miércoles, 17 de enero de 2018

ANDRES LEE I ESCRIBE (Daniel Peralta, 2016),



ANDRÉS LEE I ESCRIBE (Daniel Peralta, 2016)


“la cura de todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar” Isak Dinesen.


No tiene por qué ser verdad, pero la frase suena muy bien y acompaña parte del itinerario con el que seguimos a Andrés, un treintañero varado en la ciudad de Santiago y cuya vida atraviesa un momento de inactividad, yendo de médico en médico, trabajando de noche y durmiendo de día. Apenas mantiene contacto social, la relación con Karina parece que sólo pretende un desahogo físico sin compromiso, como si nada de lo que se comparte el tiempo en que están juntos sea real, sea asible, más que el instante de placer y excitación conjunto, la “onda” que transmite Andrés es de pura pasividad y hastío, de decepción constante consigo mismo buscando una salida para la que no encuentra más respuesta que bajar las persianas de su dormitorio y pegarlas con cinta adhesiva para que nada de luz entre en la habitación, aislarse absolutamente mientras duerme complaciéndose en la miseria de su estado, en ese previo momento anunciador de una depresión ante la madurez que ya no puede ocultarse y que no quiere asumirse, el miedo a un futuro que ya llegó y en el que ninguno de los sueños adolescentes se ha cumplido. El recuerdo del pasado se utiliza como palanca para aumentar el malestar del presente, de ahí que, cuando descubramos (es un motivo argumental muy bien conseguido y muy bien traído en la película) que Andrés no es un enfermo sino que se “hace el enfermo” como actor para ganar algo de dinero, sirviendo de paciente simulado a los jóvenes médicos en prácticas, saboreamos que, detrás de la ficción, existe una verdadera somatización de las enfermedades que tiene que representar, una somatización no dolorosa, sino mental, una asfixia vital que le paraliza y le lleva a anclarse y despreciar el poco contacto físico que le une al mundo real.



La película justifica sobradamente las razones por las que fue premiada como vencedora de la primera edición del Festival Craft de Barcelona el año pasado, a su escaso presupuesto se le añade la habilidad para ocultar, no abrir el plano elimina que el espectador advierta esa carencia de medios, utilizar el espacio público acerca a los personajes al día a día habitual de cualquiera de nosotros, ampararse en la noche disminuye el riesgo de interrupciones y dota a los personajes de esa necesaria intimidad que necesitan para abrir su coraza sentimental, reducir el encuadre para eliminar alrededor de Andrés cualquier desahogo nos acerca a esa situación de asfixia existencial con la que se encuentra durante gran parte de la película, su casa, más que confortable aparece como mero refugio, como un escondite donde no mostrarse, en el que sólo se abre la puerta a la mujer dispuesta al sexo, un sexo en el que Andrés no quiere actuaciones ni simulaciones, ni roles presumidos que le recuerden a su trabajo no alcanzado. A Andrés le falta salirse del guión, romper las rutinas y saltarse lo establecido, y una ruptura de guión le proporciona el elemento azaroso que le permite replantearse otro tipo de existencia, otro tipo de relaciones. Por su culpa, una joven estudiante de medicina ve peligrar la nota media de su expediente al improvisar las pautas de esas consultas ficticias en las que Andrés sufre dolores de estómago, migrañas, dolores de espalda……..Andrés no respeta la rutina y la estudiante termina descolocada, aturdida, pero también llena de rencor y odio hacia un actor frustrado que ha comprometido su futuro. La búsqueda, y encuentro, que la joven hace, provoca una reacción en los dos, una toma de conciencia de que no todo hay que hacerlo para sobrevivir, sino que, en ocasiones hay que decidir vivir por encima de todo y acostumbrar al cuerpo a las sorpresas y los alicientes no programados, el breve intercambio de reproches y disculpas identifica a ambos con un presente no deseado y en el que cabe construir algo común.



Para Andrés actuar, leer y escribir son parte de su esencia, y su presente le ha llevado a actuar donde no quiere, a simular actuaciones diarias en su vida, a dejar de leer y a olvidarse de que en la juventud escribía, bien o mal, unos escritos frente a los que sientes por partes iguales, miedo y vergüenza, pero que son parte de lo que fuíste, aunque ahora compruebes que ya no te pareces a ese Andrés, que el de ahora te gusta mucho menos, el Andrés de ahora ha dejado de creer en los sueños de la juventud pero se ha visto anclado por esos mismos recuerdos, añora y quiere a su madre pero no se atreve a visitarla para no comprobar su soledad, y de paso la de él, que le asusta más que la de la anciana porque le recuerda que su futuro puede reducirse a una vida solitaria y sin afecto, recupera sus viejas pertenencias adolescentes y acepta que esos recuerdos polvorientos son mucho más importantes y atractivos que su relación con Karina, las amenazas de ésta son insuficientes para imponerse a una vieja cinta VHS con “Los Goonies”. El azar de aquella improvisación le acerca a Dominga, la joven médica, con la que comparte algo más que la soledad aislante de ambos, hay una pulsión artística que sobrepasa las necesidades de estudiar lo que no se quería o de trabajar en lo que no se esperaba. Hay un nuevo amanecer pendiente para ambos, una nueva forma de afrontar el futuro desde la ruptura pero acompañados. Andrés decide no volver a cerrar herméticamente su persiana y comprobar que, por las mañanas, hay un canto de pájaros hasta entonces desconocido, no oído, en todo esto influye una solución un tanto convencional y fácil, como es la de encontrar una nueva pareja de manera inesperada, pero el mecanismo por el que Peralta hace evolucionar a su personaje a través de su propio pasado, ya no como una losa de sueños irrealizables, sino como impulso para retomar lo que de verdad satisface, resulta creíble y contemporáneo. Jóvenes no pendientes del teléfono móvil y si de la conversación y compartir rabias y frustraciones para asimilarlas, asumirlas y enfrentarlas, hacen de esta pequeña película un todo recomendable.



ANDRÉS LEE i ESCRIBE. Chile. 2016. Director: Daniel Peralta . Guión: Daniel Peralta, René Martín. Intérpretes: Fernando Mena, María Gracia Omegna, Alex Quevedo, Paulina Moreno. Productora: Libreta Amarilla, GRIP Films. Producción ejecutiva: Daniel Peralta, René Durán, Daniel Rebolledo Parra. Producción: Daniel Rebolledo Parra, Macarena Denisse. Asistente de dirección: Andrés Daly. Dirección de fotografía: René Durán. Dirección de arte: Loreto Godoy. Montaje: Daniel Peralta. Música: Diego Peralta. Sonido: Pablo Daly. 91 minutos.

TRAILER 


martes, 16 de enero de 2018

SECCIÓN EN ÚLTIMO CERO

Érase una vez en Anatolia (Bilge Ceylan)

ACTUALIDAD CINEMATOGRÁFICA EN VALLADOLID

ENLACE A LA SECCIÓN DEL PERIÓDICO ÚLTIMO CERO

Correspondencias de Rita Azevedo

Atractivísima cartelera en mi ciudad donde, de manera afortunada, coinciden en la misma sala dos de las grandes películas de 2017 como "La idea de un lago" y "Correspondencias" y un "clásico" como "Saraband", a lo que se une la recuperación, ojalá estable y más arriesgada, del Museo Patio Herreriano como lugar de exhibición artística. 

La idea de un lago de Milagros Mumenthaler
Saraband de Ingmar Bergman
Winter sleep de Bilge Ceylan



lunes, 15 de enero de 2018

I, TONYA (Craig Gillespie, 2017)

I, TONYA (Craig Gillespie, 2017)
Hace una década, en 2007, el director australiano Gillespie obtuvo un reconocimiento crítico importante con su «Lars y una chica de verdad», donde el ahora afamadísimo Ryan Gosling anticipaba los amores imposibles entre un ser humano y un ente material como una muñeca hinchable y en la que la soledad del protagonista funcionaba como motor exclusivo de la narración, mostrando la absoluta deriva del hombre moderno hacia parcelas de misantropía donde son más importantes las relaciones ficticias que las personales, en un adelanto ahora superado de lo que han supuesto las redes «asociales». Diez años después, y perdido su rastro en títulos de escaso tirón , «I, Tonya» incide en la soledad y en la imposibilidad de las clases populares de aspirar a competir en igualdad de condiciones en mundos reservados a las élites, financieras, estéticas, sexuales o culturales, da lo mismo. Tonya es un personaje real, «I, Tonya» juega al biopic, pero «I, Tonya» es un producto políticamente incorrectísimo que provoca reacciones de afecto y desafecto a partes iguales, provoca pasiones populares siguiendo a una de estas princesas «del pueblo» tan dadas a permanecer «en el candelabro» el tiempo justo en que un resbalón les haga pagar su error multiplicado infinitas veces hasta quedar reducidas a cenizas, eliminadas y fulminadas para caer más bajo del lugar del que proceden, Tonya se ceba en la propia deportista por sus errores, pero no por ello es retrato de una sociedad que vive pendiente de la fama ajena para aniquilarla el minuto después de encumbrarla.


Gillespie, y desconozco hasta dónde existirá permiso de los protagonistas para ser retratados con tanta crudeza e inhumanidad, haciendo astracanada y esperpento de una historia real, carga contra la familia, contra el amor romántico, contra la pareja, contra el amor materno-filial, contra el «self made» americano, contra el sueño olímpico, contra la limpieza en el deporte, contra el capitalismo, contra el clasismo. Sin resultar deslumbrante, y probablemente 20 minutos menos le hubieran sentado estupendamente al resultado final, notable, «I, Tonya» es el resultado de otro juguete roto, en este caso no en manos de desaprensivos representantes, mafias deportivas o conjuras al más alto nivel, Tonya es víctima de sus propios orígenes pobres y de su entorno más cercano, a Tonya la destroza su propia familia y su sueño de ser la número uno del patinaje mundial se esfuma con la mancha de la trampa de por medio. Tonya Harding fue la primera mujer patinadora sobre hielo capaz de ejecutar un triple salto en medio de los ejercicios de competición, un riesgo, un reto inasumible para el resto pero con el que contrarrestaba sus orígenes humildes, sus trajes poco glamourosos, usar música heavy para sus coreografías, potencia frente a clase, riesgo frente a estilo. Una patinadora capaz de enfrentarse a los jueces que sistemáticamente la puntuaban por debajo de lo merecido por su aspecto visual, por su falta de dinero para maquillarse o vestirse un maillot deslumbrante. Una rebelde luchando contra una madre obsesionada por el éxito de su hija ejerciendo la tiranía absoluta que empujó a Tonya a un matrimonio prematuro lleno de episodios violentos, una outsider que sólo en lo que nadie hacía podía encontrar la réplica al desprecio de clase que se cebaba con ella.


Cada puñetazo que recibe Tonya, de su madre, o de su marido y antes novio, es tratado por el director con el desparpajo de quien lo asume como un gaje del oficio que forja un carácter, y ante el que no cabe sino intentar responder con una patada dirigida a los genitales. La vida de Tonya es lucha por sobrevivir, porque no hay nada más hiriente que tus compañeras de equipo vistan un abrigo de piel y tu un abrigo hecho por tu madre con las pieles de conejo que ha cazado tu padre, o que justo antes de tener que competir en las olimpidas se te rompan los cordones de tus botas de patinar y tengas que interrumpir tu participación pidiendo a los jueces que te permitan reemplazar el equipo. Como cuando Mme. de Merteuil se desmaquilla delante del espejo asumiendo su rabia y su fracaso, Tonya Harding intenta, en lo que imagina su última ocasión, ensayar ante el espejo su sonrisa hipócrita dirigida a unos jueces que no se la creen y a un público que tanto la aplaude como la abuchea, su último saludo triunfal, pero en ese gesto tiene que luchar contra las lagrimas, contra la impotencia de saber que, finalmente, sus seres más cercanos han sellado su fín agrediendo a su competidora olímpica para impedir que ésta se clasificara para las olimpiadas y fuera una rival a batir. El éxito mediante la ruina ajena, el todo vale en manos de auténticos estúpidos que dejan todas las pistas posibles para que el acto criminal señale directamente a la deportista, fuera ésta, o no, conocedora de lo que iba a suceder, algo que a la película ni le importa ni le interesa, porque en el retrato disfuncional del personaje y todo lo que le envuelve, hay tanta fuerza y tanta mala leche, que resulta indiferente lo que es verdad, lo que es invención, lo que es edulcoramiento o lo que es mentira. Como en las competiciones, todo vale con tal de que sirva, y para la película el tono desenfadado y el tono miserabilista de esa relación  madre-hija y esposo-esposa funciona perfectamente para hacer atractivo el producto.


Sobre Margot Robbie, la explosiva esposa de Leonardo di Caprio en «El lobo de Wall Street» recae todo el peso de la comedia negra que representa «I, Tonya», rodada como si de un falso documental se tratara en el que los actores fueran los verdaderos protagonistas, mezclando el formato del video de finales de los 90 con la imagen HD del cine actual, el formato cuadrado con la más amplia panorámica para las espectaculares escenas de las acrobacias deportivas retocadas muy convincentemente de manera digital, un personaje vulgar, barriobajero, de insulto fácil y reacciones impulsivas cuyo único objetivo en la vida era el patinaje, un objetivo impuesto casi al mismo tiempo de aprender a hablar, una rebelde que vivió sus minutos de gloria contados en un mundo que permanentemente la expulsaba por no pertenecer a la clase social a la que se dirigía la publicidad del patinaje. El tono ácido, irónico, sarcástico, corrosivo con el que Gillespie ataca a todos sus personajes no sienta mal a la película salvo a quien busque verosimilitud en lo que se cuenta, asumamos que estamos ante un esperpento social y deportivo, ante un catálogo de vanidades, egoismos e intereses que hace de todos y cada uno de los que aparecen más una caricatura que una realidad, pero es en esa caricatura donde Gillespie acierta para diferenciar este biopic de otros más académicos e insufriblemente mortecinos, nos da lo mismo si lo que ocurre es culpa de Tonya, si ésta es otra víctima, o todo un poco, lo importante es que la crítica exagerada encierra dosis de verdad gracias a su exageración, que la policía y los jueces se equivocan es un hecho, si no se usa la parodia o el trazo grueso quizás nos lo creamos menos. No es de extrañar que, perdida su licencia deportiva, Tonya se dedicara a boxear, una vida a golpes no conoce más respuesta que seguir dando duro contra el muro que no vas a poder franquear.




Título original: I, Tonya.  2017. 121 min. Estados Unidos. Dirección: Craig Gillespie. Guión: Steven Rogers. Música: Peter Nashel. Reparto: Margot Robbie,  Sebastian Stan,  Allison Janney,  Bobby Cannavale,  Caitlin Carver, Julianne Nicholson,  Bojana Novakovic,  Mckenna Grace,  Paul Walter Hauser, Renah Gallagher,  Amy Fox,  Ricky Russert,  Jeffery Arseneau,  Bobby Akers, Suehyla El-Attar,  Kaleigh Brooke Clark,  Catherine Dyer,  Joshua Mikel,  Jason Davis. Productoras: Clubhouse Pictures / LuckyChap Entertainment / Neon / 30West / Ai Film

jueves, 11 de enero de 2018

RAILWAY SLEEPERS (Mon rot fai, Sompot Chidgasornpongse, 2016)



RAILWAY SLEEPERS (Mon rot fai, Sompot Chidgasornpongse, 2016)


Las casualidades ocurren, el azar o el espionaje; o simplemente oir la idea y decidir hacer algo similar. Ocurre frecuentemente que dos películas se superpongan y se mimeticen, que se rueden simultáneamente y una culmine su proyecto unos años antes, o unos meses cuando hay una carrera comercial por detrás. Cuando hablamos de documentales tan simétricos, un mundo en el que el dinero no es el reclamo fundamental para su realización, y la primera película llega de la mano de un director reconocido internacionalmente como J.P. Sniadecki, resulta complicado imaginar que ha habido una fagocitación interesada de una idea ajena, pero tampoco es descartable esa apropiación para crear la propia obra. Sniadecki presentó en 2014-2015 su documental “The iron ministry”, un fascinante, a la vez que nada envidiable, viaje a través de la red de ferrocarriles chinos, en el que el tiempo empleado permitía llegar a conocer parte de la realidad política y social de la China actual. En ese rodaje se habían empleado tres años. Paralelamente, en Tailandia, país separado por una estrecha franja de terreno del sur de China, el director tailandés Sompot Chidgasornpongse había iniciado en 2008 una aventura parecida filmando y recorriendo todas las líneas ferroviarias existentes en su país. Un trabajo de 8 años que da como resultado un interesante recorrido por el territorio y por sus gentes, sin olvidar un pasado colonial.




Compartir la experiencia de estos viajes es retroceder en el tiempo de la propia memoria, revivir experiencias de no hace mucho que rápidamente se olvidan, como si la realidad única de este país nuestro fuera la del tren de alta velocidad, un acontecimiento que eclipsa el resto de obsoletas infraestructuras y regiones abandonadas por el ferrocarril. En un país como Tailandia hablar de tren tiene que ser hablar de incomodidad, de calor, de olores a comida, de saturación de viajeros, de retrasos inexplicables, de incidencias múltiples en unas líneas ferroviarias creadas para favorecer la centralización y la colonización del imperialismo francés, británico, alemán y, finalmente japonés, pero no hace ni 20 años que frecuentando la línea Valladolid-Madrid en un momento del viaje se oía “agua, coca cola, cervezas, bocadillos, me bajo en la próxima, hasta Madrid no hay servicio de bar”, más higiénico que el servicio de estos trenes tailandeses, pero igual de popular y pintoresco. El viaje comienza y finaliza con la referencia histórica del origen y desarrollo del ferrocarril en el país, y que sirve de preámbulo y epílogo al trayecto, a la experiencia étnica, social, religiosa, política del desplazamiento, un viaje iniciado en 2008 a lo largo de todas las posibilidades que ofrece la infraestructura del país, un viaje que se inicia con el futuro, con  la imagen de los escolares excursionistas, con su vitalidad y alegría, la excitación de la experiencia, y concluye con el agotamiento, la necesidad del sueño, la búsqueda de la confortabilidad improvisada de un coche cama o simplemente del descanso tras un trayecto interminable marcado por el calor y la humedad.




Hay películas que se justifican por un momento, y el momento llega al final del recorrido, en la conversación entre el que puede ser  el propio cineasta y un ingeniero británico que recorre el país para supervisar el estado de la línea y las posibles mejoras a implementar se encuentra el, para mí, mejor momento cinematográfico, que une además, el inicio con ese largo plano que filma la entrada del tren en un túnel con la mirada subjetiva puesta hacia la entrada del propio túnel, que se va alejando hasta suponer un minúsculo punto blanco al fondo del plano mientras la oscuridad va agrandándose, con el plano similar casi al final en el interior del propio vagón de ese tren que puede ser cualquier otro, un  plano en el que el túnel es sustituido por el pasillo largo, estrecho, de apariencia interminable, cuya puerta de salida se parece a esa entrada en el túnel del principio, un plano que evoluciona de la penumbra de la noche a la claridad del día mientras los viajeros charlan, oímos su conversación y aprendemos el recorrido histórico de esas líneas ferroviarias, el tránsito del reino de Siam a la actual Tailandia, la competición de ingeniería por conseguir culminar la primera línea antes que el otro, la inauguración de la línea Khorat con los reyes de Siam colocando la última traviesa (los railway sleepers del título), la sacudida que produce atravesar el puente sobre el río Kwai en la vieja línea Burma-Siam, el festejo que oculta y suplanta el recuerdo de cientos de personas asesinadas en su construcción, la idea de viaje y la idea de hogar, una conversación que concluye con un “el tren da sueño, es relajante. Si, como nuestras vidas”, una enigmática conclusión verbal que acerca el momento más intenso del film a la influencia que el propio Weerashetakul haya podido ejercer sobre el proyecto como uno de los productores.




La cámara, salvo en ese último segmento de conversación donde ésta se da mayoritariamente fuera de campo, no se oculta, se mezcla con los viajeros, se convierte en otro pasajero más que no guarda distancia alguna con sus rostros, oímos lo que banal o trivialmente los demás comparten a la vista de todos, sentimos el agobio de viajar durante horas de pie, baqueteado por el traqueteo de los vagones sobre los raíles y somnolientos por el calor y el ruido monótono que arrulla provocando el sopor aliviado por esas ventanas bajadas por las que se refresca algo el interior del vagón mientras el tren circula. Imaginamos los olores del cerdo fermentado, del pollo frito, las salchichas cocidas, y el olor a humanidad concentrado en tan pequeño espacio, advertimos, sin palabras, que la línea férrea pasa a ser controlada por los militares cuando  la vestimenta de las mujeres se transforma en la inequívoca señal de estar atravesando territorio de mayoría musulmana, de la estatua de Buda pasamos al minarete de la mezquita y a la ametralladora de las patrullas que vigilan el interior. Un viaje en el que lo mismo unos jóvenes chatean por el móvil como el resto del vagón está lleno de monjes en una posición que parece de vencimiento por el sueño pero que más podría ser una meditación consciente. El viaje nos atrapa como a esa libélula pegada al cristal de la ventana y que no alcanza a encontrar la salida, pero al tiempo deseamos terminar, deseamos, como ese pasajero que saca su mano al exterior para mojarse con la tormenta, un respiro, un fín, una llegada a casa.


RAILWAY SLEEPERS. (Mon rot fai). Tailandia. 2016. Director: Sompot Chidgasornpongse. Director de fotografía: Sompot Chidgasornpongse. Editor: Sompot Chidgasornpongse. Diseño de sonido: Akritchalerm Kalayanamitr. Sonido: Chalermrat Kaweewattana. Productores: Apichatpong Weerasethakul, Kick the Machine Films, Sompot Chidgasornpongse, At a Time Pictures. 102 minutos.

TRAILER  

miércoles, 10 de enero de 2018

LA CIUDAD SIN LEY (Barbary coast, Howard Hawks, 1935)



LA CIUDAD SIN LEY (Barbary coast, Howard Hawks, 1935)


Cuando sobre la bahía de San Francisco aparece la niebla surge un personaje. En las primeras escenas aún no nos damos cuenta, esa niebla solo parece dificultar la llegada del barco procedente de Nueva York después de atravesar el cabo de Hornos, pero después apreciaremos que cada vez que la niebla envuelve a los personajes asistimos a un anuncio de peligro, a una situación de tensión que el fenómeno ayuda a encubrir, a ocultar. Porque en “Barbary coast” predomina la ley del silencio, el dinero es poder y el dinero oculta todo, maneja a los políticos como títeres y nada puede moverse en la ciudad sin el consentimiento de Louis Chamalis (Edward G. Robinson), el avaricioso dominador de vidas y haciendas ajenas que ha decidido enriquecerse con la fiebre del oro que lleva a miles de aventureros a los yacimientos del oeste en busca de un filón que les haga millonarios. Pero esa decisión parte de no mancharse las manos con pico y pala, ni meterse hasta la cintura en el barro, Chamalis se enriquecerá robando lo que los mineros han ganado antes de que vuelvan a tomar el barco que les saque de la ciudad. Un robo con apariencia de legalidad trucando la ruleta en la que, enfebrecidos apuestan sus ganancias, enfebrecidos y anulados por las drogas que se les suministran junto con el bendito whisky y les anula la voluntad. Cuando el jugador despierte del sueño se dará cuenta de que lo perdió todo a la ruleta y por culpa del alcohol, no de un engaño ajeno, y si alguien se atreve a protestar o cuestionar el local, Chamalis cuenta con argumentos suficientes para hacer callar bocas para siempre, “Knuckles” Jacoby (Brian Donleavy) se encargará del trabajo sucio.




El ambiente portuario, y la llegada en barco, recuerdan, rápidamente a otras dos películas de aventureros y romances que parecen imposibles. “Morocco” de 1930, con esa llegada fantasmal en barco de una mujer huyendo de su pasado y de su pobreza para intentar volver a empezar aunque sea con un matrimonio por conveniencia que desaparece en cuanto pisa tierra firme, una mujer que ya en la travesía cuenta con un protector, La Bessiére en la cinta de Sternberg, el coronel Cobb en ésta de Hawks; y “Muelles de Nueva York”, de 1928, también de Sternberg, con esos pasillos de madera, los locales envueltos en la bruma procedente del mar, el ambiente peligroso de las ciudades o lugares fronterizos, y la historia de amor en apariencia imposible, allí entre George Bancroft y Betty Compson, aquí entre Joel Mc Crea y Miriam Hopkins. Asistimos a un western “sin oeste”, a un relato de villanos y buenos que intentan acomodarse a un ecosistema abandonado, sin leyes ni reglas, donde Chamalis decide lo que vale y lo que no y donde el sheriff, única autoridad incorrupta, es incapaz de juzgar los asesinatos que ordena el incipiente rey del hampa que tiene comprado al juez local con la misma moneda, barata, que al resto, el miedo y el alcohol. Como relato de frontera, la película deja un mensaje inequívoco y poco edificante, la violencia sólo es combatible con violencia, al crimen de Chamalis sólo se le puede poner coto desde estructuras paralelas, surgen “Los vigilantes”, contrapoder ciudadano destinado a combatir al ejército de Chamalis con las mismas armas y ejecutando una justicia lynchiana que la oficial ha desertado de aplicar (la estructura y actuación de estas patrullas ciudadanas, mutatis mutandis, rememora la acción del cartel de delincuentes que decide acabar con la amenaza para su negocio en “M” de Lang, de 1931), como retrato de lo que debió ser el origen del sueño americano, sin embargo, es perfecto.




Hawks, con la intervención no acreditada de Wyler, rueda los exteriores con los claroscuros heredados del cine mudo, la sombra que se proyecta del ahorcado, el reflejo del enamorado en la pared; aunque los interiores, que predominan, son luminosos y diáfanos, sobre todo si se trata de reflejar el rostro de Miriam Hopkins, Mary Rutledge, la “mujer blanca” recibida con expectación en el puerto por lo inusual de la llegada de mujeres como ella a una ciudad tan peligrosa y criminal como San Francisco hacia 1850. Mary, la mujer a la que nadie quiere llamar por su nombre, la “mujer blanca” para los aventureros que se han asentado en el lugar, “Swan” para Chamalis, impotente a la hora de conseguir ser amado por ella pese a los regalos, lujos, casa…..porque hay una tara imposible de borrar, la del crimen sistemático e impune que mueve todas las actuaciones del personaje, la “serpiente”, la “sirena” que engañó al burro más idiota que llegó rebuznando a San Francisco, que dirá Joel Mc Crea cuando su personaje de Jim Carmichael descubra que todo el oro se ha perdido en una ruleta empeñada en negar el color negro. Hopkins tendrá que demostrar que su actuación no fue premeditada, tendrá que recuperar su nombre verdadero para que Carmichael decida arriesgar lo único que le queda, su vida, por algo más valioso que unos saquitos con pepitas de oro, un amor a primera vista, un amor de poeta, el de un Galahad perdido en territorio hostil sin Ginebra a la que cortejar ni seducir hasta que no se deshaga el malentendido, y el bucólico encuentro inicial en medio de la tormenta pueda reanudar esa pausa decepcionante causada por el salón “Bella Dona”.





Pero la presencia de Ben Hetch en el guión no puede pasar inadvertida, el tono irónico, el chiste mordaz, el comentario ingenioso es una marca de fábrica que identifica su escritura y no pocas de las grandes películas de Billy Wilder, ese contrapunto irónico lo presta el personaje interpretado por Walter Brennan, “Old Atrocity”, un viejo (¿fue alguna vez joven Walter Brennan?) que vive del trapicheo, de embaucar a mineros para que vayan a jugar al local de Chamalis, que intenta fomentar una leyenda de asesino en tiempos mejores para ahuyentar cualquier violencia sobre él, que se tapa un ojo con un parche “para dar más miedo”, secundario acompañado por otros muchos reconocibles, como el pistolero y matón de Donleavy, a quien no se le concede la posibilidad de redención, el Mc Tavish de Donald Meek, otro habitual del cine de Ford, o el periodista Coronel Cobb que inmediatamente recuerda al que después se inmortalizó en “El hombre que mató a Liberty Valence” con el Peabody interpretado por Edmond O,Brien; secundarios necesarios para servir de contrapunto a una historia de pasiones y crímenes que necesitan un respiro, un residuo de humanidad para poder soportar tanta injusticia, secundarios en los que reside algún valor de resistencia que permite que todos se rediman en un último momento, hasta el criminal más duro y sanguinario, cualquiera puede realizar un acto decente en su vida, como llega a decir Old Atrocity a Charmichael, “es la primera vez que hago algo decente”. Hawks hizo, antes y después, mucho cine algo más que “decente”.





LA CIUDAD SIN LEY (Barbary coast). EEUU. 1935. Dirección: Howard Hawks. Reparto: Brian Donlevy, Edward G. Robinson, Harry Carey, Joel McCrea, Miriam Hopkins y Walter Brennan. Guion: Ben Hecht y Charles MacArthur. Fotografía: Ray June. Música: Alfred Newman