viernes, 20 de enero de 2017

CALLBACK (Carles Torras, 2016)





CALLBACK (Carles Torras, 2016)


El “callback” es la segunda llamada que se produce tras realizar un casting, se supone que has pasado la primera criba, que tus oportunidades aumentan, que hay algo en ti que ha interesado al productor, al director. Aunque sea para un anuncio, aunque ni tan siquiera prestes tu cuerpo, sino solamente tu voz, cualquier cosa con tal de sentir que eres el elegido, que tus esfuerzos empiezan a ser recompensados, que ese fervor religioso ha pasado la prueba definitiva y empiezas a sentir la grandeza. Pero en el “callback” puede resultar que tu mente se disperse, que las múltiples personalidades que llevas asumiendo a lo largo de tu vida, estallen y se amontonen al mismo tiempo, que pierdas los papeles, que mezcles un anuncio de cuchillos con otro de bebidas energéticas, porque va a ser verdad que te sientes cansado, que te sientes decaído, que la solución no está en huir de la ciudad, como tampoco se encuentra en el interior de una lata de bebida.



Larry de Cecco (convincente, amenazante y enigmático Martín Bacigalupo, coautor de la historia), o Pedro, o Robert Fontana, apenas tres identidades en un par de días, y todas coexistiendo, incluso se siente que ha habido muchas más; que en la frase “tengo mucha determinación y he tenido mucha suerte”, ese apartamento que ocupa en un barrio marginal y deteriorado de Nueva York, no se ha conseguido mediante un contrato. Torras va desvelando la personalidad de De Cecco poco a poco, del aparente catatonismo expresivo de sus castings, superados por el “instrumento de su voz”, a su egocentrismo y delirio de grandeza, su imposibilidad de controlar sus impulsos ante los reveses o ante lo que entiende humillaciones innecesarias hacia su persona. La mirada torva de De Cecco esconde un volcán destructor que estalla en erupciones sorpresivas, rápidas, fugaces, pero implacables. Da lo mismo quién lo haga, ni dónde, ni por qué. Las expectativas defraudadas no se entienden porque solamente está haciendo aquello que cualquiera haría, respetar, ser amable, incluso ser demasiado amable, no puede ser rechazado quien se comporta como él cree hacerlo.


De Cecco contempla el skyline de Manhattan como un imposible, la última personalidad adoptada le acerca a una melodía que golpea su cabeza cada vez que conduce, “gira, il mondo gira nello spazio senza fine con gli amori appena nati, con gli amori gi finiti, con la gioia e col dolore della gente come me”, su visión del mundo que quiere está separada por un muro físico, un río, que funciona como frontera impenetrable; los cruces del Hudson obedecen a su trabajo o a la búsqueda de un dios muy personal, pero no a su vida, que queda confinada a ese apartamento que hace las veces de guarida. Ultracatólico pero voyeur, la cabeza de Larry no funciona como la de una persona adaptada a vivir en sociedad, se acerca así al personaje mítico del Travis scorsesiano, a los retratos psicóticos de John McNaughton, a las atmósferas agobiantes sin delirios visionarios de un Strickland del Bronx; Travis llevaba a Betsy a un cine porno como algo natural, la conciencia de pecado de Larry sustituye el cine porno por la modernidad de la cámara que espía a su realquilada. Mentes enfermas cuyos patrones del bien y del mal andan desequilibrados e influenciados por excluyentes, y violentas, apuestas religiosas.


El sueño americano termina reventado por un extranjero que se hace pasar por nacional, la bandera como mortaja después de ondear en la intimidad de un hogar ajeno, movida por un aire acondicionado que refresca la mente y no solo el cuerpo, como el ventilador interno de un ordenador que impide que se queme. De Cecco necesita cada tanto remojar su envoltorio, solo así la temperatura interior es controlada y la presión disminuye, pero llega un momento que el interior supera los límites normales y la película culmina rápida y atrozmente en pleno descontrol. Has perdido tu memoria confundida entre todos los personajes propios y ajenos que has asumido, unos para huir, otros para conseguir un trabajo que deseas como compensación a tanto mal causado. La última visión de su Nueva York deseado precede a la noticia de una muerte inesperada, sus monólogos a Bobby no tenían recepción, sus elogios menos. Pedro de Cecco ha confundido la realidad con el deseo, no hay escape posible en una ciudad que no te quiere por más que te disfraces.


CALLBACK. España. 2016. Dirección: Carles Torras.Guión: Carles Torras & Martín Bacigalupo.Dirección de fotografía: Juan Sebastián Vásquez. Dirección artística: Clara Álvarez. Montaje: Emanuele Tiziani. Producción: Zabriskie Films. Dirección de producción: Víctor H. Torner. Producción asociada: Larry Fessenden (Glass Eye Pix), Aram Garriga (Visualsuspects), Timothy Gibbs, Martín Bacigalupo. Intérpretes: Martín Bacigalupo,  Lilli Stein, Larry Fessenden, Timothy Gibbs. 85 minutos.

TRAILER 

jueves, 19 de enero de 2017

DISCO INFERNO (Alice Waddington, 2015)






DISCO INFERNO (Alice Waddington, 2015)


Guido Crépax, Louis Feuillade, Stanley Kubrick, Roman Polanski, el toque de barrio de Alex de la Iglesia. Todo esto y nada, pero en poco más de 10 minutos la directora vasca Alice Waddington, despliega todo un artificio visual donde lo erótico, lo coreográfico, lo visual y lo terrorífico, dotan de una atmósfera atractiva a un blanco y negro irreal que divide el mundo en víctimas y verdugas hasta que se produce el giro argumental. Waddington sabe de lo limitado de un corto y lo costoso en tiempo, y seguro que dinero, de un diseño de producción como el de la propuesta, con una fiesta preorgiástica, un aquelarre exclusivamente femenino, de ambientación barroca que, indudablemente nos recuerda a “Eyes wide shut” con componente diabólica.



¿Qué ocurriría si el diablo decide establecerse fuera de su infierno y prefiere divertirse en nuestra dimensión y no en la suya? Para eso estará la reencarnación de Musidora, la Irma Vep de Waddington, espectacularmente erótica para los gustos estéticos del momento (Ana Rujas) como antaño lo sería en 1915 el personaje de Feuillade, una cazarecompensas con el objetivo de recuperar a todos esos elementos perdidos de la discoteca infernal, que ha tenido que quedar desierta y mortecina faltando el alma mater de la fiesta. La diversión del aquelarre conduce al sacrificio, toda buena reunión diabólica exige un tributo en sangre, el mismo sacrificio que, como antídoto, funciona para devolver a la realidad a este diablo que prefiere vivir como forma humana (Aitana Sánchez Gijón) que como macho cabrío, soportando los ritmos machacones de una música discotequera en un ambiente vulgar, como de fiesta de fín de año en el trabajo.




Funciona, y funciona muy bien, este corto de ciencia ficción y terror gótico, aunque realmente, terror no llega a existir más que para las víctimas propiciatorias de los bailes demoniacos y dionisiacos, aunque hasta éstas terminan disfrutando del momento. Un mundo exclusivamente de mujeres, guiño a la innecesaria presencia masculina para alegrar una fiesta o un infierno, cuidadísima presentación visual del conjunto, inquietantes presencias cuyos rostros se ocultan tras capuchas monacales donde el blanco destaca sobre el negro del lugar donde debe estar una cabeza. Vírgenes no entregadas a la lujuria del demonio, sino al mero sacrificio sangriento y divertido. Lástima que todo lo bueno termine y alguien siempre tenga que venir a recordarte que tienes unas obligaciones, y eso que eres el jefe de todo esto.


España. 2015. Directora: Alice Waddington. Guión: Alice Waddington. Productoras: Yadira Ávalos, Alice Waddington. Fotografía: Antonio J García. Montaje: Miguel A. Trudu. Sonido: Roberto Fernández . Dirección artística: Elena Gallén. Música: Aaron Rux. Intérpretes: Ana Rujas, Aitana Sánchez-Gijón, Olivia Baglivi. 12 minutos.

 TRAILER

miércoles, 18 de enero de 2017

CORAZÓN (Sergio Martínez, 2016)




CORAZÓN (Sergio Martínez, 2016)

En el sugerente panorama del corto español, cine tan criticable y tan elogiable como el de los largos, pero siempre arrinconado y poco valorado, hay director@s de los que estoy deseando que consigan materializar su primer largo. Uno de ellos es Sergio Martínez, cuyo estilo visual no es que me convenza, sino que me tiene absolutamente absorto con sus imágenes cada vez que contemplo sus propuestas. Obligados a autogestionarse, los cortometrajistas españoles se ven constreñidos a un formato excelente para contar historias breves, detrás de las cuales existe un embrión muy poderoso que necesita de más tiempo para eclosionar en toda su verdadera importancia. Zerkalo es una de esas pequeñas productoras autocreadas por los propios directores para poder seguir filmando al tiempo que, imagino, compaginan su vocación con un trabajo audiovisual alimenticio que les permita subsistir y afrontar nuevos proyectos creativos. Zerkalo son el propio Sergio, Andrés Díaz, Héctor Dominguez Viguera y Gonzalo Recio, y Zerkalo tiene resonancias directas a la figura de Tarkovski, con el que las imágenes de Sergio guardan un parentesco reminiscente, algo que no es ni bueno ni malo de por sí, simplemente es un estilo.


Si en su anterior “Echoes”, Martínez apostaba todo el caudal narrativo al poder de la imagen, en “Corazón” la imagen viene acompañada por la presencia de una actriz que monopoliza la pantalla, convincente y perfectamente integrada con la historia, Susana Abaitua. Imaginen encontrarse en un lugar donde no quieren estar, imaginen que han sido conducidos a ese lugar a la fuerza o simplemente necesitas romper sin tener la valentía de decir que te vas, en medio de un bosque inmenso, frondoso, profundo y, también amenazante, en el que tus miedos e inseguridades surgen de manera natural, como un grito silencioso, como un llanto dirigido a uno mismo en medio de los árboles. Imaginen la emoción de una puerta abierta y que nadie nos retiene. Harían lo que todos, coger lo básico, lo imprescindible, y aprovechar el momento para huir, pero ¿y si toda tu vida hubiera sido ese espacio sin libertad? ¿Adónde huirías, qué esperarías del futuro, a quién recurrir?. Corazón es lo que tienes, pero también cerebro, el corazón te impulsa a huir, pero el cerebro empieza a preguntarte cómo, a dónde, con quién, para qué. Cuanto más penetra el personaje de Susana en ese bosque, esperando encontrar alguna evidencia de civilización, alguien a quien recurrir, a quien pedir ayuda, más frágil es su esperanza, más vulnerable su figura, más empequeñecida su ilusión inicial, más a flor de piel quedan sus sentimientos y sus frustraciones. El rostro de la joven busca, su mirada quiere alguna complicidad con el entorno, alguna luz esperanzadora, pero la respuesta que obtiene es el vacío, el silencio del bosque roto por sus propias pisadas, por sus jadeos, por los pájaros, el ruido de las hojas y los árboles movidos por el viento. Hay huidas que no consiguen la libertad aunque no vuelvas a ser atrapada, su mirada da rienda suelta a sus miedos, y las preguntas sólo encuentran respuestas en su propio laberinto interior, en su bosque oscuro.


Tus manos se paralizan al tocar un quitamiedos de una carretera, al salir del bosque pierdes el amparo de sentirte a cubierto, tu presencia queda desnuda en un territorio de nadie, avanzar o retroceder, volver al espacio conocido pero indeseado, o cruzar esa barrera invisible que te atenaza por el miedo a lo desconocido. Da lo mismo si huyes sin que te busquen o si huyes de tu pasado. Es igual si eras querida o si lo sigues siendo, si el espacio del que te vas es el de tu niñez o el de tu presente, huyes porque quieres cambiar, pero huyes buscando un hogar que no sabes dónde está. El cromatismo de las imágenes contribuye a esa sensación de desamparo que introduce la frialdad en tu cuerpo, en ese tiempo entre el otoño y el invierno, donde los colores se tornan ocres y el cielo apenas permite una luz cenicienta que ni ilumina ni calienta. Tus pasos se van volviendo inseguros conforme avanzas, aunque puede que estés caminando en círculos sin saberlo, separándote escasos metros de ese lugar que quieres abandonar pero que permanece dentro de tí. Puede que las dudas no estén en el lugar sino en tu propia mente, a lo mejor la culpa no es del hogar que tienes, sino de la persona que eres. Cuando huyes puedes creer que buscas una nueva puerta y, a lo peor, estás retrocediendo a un lugar mucho peor del que abandonas, olvidado en tu memoria, el lugar precedente que, incluso, pudieras detestar más que el que tratas de borrar ahora. ¿Y si querías huir de ese bosque y resulta que estás huyendo de lo único de lo que no puedes separarte, de ti misma?


Corazón. España. 2016. Productora: Zerkalo Films. Dirección: Sergio Martínez. Intérpretes: Susana Abaitua. Guión: Sergio Martínez. Dir. Producción: Andrés Díaz. Fotografía: Michal Babinec. Arte: Carmen Albacete. Montaje: Sergio Martínez. Sonido: Sergio López-Eraña. Duración: 15 min. Lugar de rodaje: Navarra.

TRAILER 

martes, 17 de enero de 2017

THE GIRL WITH ALL THE GIFTS (Colm Mc Carthy, 2016)

THE GIRL WITH ALL THE GIFTS (Colm McCarthy, 2016)

Te comportas de todas las maneras posibles para ser agradable, sonríes, saludas, das los buenos días. Llamas a todo el mundo por su nombre y con amabilidad. Gato negro, gato blanco, las únicas fotografías que aparecen en la pared de tu habitación y que rápidamente haces desaparecer cuando suena una sirena todas las mañanas, ni un recuerdo pasado, ni un utensilio, un espacio vacío y oscuro. A tu educación, a tu cortesía, le corresponde que seas encañonada día tras día, que al saludo matutino el sargento responda con la expresión «malditos abortos». En medio de esa penitenciaria infantil, una larga hilera de niños es conducida, con pies, manos y cabeza sujetos con correas, a un aula donde profesores asépticos, sin empatía, tratan de educar a estos niños de apariencia normal. Un búnker inaccesible del que, como en un sorteo macabro, poco a poco desaparecen números que corresponden ocupantes de las celdas. Mélanie, la niña amable que busca contacto con algún adulto y ser tratada como un humano, en el fondo es una cobaya, una mutación que ha respetado la presencia externa humana, las capacidades de habla y raciocinio, la posibilidad de aprender, un objeto de estudio porque en su genética puede hallarse la cura a la epidemia que asola el planeta. Una planta que ha esparcido un hongo que transforma a los humanos en zombies hambrientos. Melanie ha aprendido a canalizar su hambre hacia seres diferentes de los humanos, salvo que algo que le importe se encuentre en peligro. El problema es que la cura, o el hallazgo de la cura, pasa por el sacrificio de los niños en experimentos que se escudan en la naturaleza no humana de los especímenes.

Al desarrollar una historia dentro de un género, hay inevitables concesiones al ritmo de depredación que rodea a los protagonistas, un género tan marcado como el terror termina desembocando en un colofón, al que se llega mediante una serie de desapariciones más o menos sangrientas. «The girl with all the gifts» no puede sustraerse a ello, las matanazas, las masas de muertos vivientes, el acorralamiento progresivo.........pero su factura impecable, su elenco actoral, sobresaliente del primer al último interviniente, su atmósfera de «último sobreviviente sobre la faz de la tierra» introduce en el mundo del zombie, tan de moda en el último decenio y sobra recalcar el componente político-social de este resurgir del subgénero, introduce notables elementos de novedad en la temática, pero, sobre todo, crea la figura del zombi humanoide dispuesto a conseguir el reconocimiento de los «normales» y dispuesto a controlar su naturaleza y a aprender; y es así que la relacion entre la niña zombie y Helen, la excepción a esa inhumanidad imperante, la profesora soldado, se torna en un sucedáneo de nueva maternidad, la que la mujer advierte imposible en ese estado de cataclismo y la que añora la niña que nació matando a la madre con el virus devorador en su interior. Helen Justineau es la figura que enseña a soñar a Melanie, la que más allá de la enseñanza matemática, química, literaria, lee esos cuentos que nunca nadie leyó a Melanie, cerebro privilegiado con las dotes innatas de esa nueva especie. La niña, más allá de las reticencias y recelos que genera en el tramo central de la película, cuando una vez asaltada la base, no queda sino una huida sin escapatoria, prolongando la agonía en busca infructuosa de una supervivencia, humanos en compañía de un monstruo que puede acabar con ellos en cualquier momento, se convierte en el talismán del grupo fugitivo, demostrando el poder de la educación.


Separada del mundo físico con una máscara antidisturbios que la impide morder, esa barrera definitiva no la puede salvar, excepto con la profesora Justineau. Es una lucha por la supervivencia individual donde el sujeto aparentemente más débil por edad, es el que cuenta con más recursos para moverse en un nuevo mundo. La adaptación al medio frente a la necesidad de una vacuna que pasa por el sacrificio de la niña. En esa dualidad moral en la que la ciencia parece mostrarse inflexible, como el ejército, no es de extrañar que Melanie adopte a Justineau en agradecimiento a su trato previo y su oposición frontal. La educación y el cariño recompensados más adelante. Asistimos a la adaptación de una nueva especie sobre el planeta, una desaparece para dar lugar a otra más evolucionada, que necesita educarse. Guiño incluido a la escena de transición de "2001", el hueso homicida se transforma en bate de beisbol donde los homínidos se convierten en la nueva especia donde dos de sus miembros luchan por convertirse en jefes de la manada. Es el paso previo a su evolución. El mensaje apocalíptico resulta obvio, pero no por ello menos poético, la aparición del zombie es momentánea, porque es una fase de evolución, como una larva, el adulto dura unos días, se convierte en otro ser inmóvil que crece formando una colonia moribunda de la que surgen árboles espléndidos. Es el mundo vegetal el que se ha revelado contra la especie que devasta bosques y aniquila especies animales, cuando esos árboles eclosionen y repartan el hongo por todo el planeta, los pocos supervivientes humanos tocarán a su fín y sólo esos pocos niños nacidos de madres infectadas pero que mantienen el resto de facultades humanas intactas, comenzarán a repoblar la tierra desde cero porque son inmunes al hongo que ya llevan en su genética; pero eso cero implica ausencia de conocimiento, una larga edad de piedra y de oscuridad, un estado de naturaleza donde el buen salvaje es el más violento y más fuerte. Mélanie es el eslabón entre un viejo y un nuevo mundo, como el papel que interpreta Amy Adams en «Arrival», ambas portan esos «regalos» exclusivos en los que se encierra el futuro más prometedor de una nueva humanidad. Inicio y final de la película se conectan y funcionan como un bucle reivindicativo del papel de la educación y la cultura en la evolución de la humanidad; sentado que ésta no tiene futuro, hay que apostar porque la que surja, aún comenzando desde cero, lo haga sabiendo que sin ninguna de las dos cosas volverán a repetir los mismos errores. Si Mélanie era la salvación del mundo que conocemos y decidió optar para salvar lo poco aprovechable que quede, Justineau se transforma en la nueva Mélanie para esa especie híbrida surgida de una espora, la diferencia es que para Mélanie si hay futuro, pero a Justineau sólo le espera una jaula de oro.




2016. Duración: 105 min. País: Reino Unido. Director: Colm McCarthy. Guión: Mike Carey (Novela: Mike Carey). Música: Cristobal Tapia de Veer. Fotografía: Simon Dennis. Reparto: Sennia Nanua, Paddy Considine, Gemma Arterton, Glenn Close, Anamaria Marinca, Dominique Tipper, Anthony Welsh, Fisayo Akinade, Yusuf Bassir, Daniel Eghan, Elise Reed, Richard Price, Amy Newey, Matthew Smallwood, Lobna Futers. 

domingo, 15 de enero de 2017

ELEGY TO THE VISITOR FROM THE REVOLUTION (Elehiya sa dumalaw mula sa himagsikan, Lav Díaz, 2011)

ELEGY TO THE VISITOR FROM THE REVOLUTION (Elehiya sa dumalaw mula sa himagsikan, Lav Díaz, 2011)

Imagino que para Lav Díaz contar una historia en 80 minutos ha de ser como para el resto hacer un cortometraje. Acostumbrado a películas de 4, 6, 8, horas, recuperar el pasado de Filipinas de manera tan breve ha de resultar costoso y complicado. También imagino una sala con espectadores que empiezan a desertar, primero tímidamente, y luego en masa, alertados por la aparente incomprensibilidad y el absurdo de lo que se nos muestra, también incluyo en esos desertores a los críticos. Y es comprensible, y hasta asumible, me atrevo a decir que hasta saludable. Dice el propio director que la duración de sus películas las hace literarias, y en ésta el sustrato lingüístico se ciñe al relato interior, un relato sin palabras y lleno de imágenes que sólo en sus últimos 10 minutos, alcanza la concreción que hasta entonces ha sumido al espectador en la ignorancia durante el resto de la obra. Pero es que la contemplación también forma parte del cine, el uso de la mirada para ir recibiendo información que, en algún momento, si tu paciencia te lo permite, llegará a una conclusión. Leyendo la sinopsis de la distribuidora, durante la película uno se pregunta varias veces dónde y cuándo alguien ha conseguido ver ese fantasma de la revolución si no es porque el director lo haya dicho. Sobre el carácter etéreo de uno de los personajes se puede elucubrar, pero sobre su procedencia parece más que discutible. Díaz, aunque haciendo sufrir casi hasta el final, no hurta al espectador de la información necesaria para entender su propuesta, en un exquisito y triste blanco y negro, el presente de Filipinas se llena de desamparo a partir de un momento que tuvo que ser expansivo y prometedor, pero que quedó reducido al bárbaro, sangriento, desolador resultado que, hoy, siglo XXI, todos conocemos del país.
El fantasma de una revolución truncada, secuestrada y prostituida desde todos sus estamentos, recorre una Manila diurna hasta que se derrumba y llora de pena. Todo lo que ve, lo que oye, lo que siente ese fantasma, apunta a un presente de violencia, dominación, corrupción, crimen y ningún castigo. Esa visitante del pasado, quizás movida por el deseo de comprobar cómo ha evolucionado el país, se encuentra, de bruces, con una realidad deprimente, de enormes bolsas de pobreza, de irresponsabilidad en las clases dirigentes e imposibilidad de mejora para la mayoría de la población. Una prostituta, un músico, unos criminales, una mujer a medio camino entre la primera y los últimos, son las personas de carne y hueso con las que la película se forma mediante largos planos fijos (8 minutos el primero, 6 el segundo), historias del día a día a la búsqueda de dinero con el que subsistir en medio de la pobreza, historias sin atisbo de  un golpe de fortuna. Entre tanto, como interludios musicales sin música, ese fantasma aparece a plena luz del día donde hay agua, como si, ante tanta inmundicia, sólo la presencia del agua pudiera ayudar a limpiar la costra reseca que impide respirar. Y ese guitarrista, un compositor que introduce la creación en medio del caos, el hálito creativo como una posibilidad de superar el nivel de enfermedad moral que el fantasma constata, un guitarrista que es el propio Lav Díaz, sus manos y su espalda, nunca de frente ni reconocible, salvo por la intuición y por los propios títulos de crédito, pero un creador que permanece recluído entre las cuatro paredes de una habitación, como si el arte fuera un tabú en el país.
Que la historia sea un sueño, o la filmación de una serie de sueños que después se cuentan y permiten dotar de una estructura reconocible al conjunto, resulta importante para no sentir el desasosiego de no saber qué es lo que nos están contando, esos saltos de un lugar a otro, esas rupturas narrativas que colocan a unos personajes juntos y después en medio de la salvaje tortura y venganza, pero tampoco es definitivo porque las imágenes permiten sacar conclusiones radiográficas de un país, aunque desconozcamos el papel y el origen de esa otra mujer. Díaz nos coloca en escenarios reales de un país, y una ciudad, de la que uno se siente inmediatamente con ganas de huir; largas noches callejeando ofreciéndose a clientes que no se deciden y se burlan de la joven prostituta, unos padres que esperan la llegada de esa hija para ir juntos a comer algo como si su trabajo, y el peligro que entraña, fuera lo más normal del mundo, un asalto con un botín que desaparece y en el que ha colaborado la policía. Imágenes de una ruina que nació de un deseo de independencia, el fantasma que hemos visto en otras obras de Lav Díaz viene para hacernos recordar que hubo una vez en la que Filipinas pudo soñar con un futuro mejor, pero que, ahora, no queda sino caer abatido y sentir la humedad del agua golpeando tus pies, mientras muchos sobreviven recogiendo en la corriente lo que otros han desechado o perdido. Una revolución que, como muchas otras, a primeras de cambio ofreció la desaparición de uno de sus líderes a manos de otro (Bonifacio y Aguinaldo), una independencia construida sobre violencia y muerte, que generación tras generación se perpetúa y obliga a esta Marianne del sudeste asiático a contemplar la ruina de su evolución.

Al movimiento pausado, delicado, y en ocasiones, la inmovilidad absoluta de la visitante, le acompaña el permanente movimiento nervioso de la joven prostituta que se ofrece por las calles de la ciudad. Un movimiento de inquietud, de ansiedad. Incluso inmóvil en un lugar, su torso y sus brazos se mueven, se levantan, se cruzan, juegan con el pelo, los personajes reales se mueven e, incluso, cuando están quietos, muestran nerviosismo, angustia, necesidad de que algo cambie, pero para ese fantasma del siglo XIX, la realidad es mejor saborearla despacio, a paso lento, incluso sin movimiento pero siempre cerca del agua, como si fuera el medio de transporte que comunica ambos mundos y conviniera no separarse de él para un regreso rápido. Sólo en sus visitas al músico, el fantasma se olvida del agua. Puede que Díaz señale así que en la intimidad de la cultura, cualquier fantasma puede sentirse seguro y bien acogido, incluso cómodo con la nueva realidad, no hay ansiedad en el fantasma, lo que hay es mucha desesperanza. Un espejismo de creación frente a tanto poder destructor de la humanidad, no en vano la película está dedicada a otros fantasmas víctimas de la violencia generalizada del país, Nika Bohinc y Alexis Tioseco.