac me convenció para escoger un cineasta. Pero eso no tiene nada que ver con mi experiencia personal. Mis películas estaban prohibidas pero eso no me resultaba doloroso.» (Rueda de prensa en Cannes 2010).

El título aparentemente sin significado, esconde parte de la esencia de la película, «chantrapas» es un barbarismo, una adaptación al ruso del «ne chantera pas» que los profesores de música del s. XIX en Rusia decían a los alumnos que no eran seleccionados para continuar con sus clases de canto, «ne chantera pas», «nechanterapas», «nechantrapas», «chantrapas», el alumno que no cantará más como el cineasta que no volverá a rodar, y dará lo mismo que sea en la Georgia comunista en una época indefinida o en el París moderno y presuntamente avanzado y respetuoso con la libertad creativa. Los primeros minutos se dedican a una proyección privada de la escena de la película que acaba de rodar Niko, y que enseña a su amigo de la infancia y a la esposa de un jerarca local que ha formado parte del trío que crearon desde niños. La mujer llega clandestinamente y se introduce en la sala de cine por una ventana, la composición de los tres en el plano remite a un triángulo, anticipo erróneo de lo que pudiera ser una relación trilateral, pero que permanece como sombra durante el resto de la película, no existe más que amistad cierta entre todos ellos. «Has destruido la belleza» dice la joven cuando acaba de observar cómo las excavadoras y el asfalto han acabado con los macizos de flores que recuerdan al cine de Paradjanov en la escena enseñada. «No te metas en problemas», insiste quien nada tiene que perder por formar parte de la élite, pero para Niko es indiferente si la escena es importante o no, si está bien rodada o tampoco, «no la voy a cortar», ejemplo del cineasta dispuesto a defender su libertad. La escena, dicho sea de paso, pertenece a un corto del propio cineasta rodado a finales de los años 50, Iosseliani en su propio cine, no solo como actor, algo bastante usual, sino también referenciando su propia obra.


«Creíamos que todo iría bien después del bolchevismo. Pero llegó el capitalismo salvaje: asqueroso, sucio, detestable. Desde que apareció ese monstruo salvaje, ya no podemos hacer nada. Comienzo a preocuparme mucho cuando se pronuncia  constantemente la palabra "democracia". Comienzo a preocuparme mucho cuando gana la mayoría. Me preocupa mucho ver cómo crece el número de cretinos en este planeta.» (Rueda de prensa en Cannes 2010).
Iosseliani, cuyo cine ha dejado de llegar a nuestras carteleras, es él mismo, un exiliado de su Georgia natal, y aunque lo niegue, los ecos y resonancias de su propio pasado circulan como un espectro durante las casi dos horas de película. Con ese sentido del humor particular, en el que el dramatismo termina empañado por una media sonrisa, y donde lo surrealista puede cobrar importancia mediante la inclusión de un marabú que deambula libremente por el plano, o como es en este caso, un soldado prerrevolucionario que entra en una finca a caballo o una sirena de color negro que persigue a nuestro cineasta desde las inmediaciones de Paris hasta el viaje de regreso a su localidad natal, Iosseliani se ríe de los productores soviéticos y de los franceses, del público de su país natal y del de acogida. El producto de ese rodaje, rollos y rollos de película sin seleccionar, interminables horas en medio de lo que se anticipa un retrato de la época zarista y el estallido de la revolución, han de acabar con el uso de la censura por parte de las autoridades que prohíben el estreno por su pesimismo, ausencia de valores revolucionarios y la inexistencia de un solo personaje con valores en toda la película, confiando todo en el montaje (otro guiño), los productores intentan salvar la película, pero ni el montaje es posible ni los georgianos están dispuestos a dejarse «re-montar». A la escena de un fusilamiento de un soldado zarista tras su último deseo, cantar con un acordeón y fumar un cigarro, sigue el «chantrapas» del cineasta, sometido al juicio sumario del comité de producción y de exhibición, tras el consabido ejercicio de autocrítica del director, se le anuncia la decisión irrevocable de no proyección, un anticipado y metafórico «chantrapas» para su futuro como cineasta. A un fusilamiento fílmico le sigue un fusilamiento profesional tras el que Niko ve cerrada la puerta a posteriores proyectos.

El personaje femenino, flexible como un junco, pero inteligente y, en el fondo, el más sugerente de toda la película junto con el abuelo del director, viejo ruso blanco que vivió sus años de libertad y libertinaje en el París de principios de siglo, avisa al comité de lo que pasará si la película se prohibe, que se aumentarán las ganas de verla y atraerá a quienes creen que prohibición va unida a calidad. En un hilarante episodio de semiespionaje, un productor francés, de los varios que saldrán en la película, (Pierre Étaix incluído, o Bulle Ogier como antigua amante del abuelo de Niko) librará el cheque que compra voluntades a cambio de los rollos salvables de la película para terminarla en París. Desde el principio sabemos que el proyecto carece de guión, de coherencia, de interés para alguien diferente al propio Niko, pero para él lo trascendente es conseguir concluir la obra, el empeño del artista por conseguir que su producto exista, guste o no. Estamos ante un viaje de ida y vuelta, trenes escasamente vigilados que parecen trasladar al personaje no sólo de un país a otro, sino de una época a otra, porque la Georgia de la primera parte recuerda más a un principio de siglo como el que se empeña en rodar el cineasta que a unos hipotéticos años 80 del siglo pasado cercanos a los 90 con los que la estancia parisina parecería estar más próxima. Trenes en los que se suben no solo los cuerpos, sino las ilusiones que nos acompañan desde niños, como la de aquellos que, antes de crecer, se subían a los viejos vagones cisterna que trasportaban el petróleo del Caúcaso para ir a robar iconos a una iglesia semiderrumbada, o que acompañaban a los mayores a las tabernas para beber aguardiente mientras su amiga esperaba en el exterior.


Si al final de la proyección tan sólo quedan 2 espectadores que son tus amigos y 1 de tus productores, puede que el resultado, inflado por numerosos minutos de mujeres parisinas paseando perros de todas las razas, sea un fracaso, pero si a tu vuelta regresas lleno de equipaje y no con la jaula de palomas mensajeras y una guitarra con la que marchaste a Occidente, es muy comprensible que tu familia, ahora sí, crea que eres un triunfador por haber llegado donde nunca antes nadie llegó, mejorando el recuerdo del viejo abuelo, orgulloso, por fín del nieto. Aunque esa presencia es tan extraña como superflua, tu presencia en ese círculo resulta inadvertida y hasta puedes estar sin estar, o no estar sin que nadie eche en falta tu secuestro. En un mundo donde el artista sólo puede vivir en catacumbas simulando ser un comunista convencido para que los espías del Kremlin te dejen en paz, no es de extrañar que al final, tu vida en pareja surja de las profundidades de un lago y te arrastre consigo a un mundo de fantasía y más cinematográfico que las imágenes que nunca vas a rodar.


CHANTRAPAS. Francia-Georgia. 2010. Director: Otar IOSSELIANI. Guión: Otar IOSSELIANI. Fotografía: Julie GRUNEBAUM, Lionel COUSIN. Decorado: Manu DE CHAUVIGNY. Montaje: Emmanuelle LEGENDRE. Sonido: Jérôme THIAULT. Intérpretes:Dato TARIELASHVILI, Tamuna KARUMIDZE, Fanny GONIN,  Givi SARCHIMELIDZE,  Pierre ETAIX, Bulle OGIER, Otar Iosseliani. Productora: Martine Marignac. 122 minutos.