lunes, 17 de diciembre de 2018

ROMA (Alfonso Cuarón, 2018)































viernes, 14 de diciembre de 2018

NOVOS CINEMAS. FESTIVAL DE CINE DE PONTEVEDRA.



Los festivales de cine son como las opiniones, cada ciudad tiene el suyo. En tiempos en los que el cine en salas, y las propias salas, están de retirada, y la oferta se uniformiza de manera preocupante, la labor de los festivales puede optar por servir de altavoz a la industria, si es que eso existe, o puede llamarse como tal en un país como éste, haciendo de intermediarios prematuros entre las distribuidoras y potenciales espectadores, o realizar una labor de búsqueda, recopilación, apuesta y descubrimiento de lenguajes diferentes a los que el espectador medio no está acostumbrado. La primera opción asegura un confort con el público generalista, pero impide dar un cauce de llegada a cines que, si no es mediante el riesgo de quien no depende de la taquilla para sobrevivir, apenas encontrarían hueco comercial. El segundo lo agradece una parte de la crítica especializada y un sector muy minoritario del público dispuesto a arriesgar y enfrentarse a muy diferentes maneras de contar una historia, películas que se apartan del lenguaje televisivo y del mantra innecesario de la “presentación, nudo y desenlace” en el que se nos educa, pero que al resultar invisibles tampoco puede afirmarse que no interesen a un público creciente si se da la opción de acceder a ellas.

El festival de cine de Pontevedra es de los segundos, de los que han optado por el riesgo y, en vez de asegurar con títulos conocidos y premiados en los grandes festivales, y que tienen el estreno asegurado, se decantan por el atrevimiento de colocar al espectador ante el desconcierto de no sentirse cómodo con lo que se proyecta al exigir atención, compromiso e interpretación. No será un cine “fácil” pero es un cine que, cuando se conecta con él, el grado de satisfacción que produce se multiplica más allá del momento de dar por terminada la visión porque ha exigido del público un trabajo intelectual que ayuda a fijar en la memoria unas sensaciones difícilmente traducibles en palabras. Un festival cuyo director artístico es Angel Santos Touza, director de la excepcional “Las altas presiones”, es normal que haya optado por esta segunda vía, única manera de diferenciar a un festival que ha cambiado las fechas de celebración y que viene a paliar, en cierta medida, el vacío que ha provocado la dimisión del equipo que dirigía de manera ejemplar Fran Gayo en la vecina Orense. Podría definirse que la filosofía visual de aquel Orense y este Pontevedra se dan la mano, Orense muy centrado en Latinoamérica, y Pontevedra más abierto al mundo. Su programación es una esperanza de futuro, una posibilidad de que arraigue un festival especializado en cine “invisible” en el noroeste de España, y, sobre todo, un festival de buen cine.

Dos secciones y una retrospectiva homenaje componen un festival modesto en número de películas que se desarrollará hasta el 16 de diciembre. 15 películas, dos sesiones de apertura y clausura, y 3 películas en el ciclo dedicado a Teresa Villaverde componen la oferta. La sección “oficial” tiene dos auténticos “bulldozers” a concurso, las primorosas “Trinta lumes” de Diana Toucedo, una película río que sigue aumentando el caudal conforme va pasando de festival en festival desde primeros de año; un auténtico cuento de fantasmas, ausencias y leyendas gallegas desde el punto de vista femenino y marcado por lo rural, con un diseño visual y sonoro que envuelve y nos conduce a la caverna en la que desaparecer, y “Chuva e cantoria na aldeia dos mortos” de Joao Salaviza y Renée Nader, también una fábula donde la muerte, y el choque entre civilización y tradición indígena en la selva de Brasil, sirve de vía de comunicación entre un hijo y su padre muerto. Destacables igualmente, sin perjuicio de que las no vistas deparen sorpresas igualmente agradables, “El árbol” del portugués André Gil Mata y “Un violent désir de bonheur”, relato que se inspira en lo visual de directores como Eugéne Green o Paul Vecchiali para ir, de la mano del director francés Clément Schneider, transformando a un monje en tiempos de la revolución francesa en un deseoso amante de la vida y el placer, que junto con la nueva película de Virgil Vernier, “Sophia Antipolis” (Mercuriales) son las apuestas más atractivas entre las que concursan.

La sección “Latexos” trataría de buscar puntos de conexión entre directores jóvenes, con sus primeras obras, y un público que se puede sentir más reconocido con lo que se cuenta. No he conectado con las narrativas de “Young & Beautiful” de Marina Lameiro, recientemente premiada en Márgenes, ni con “Nocturno” de Alvaro Pulpeiro, el aparente aburrimiento vital de jóvenes que se asoman a la treintena sin un proyecto vital tangible, y el relato marinero a medio camino del “Dead slow ahead” de Mauro Herce, el “Vikingland” de Xurxo Chirro y el “Leviatán” de Parevel-Castaing no me convencen, tampoco “La muerte del maestro” me reconforta con esa historia vital en diferido de un viejo maestro guardés de una finca abandonada del que sabemos, desde la primera escena, que ha muerto; pero a cambio, la magnífica “<3”, de Marta Antón, auténtica sorpresa española de fín de año, reconocida en Sevilla, une riesgo y juventud, documental y ficción atractivísima, cuenta con uno de esos rostros sorpresa que atraen la mirada a la pantalla de la mano de Clementina Gades y transmite unas sensaciones absolutamente genuinas acerca del amor y la juventud en el parque de El Retiro de Madrid, y tampoco puede olvidarse la sobresaliente “Letters to Paul Morrissey” de Armand Rovira, ejercicio cinéfilo y referencial rindiendo homenaje al mundo del director Morrissey y a los años de “The Factory”, sin olvidar las referencias a autores como Cocteau, Mandico, Wilder, Maddin…..; sus cinco cartas funcionan a modo de auténtico cajón de sastre para hablar de lo divino y lo humano.

Y por si estas películas no fueran suficiente carta de presentación sobre lo que representa “Novos Cinemas”, la directora elegida para ser homenajeada, y las películas de apertura y clausura dan cumplida cuenta de su vocación; Teresa Villaverde, con “Os Mutantes”, la fabulosa “Colo” y el documental experimental “O termómetro de Galileo” alrededor de la figura del cineasta italiano Tonino de Bernardi, darán una imagen fiel al espectador pontevedrés de una, de tantas, de las mejores creadoras del cine portugués actual con registros absolutamente diferentes en cada una de sus películas. Un festival que se inauguró con el no menos desopilante docuficción de Elias Siminiani, “Apuntes para una película de atracos”, y que se clausurará con la nueva película de Eloy Domínguez Serén, “Hamada”, un documental que se aleja de los tópicos sobre el Sahara para fijarse en la generación sin futuro de los jóvenes que ahora rondan la veintena. Un prometedor y bien pensado festival.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

THOSE WHO ARE FINE (Dene wos guet geit), Cyril Schäublin, 2017


"El título de nuestra película hace referencia a una canción tradicional suiza, "Dene wos guet geit" de Mani Matter. Es una canción sobre el reparto de la riqueza, sobre los que tienen y los que no. La película describe un timo que se aprovecha de la falta de contacto entre la generación de los nietos y la de los abuelos. La estafa parece desarrollarse en un espacio anónimo. Consideramos que este “delito” es una oportunidad para retratar y explorar nuestra ciudad natal. (opiniones del director)." Tres inmigrantes de origen magrebí hablan a orillas de un río o de un lago. Es una estampa relajada, cálida, personas que se conocen y hablan en su lengua dentro de la Europa del bienestar, la que preconizaba los derechos del hombre y del ciudadano y cada vez más se escora hacia la xenofobia, la desigualdad y la lucha entre ricos y pobres, el individualismo; la que vive en una permanente juventud que aparca a la vejez como algo vergonzante. Casi son los únicos personajes que no vuelven a aparecer durante la narración, pero son los personajes que cuentan una anécdota que va a dar pie a un retrato deshumanizado y vil de la sociedad europea, una sociedad de sueldos bajos, precarización de servicios, abuso a los ancianos y permanente alerta policial. La modélica Suiza, y en concreto la ciudad de Zurich, se transforma, ante nuestros ojos,  en un catálogo de personas sin virtudes, rendidas al poder del dinero o al agobio de su ausencia. No hay juicios morales añadidos a las imágenes, es el conjunto de sucesos el que provoca la naúsea derivada del individualismo sin freno.
Rodada en una aparente sucesión de historias cruzadas, es la anécdota contada por los "extranjeros"; que se ríen, en parte, de esa deshumanización por la que mentes sin escrúpulos estafan a ancianos haciendo creer que un familiar cercano necesita dinero urgentemente, demostrando la nula relación entre abuelos y nietos, la que permite contemplar toda una serie de estafas encadenadas que, sin embargo, no son perseguibles porque forman parte de nuestra legalidad cotidiana, de nuestra manera de concebir las relaciones sociales y las consecuencias de las mismas. El "call center" desde el que se vende el alma a cambio de una comisión, presiona con un discurso amable que impide pensar para conseguir un cambio de línea de internet, un seguro médico o una refinanciación de un crédito, accediendo a información sensible susceptible de ser usada por quien, ante el consumidor, muestra una cara amable y sugerente que se transforma, por la misma vía de la simulación, en la máscara perfecta para conseguir un dinero fácil y, aparentemente, sin rastro, en la vida privada.
La Suiza que no pregunta de dónde viene el dinero con la única salvedad de que sólo si se ingresa un millón de euros en entidades que no tienen más infraestructura que un ordenador y un vigilante de seguridad, se obtiene una protección de identidad de la que carecen los demás mortales, un país donde la policía se militariza para amedrentar a sus ciudadanos mientras los equipos de investigación sufren las carencias de líneas de móvil con acceso deficiente a internet por contratar los servicios de la teleoperadora más barata, que es la que vende el call center en el que trabaja la estafadora de ancianos. La asepsia, limpieza y orden de un país que no oculta la basura que se guarda debajo de la alfombra, donde las únicas conversaciones que tienen sus habitantes son las que, de manera mecánica, se mantienen con los compañeros de trabajo, sean estos empleados de banca, policías, asistentes sociales, pero para los que la vida privada es sinónimo de vacío y soledad.
La primera película de Schaüblin mezcla primeros planos claustrofóbicos de los rostros, manos, torsos de los actores, con otros tomados desde la distancia, como el naturalista que analiza el comportamiento gregario o asocial de los miembros de un grupo, utilizando, en ocasiones el dispositivo que Pawlikowski ha transformado en su seña de identidad visual con "Ida" y "Cold war", planos donde un gran espacio vacío sobrevuela a los personajes encima de ellos. Como si en esta sociedad de consumo hipercontrolada mediante dispositivos electrónicos que se vuelven imprescindibles para comunicarse, para contratar, para trabajar, cualquiera de nuestros actos fuera susceptible de ser rastreado, la cámara de Schaüblin toma distancia en el espacio público, donde el objetivo no se acerca y filma desde la lejanía manteniendo intacta la posibilidad de oir. El Gran Hermano nos vigila y no necesita exponerse abiertamente a ser reconocido, de todo queda constancia, todo deja rastro, todos somos localizables en cualquier lugar y situación. Hay sensación de desconcierto, de fín de ciclo, de ruptura traumática entre la realidad y el deseo. Los sueños de nuestra juventud se han  dinamitado a un ritmo mucho más acelerado de lo que costó su construcción, y ante tanta frialdad en las relaciones, tanta confusión entre éxito y dinero, parece que el único rescoldo de humanismo se encuentra, todavía, en aquellos que  no se han integrado por completo a nuestras sociedades y mantienen el contacto humano como seña de identidad y equilibrio emocional, aunque sean mirados con la desconfianza de quien viene de muy lejos.

DENE WOS GUET GEIT. Título internacional: "Those who are fine". Suiza. 2017. Dirección y guión: Cyril Schäublin. Fotografía: Silvan Hillmann. Edición: Cyril Schäublin, Silvan Hillmann. Diseño de sonido: Nicolas Buzzi. Intérpretes: Sarah Stauffer, Fidel Morf, Nikolai Bosshardt. 72 minutos.


domingo, 9 de diciembre de 2018

3 (María Antón Cabot, 2018)

<3 (María Antón Cabot, 2018)



Hay que empezar reseñando la enorme calidad de este trabajo que, en poco más de una hora, es capaz, no sólo de usar el documental como técnica narrativa, sino que éste termine mutando en ficción sensorial y en experimento visual y sonoro, algo que se apuntaba desde las dos primeras escenas pero que parecía desaparecer salvo breves apuntes intercalados entre los testimonios. Lo lejos que me van quedando determinadas propuestas lo reconozco a través de dos anécdotas en relación con esta sorprendente y estupenda película. La primera, tener que consultar en internet cómo se escribe el signo matemático que precede al 3 del título, y la segunda qué significa, para las jóvenes generaciones, el grafismo del propio título de la película, utilizado como lenguaje alternativo en el mundo de la era digital. Ese <3 es el equivalente a un corazón, es decir, un signo de amor, amistad, confidencialidad en el mundo de los smartphones que nos avasalla y que, a algunos, nos expulsa directamente de la realidad imperante. Por lo tanto la película habla de gente joven, muy joven, insultantemente joven; en ocasiones asombrosamente madura y racional, en otras completamente anodina, a veces ingenuamente expuesta a sus propias incoherencias y en otras extremadamente locuaz en sus silencios o vergüenzas, es decir, salvo la diferencia de edad, idénticos a cualquier otra etapa de la edad o de la vida, pero en plena fase de experimentar las primeras sensaciones amorosas.

En 1961, Jean Rouch y Edgar Morin salieron a las calles de París con una pregunta muy simple, «¿eres feliz?», eran los tiempos incipientes del «cinema verité», y aquella pregunta permitía definir con precisión todas las capas sociales de un país en el momento justo de entrar en ebullición, o en 1963 Pasolini, cámara y micrófono en mano, filmaba por Italia su «Comizi d,amore» una encuesta callejera intentando que los y las italianas dijeran en público su opinión sobre las relaciones entre hombres y mujeres, su sexualidad, el matrimonio, la virginidad, una experiencia que permitía ir distribuyendo el espectro sociológico que diferenciaba el norte del sur de Italia, las clases urbanas de las rurales, la mujer trabajadora de la mujer encerrada en su casa siguiendo roles patriarcales. Hay que dejar claro que no es éste el tipo de material con el que se mueve, ni el resultado que pretende María Antón, entre otras cosas porque su propuesta, estéticamente, está alejada de esa idea de cine reporteril que busca la verdad, sea ésta cual sea, pero sí que hay ese punto de conexión entre el intento de hacer una película personal, con un concepto visual y sonoro muy definido, y la idea de la encuesta, de la pregunta más o menos incómoda, centrada en un segmento muy particular del país, su gente joven.

La pregunta clave de Antón sería la de «¿qué es estar enamorado?» y dejar que los chicos y chicas que se someten al escrutinio de la cámara en el parque de El retiro de Madrid se expresen con la libertad de su vocabulario, se quiten la palabra o no haya manera de que se atrevan a hablar con un discurso elaborado. Pero esa pregunta puede venir respondida, en muchas ocasiones, por la simple contemplación sin palabras del comportamiento juvenil, y aquí es donde entra el ojo documental de la directora, procedente del colectivo Lacasinegra. Esas praderas arboladas del parque, con multitud de parejas más o menos encariñadas, más o menos ajenas a lo que les rodea y absortas el uno para el otro, proporcionan más información que la que se verbaliza, el comportamiento gestual de jóvenes que acuden al parque a exhibirse, dejarse ver, «venderse» en un escaparate a la búsqueda de lo que, en definitiva, termina convirtiendo el final de la película en un estallido de colores, luces, gemidos y sensaciones de placer, largas son las horas del día e intensas las de la noche.

Porque en <3 no nos encontramos ni ante un documental ni ante una ficción, de hecho el hilo conductor que sigue a los diversos jóvenes entrevistados es un personaje, una creación artística que interactúa con la realidad, la Ana que interpreta con naturalidad desbordante Clementina Gades, y que es la primera persona que aparece en pantalla tras el inicio lisérgico de nubes fluídas de color verde que se mueven como el colorante dejado caer aleatoriamente sobre agua, formando agrupaciones más o menos densas con su propio movimiento; mientras el sonido ambiente del parque se va haciendo cada vez más presente. Esa aparición viene acompañada del instrumento esencial de esta generación, el teléfono móvil, especie de agenda-diario omnipresente donde se guarda todo el pasado como en una caja fuerte que, al tiempo, se ofrece para su exhibición pública. La idea de lo que represente sexo, la foto de ligar, mis fotos sexis, mi familia, todo se nos enseña como si ya no cupiera lugar para la imaginación y toda explicación careciera de lógica si no va acompañada de un archivo digital. Este personaje se mueve ante las cámaras como si, en definitiva, se tratara de un reportero del minuto a minuto de cada hora de El Retiro, pero sin dejar de pertenecer a ese grupo de jóvenes que se expresa ante nosotros, porque, en el fondo, Ana-Clementina también busca ese estallido de sensaciones postergado hasta el final del relato, haciendo que, con su presencia, la película respire, pierda el encorsetamiento de un conjunto de entrevistas y, también, admita diferentes lecturas alejadas de lo literal.




















Y según pasan las horas, y el parque va despoblándose, relevándose el tipo de usuario en función de la luz y de la noche, la película va alcanzando notas de onirismo e irrealidad que mutan el sentido de la narración  haciéndola cada vez más sensorial, aproximando el itinerario sin aparente rumbo de Ana al que hacía el grupo de cineastas en «Pas à Genève», aproximándonos a las sensaciones transmitidas por Gabriel Azorín en «Mañana vendrá la bala» o al cine de Elena López Riera, todos ellos, junto con Carlos Pardo, transmutado en labores de producción, procedentes de ese colectivo seminal que, una vez sus miembros han echado a rodar, nunca mejor dicho, por separado, mantienen esa unidad formal que les caracteriza y permite mantener la necesaria esperanza en sus obras posteriores. Ese trayecto de Ana, contemplativo y participativo, para culminar su día mediante un chat ajeno a cualquier idea de enamoramiento romántico, transforma el mero documental en una ficción donde lo más animal del ser humano va tomando forma, acompañada de un diseño de sonido absolutamente logrado para envolver al espectador en esa maraña sensorial, acercando la propuesta a dos recientes producciones de cine francés, «Allons enfants» de Stephan Démoustier y «Le parc» de Damian Manivel, películas en las que el parque termina convirtiéndose en un personaje por si mismo que condiciona, tanto el comportamiento de los personajes, como las sensaciones que nos transmite, de manera muy diferente, conforme el día avanza, cae el sol y llega la noche, y con ella el amparo del anonimato. 

<3. España. 2018. Directora: María Antón Cabot. Guión: Marina Maesso.
Montaje: María Antón Cabot. Actores principales: Clementina Gades. Productores: María Antón Cabot, Carlos Pardo Ros. Productor ejecutivo: Carlos Pardo Ros, Teo Guillem. Fotografía: Ana Catalá. Sonido: Daniel Rincón. 64 minutos.

TRAILER

miércoles, 5 de diciembre de 2018

VERANO DE 1984 ( Francois Simard, Anouk Whissell, Yoann Karl Whissel, 2018)

"Nada volverá a ser igual" piensa Davey después de que la película alcanza su falso final y antes de que el relato pase del terror amable de película pseudojuvenil a la verdadera puesta en acción de la maldad en primer plano. "En los suburbios se concentra lo peor de la especie humana, todos los psicópatas son vecinos de alguien, nunca puedes conocer a los demás" son pensamientos que escuchamos del protagonista mientras pedalea en su trabajo adolescente de repartidor de periódicos. El parlamento se repite en la última escena de la película como réplica de la inicial, la urbanización de clase media de corte norteamericano, con jardín accesible y vecinos modelo, esconde un monstruo que lleva años haciendo desaparecer chicos menores de edad, y, ocasionalmente, familias enteras. El tono despreocupado de la película, con algún susto previsible pero no por ello efectivo, y con una banda sonora que advierte del peligro con sonidos propios del fallecido Johann Johansson, permite la contemplación de la película con desenfado, pero en su interior hay notables cargas de profundidad que la emparentan, en un tono menor, con "It follows" de David Robert Mitchell, "The spectacular now" de James Ponsoldt y la seminal "Stand by me" de Rob Reiner; películas donde el miedo a crecer se representa en el miedo a imaginar las responsabilidades de la edad adulta, ya sea con ocasión de crisis familiares, o provocadas por la aparición del mal o lo sobrenatural como aceleradores del mecanismo de asunción de que la infancia ha desaparecido, y con ella la ingenuidad. 

La película traspira un evidente, y premeditamente buscado, aroma ochentero en la que la aventura sustituye al cine "gore" y al slasher propio y más cercano al cine de terror adolescente. El sexo verbalizado como manera de satisfacer lo que se desea pero que aún no se ha disfrutado, un sucedáneo de presunta madurez ante lo que está a punto de llegar, la compañía de los amigos como sustitutivo de familias disfuncionales o progenitores que, al alcanzar los 15 años, se convierten en rivales y represores ante una personalidad que se ha desarrollado y entra en conflicto con los adultos son notas comunes a estos chavales, como el deseo de alcanzar el "primer amor". A esa edad el verano se transforma en un tiempo muerto, un paréntesis de actividad que, consecuencia de la imaginación de Davey, va a pasar de un limbo aburrido de tiempo inacabable a un terremoto donde la adolescencia deja paso a la edad adulta de manera brusca, traumática, sin progresión, justo el tiempo que pasa desde el descubrimiento de la evidencia necesaria para dar por probada la existencia de un psicópata en el vecindario hasta que, sin solución de continuidad, la posibilidad de convertirse en victima se hace real y todo deja de ser un juego.


Estamos en los años del casete, del walkie talkie, sin móviles, sin ordenadores. Es la última generación que sintió la necesidad de informarse a través del periódico. Es la generación que volvió a sentir lo que es crecer con miedo, y para ello el terror no es sólo enfrentarse a un psicópata, es dudar de cualquier vecino, no fiarse de nadie, confiar en la individualidad como manera de preservar la vida. Por eso, como pasaba en "Comanchería" de McKenzie, un cartel dice más de lo que representa, si en "The miseducation de Cameron Post" el cartel electoral pro-Clinton suena a recurso barato y sin sentido, un halo de optimismo hacia épocas mejores que tampoco fueron  ideales, la aparición de carteles pro-Reagan-Bush en las puertas de las casas que esconden tragedias familiares en su interior señalan, no esa esperanza ficticia como en "Cameron Post", sino la realidad de la doctrina del shock llevada a cabo por las políticas reaganianas y de la familia Bush en América. Los miedos que acompañarán a partir de ahora a los jóvenes protagonistas proceden de la realidad que ha dinamitado el paraíso falso de la urbanización de viviendas unifamiliares, pero la película sabe trasladar ese origen del miedo a un momento concreto, a un periodo político en retroceso de libertades, a unos medios de comunicación deseosos de vender el espacio público como un lugar de peligro. La noche se transforma en miedo, y cualquier actividad que se lleve a cabo en esas horas, viene acompañada de la transgresión, se es culpable por pisar la calle de noche arriesgándose a ser víctima pero por culpa propia. El entorno ha de vender seguridad, y para vender seguridad ha de existir un peligro que transmitir al ciudadano. Psicópatas, terroristas, antisistema; cualquier excusa es válida para atemorizar mientras la verdadera lacra, la económica, la del paro, los sueldos miserables, las drogas, el alcohol no es revulsivo suficiente para que la juventud reaccione una vez que el virus del miedo ha penetrado en su personalidad en maduración.

Reivindicar la imagen como única prueba admisible y creíble. La palabra pierde valor en una sociedad en los albores de su transformación en digital. A falta de móviles, la aventura sólo puede convencer a los adultos y dejar de ser una chiquillada si a la palabra le acompaña el documento gráfico. Un mundo que todavía creía en la prensa, se transforma en la pesadilla del joven y sus amigos cuando la palabra de un adulto es confirmada por la manipulación informativa, haciendo añicos un trabajo lleno de pistas. Es cierto, hay que querer ver esta película de esta forma, si se opta por la literalidad podría apuntarse a una mera película de aventuras con final terrorífico, pero animo al/la lector/a a ponerse unas gafas de realidad virtual y colocarse ante una paradoja temporal, retroceder en el tiempo, pensar en la vida de los primeros 80 y cómo todo se ha ido deteriorando a base de miedo. Ahora nos encogemos en nuestras casas, soñamos con no perder lo poco que nos queda, imaginamos el exterior como un lugar inhóspito y lleno de peligros, peligros alimentados por el poder que ahora no sabe cómo eliminarlos y del que surgen nuevos monstruos más fuertes que aspiran a suceder a quien los ha alimentado. Davey termina encogido y agarrado a sus rodillas sentado en un rincón de su habitación, pedalear por la urbanización supone, a partir de ahora, sospechar de todo el vecindario, hasta del más simpático o afable de sus vecinos. No te fíes y vigila a tus iguales, mientras tanto el lobo seguirá comiendo ovejas y tu echarás la culpa a tu modélico vecino. 
VERANO DEL 84. Canadá, Estados Unidos. 2018. 106 min. DIRECCIÓN: Francois Simard, Anouk Whissell, Yoann-Karl Whissel. PRODUCCIÓN: Shawn Williamson, Jameson Parker, Matt Leslie, Van Toffler, Cody Zwie. GUION: Matt Leslie, Stephen J. Smith. FOTOGRAFÍA: Jean-Philippe Bernier. INTÉRPRETES: Graham Verchere, Judah Lewis, Caleb Emery. MÚSICA: Jean-Philippe Bernier, Jean-Nicolas Leupi, Le Matos. MONTAJE: Austin Andrews